Inagotable Miguel Delibes, el árbol que no dejó nunca de crecer

  • El autor de Los santos inocentes ha muerto este viernes, a las 7 de la mañana, tal y como él quería: en su domicilio vallisoletano.
  • Delibes, enfermo desde hacía tiempo, pasó esta última noche sedado.
  • El escritor, que hubiera cumplido noventa años el próximo octubre, llegó casi por casualidad a la literatura cuando ganó el premio Nadal.
  • LISTA: ¿Cuál es la mejor obra de Miguel Delibes?
El escritor Miguel Delibes falleció el 12 de marzo.
El escritor Miguel Delibes falleció el 12 de marzo.
Junta de Castilla y León

Una noche, tomando una copa, Miguel Delibes y su amigo, el también escritor José Luis Martín-Abril, se pusieron delante de un espejo. Era una suerte de competición: a ver quién era capaz de poner la cara más estrambótica. Esta anécdota da idea de aquel Miguel Delibes joven, que, aunque serio y castellano hasta lo más profundo, tenía un estupendo sentido del humor. Y no lo perdería del todo ni siquiera tras la pérdida más importante que habría de sufrir en 1974, la de su mujer, Ángeles Castro.

Humilde y alejado de toda ostentación, Miguel Delibes aterrizó en la literatura casi por descarte. No le gustaba lo que había estudiado, Comercio y Derecho, así que cuando tuvo la oportunidad, que fue en 1941, la aprovechó. Así es como entró en El Norte de Castilla, pero no como redactor (esto llegaría después), sino como caricaturista. Terminaría siendo, diez años más tarde, su subdirector. Y aunque tendría que dejar el cargo cinco años después por la presión franquista, no dejó de denunciar el abandono de Castilla y del medio rural. La prueba, su novela Las ratas (1962).

Su mujer tuvo la culpa

Fue ella quien más despertó en quien llegaría a ser Académico de la Lengua en 1974 (ocupó el sillón e), su deseo de escribir. Éste y no otro es el motivo de su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, premiada con el Nadal en 1947, y la manera en la que empezó a gestarse el escritor conocido en casi todo el mundo y autor de títulos como El camino, La hoja roja o Cinco horas con Mario.

Lástima que Ángeles Castro, fallecida unos meses antes de ser nombrado académico, no pudiera verlo así como tampoco leer una obra en la que la se hubiera visto retratada, Señora de rojo sobre fondo gris. Angelines, como la llamaban sus seres queridos, era, según el novelista, “la mejor mitad de mí mismo”. “Su muerte le hizo polvo, lo hundió”, dicen algunos de sus mejores amigos de aquel entonces.

No es de extrañar que su muerte le llevara directo a una depresión. Pero aquello que su mujer había despertado en él, la literatura, fue lo que acabó salvándolo y a nosotros nos dejó la novela que publicó tras tres años de depresión, El disputado voto del señor Cayo.

El gran éxito, sin ella

Aprendió Delibes a escribir sin ella, esa mujer que, cuando logró reunir dinero, compró a su joven marido un estudio para que escribiera sin la algarabía del domicilio familiar. Quería lo mejor para él, y creyó que sin ruido y con su propio espacio (la residencia de los Delibes no era muy grande) escribiría mucho más y mejor. Así que allá se fue el escritor y de allá volvió, preso del temido y ya presente bloqueo.

Necesitaba el ruido de su casa, el escenario en el que siempre había escrito sus obras el siempre humilde Delibes. Porque si algo recuerdan de él quienes lo conocieron es precisamente esa humildad que lo alejó hasta el final de cualquier tipo de ostentación.

Ya sin la principal razón de su escritura, le vienen a Miguel los grandes reconocimientos: el Príncipe de Asturias, en 1982; el premio de las Letras de Castilla y León, en 1984; el de las Letras Españolas, en 1991; y en 1993, el premio Cervantes.

Miguel Delibes da por concluida su carrera cuando en 1998 edita una de sus grandes obras, El hereje, una obra dedicada a la ciudad donde nació el 17 de octubre de 1920.

Y siguió publicando, aunque ya no novelas, sino su otra gran pasión: libros de caza y ecología, alguno junto a uno de sus hijos, también llamado Miguel.

El 12 de marzo moría uno de nuestros más grandes escritores. Como persona queda mucho por contar, probablemente lo más importante, y probablemente también no sea lo fundamental. Me quedo con una de sus frases: “soy como un árbol, que crece donde lo plantan”.

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