El maletín que puede verse en el museo contiene todos los objetos necesarios para administrar tanto la extremaunción como el viático, y en entre ellos destacan los cilindros metálicos que entraban en acción en el momento de ungir al enfermo.

En uno de ellos, con la inscripción "limpio", el sacerdote transportaba un algodón empapado en óleo de enfermos, consagrado el Jueves Santo por el Obispo, junto al resto de óleos sagrados, y con este algodón se ungían diferentes partes del cuerpo del enfermo como los ojos, orejas, nariz, labios, manos, pies, y la más importante, la frente (actualmente la unción suele limitarse a esta última parte).

Una vez concluida, el algodón usado se guardaba en el otro cilindro metálico, esta vez con la inscripción de "sucio", para su posterior incineración en la iglesia, mientras que un tercer cilindro contenía una reserva extra de óleo de enfermos, por si fuera necesario, según publica el boletín cultural 'ECO' y recoge Europa Press.

El agua bendita y el crucifijo también tenían su función en el ritual, así como el recipiente más chato, que contenía el Viático. "La presencia de una pequeña venera parece desentonar en el conjunto, su función sería la de bautizar a aquellos niños recién nacidos que desafortunadamente requiriesen la extremaunción", explica.

Cabe recordar que la extremaunción era el sacramento que preparaba cristianamente para la muerte, e iba unida inexorablemente a la administración del Viático, la forma de Eucaristía para el moribundo. A partir del Concilio Vaticano II pasó a denominarse Unción de enfermos para reconocer su carácter curativo incluso en aquellos casos en los que el riesgo de muerte era aún lejano.

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