Luis Royo
El ilustrador Luis Royo. JORGE PARÍS

Tiene el raro honor de haber desplazado a la modelo de portada de Penthouse con una de sus ‘chicas’. Luis Royo vino al mundo en Olalla (Teruel) y en Zaragoza estudió Delineación, Pintura, Decoración e Interiorismo. Seducido por el Renacimiento y su sentido de la composición; el barroco, los tenebristas; el simbolismo, los realistas ruso, comenzó a pintar arte contemporáneo.

Pronto se sintió atraído por el cómic pero finalmente encontró en la ilustración su lugar. Ahora, después de muchos años de trabajo y miles de dibujos sensuales, puede decirse sin riesgo a equivocarse que es el ilustrador más reconocido de nuestro país, y uno de los mejores del mundo.

<p>Una imagen apocalíptica de Luis Royo.</p>Su línea ha pasado de un estilo colorista a un mundo gótico y tenebroso... ¿refleja esto un cambio personal?

Supongo que sí, venía del mundo de la pintura, a final del franquismo, de temática social, y muy gris. Pero cuando empecé en la ilustración eran los años 80 y había un concepto muy potente y lleno de color. Ahora he vuelto al gusto por los grises y los marrones, que era los que utilizaba cuando era joven. Supongo también que con los años empiezas a ver las cosas de otra manera, empiezas a sentirte más melancólico y más triste. Y a limitarte, porque quieres plasmar las mismas ideas con menos recursos. El claroscuro lo puedes saborear más cuando prescindes de los colores en la paleta.

Pero quizás esa línea gótica cala más en el público joven…

Sí, es curioso que los primeros libros que publiqué con esa línea de claroscuros se convirtieron en un éxito inmediato, cosa que no me esperaba. Y luego algunas de esas imágenes se han convertido en símbolos de esa generación.<p>El clásico de la Bella y la Bestia, según Luis Royo.</p>

¿Y qué hay de su famoso binomio chica hermosa-monstruo?

Es muy obsesionante, sí. Unir en una sola imagen la sensibilidad, la delicadeza, la belleza con o árido, lo agrio, lo amargo, lo áspero, lo duro, es un juego de provocación me llama desde siempre. Además es un contraste en el que lo femenino tiene la fuerza y en lo monstruoso reside la debilidad, la impotencia. La parte delicada es la que reina en la imagen, se apodera del espacio.

¿Han evolucionado también sus herramientas?

Vengo de la pintura y para mí es muy importante el óleo. Me gusta trabajar tal y como hacían en el renacimiento, con las veladuras, capas que van enriqueciendo sin perder el trabajo que tienes debajo. No han cambiado tanto las técnicas, lo que ha cambiado es la paleta de colores. También utilizo ahora menos el aerógrafo con los acrílicos líquidos, que va muy bien para fundir atmósferas. Lo sigo utilizando pero en menos medida. Pero utilizo técnicas mixtas. Empiezo con acuarelas y acrílicos, y utilizo el atmósferas y el óleo para el final.

¿Algún retoque digital?

Me propuse un tiempo probar a hacer una cosa digital, ahora hay trabajos muy buenos con esa técnica, pero no se adaptó a mi forma de ser, porque tienes que estar jugando con el zoom constantemente. Yo dejo parte de las ilustraciones al subconsciente, tengo la idea, tengo los bocetos, pero dejo una parte que vaya viniendo. El tablero de dibujo o el lienzo te va pidiendo, te vas dejando llevar, te va envolviendo, y eso a mí no me lo dar el ordenador. Esa comunicación entre la obra y el autor a mí no me lo da el ordenador. Así que lo dejé. Sigo necesitando que la obra me hable.

¿No tiene problemas para almacenar todas sus obras?

Bueno, es que también trabajo en papel, no sólo en lienzo. Pero cuando llevas mucho tiempo es cierto que el almacenaje, y no solo eso, que esté todo controlado y organizado, es una labor que no se hacer yo, pero me la hacen. El control de la obra ya es un trabajo en sí.

A veces sí me ha tocado es hacer un retrato a la mujer de alguien convirtiéndola en un personaje mío, o alguna actriz conocida

¿Toma modelos al natural?

No he tomado modelos al natural. Al principio ponía caras que a mí me gustaban, intentaba hacer un collage de unos labios por aquí, una mirada… Cuando uno lleva tantos años en la profesión todo eso desaparece. Alguna chica se me ha ofrecido muchas veces de modelo, pero nunca he pintado al natural. Lo que a veces sí me ha tocado es hacer un retrato a la mujer de alguien convirtiéndola en un personaje mío, o alguna actriz conocida. Son trabajos de encargo, algo que está muy mal mirado por algunos pintores, pero yo no estoy de acuerdo: las Meninas, la Capilla Sixtina son trabajos de encargo, algo que yo respeto mucho.

<p>La feminidad épica, según Luis Royo.</p>Parecen tan reales…

Lo que pasa es que cuando tocas el tema de la fantasía intentas dar la mayor credibilidad posible. Estás tratando un mundo que no existe, así que si no le das algo que lo haga creíble pierde mucha fuerza. Por otro lado hago lo que llamo "trampantojo" (trampas al ojo). Si uno analiza a una mujer de las que pinto y observa la línea del pecho, o de la cintura  al hombro, o del pecho al hombro, estoy reduciendo una medida, alargando unas piernas para buscar una belleza irreal que en realidad no existe. Las proporciones no son reales. Incluso en el rostro, si se separan los ojos un poco más se le da una mirada más felina. Son trampitas, mentiras dadas como verdades para crear una belleza irreal. También lo hicieron los griegos o Rubens, siempre se exagera un punto.

¿Si tuviera  el don de dar el aliento vital a una de sus chicas a quien sería?

La verdad es que no se lo daría a nadie, porque la mayoría son gente peligrosa. Aparte, cuando acabas una imagen ya estás pendiente de la que viene a a continuación, o al menos eso me pasa a mí. Cuando estás en lo figurativo, en el realismo fantástico, nunca llegas a plasmar lo que uno lleva en la cabeza. Nunca estás conforme y estás colgado con lo que viene. Ese es el engaño que nos hace seguir años y años. Lo que ya está publicado ya no tiene tanto aliciente para mí. Ya no me interesa.

El mercado norteamericano está deseoso de cosas fuertes pero en realidad son muy puritanos

¿Alguna vez se ha sentido censurado por sus obras?

He tenido encuentros breves con la censura pero creo que menos de los que yo a veces me he esperado. Cuando empecé a hacer fanzines me lo secuestraron, tuvimos problemas y fuimos a juicio por escarnio a la religión católica, me condenaron a cuatro meses de cárcel, y yo ya iba con el cepillo de dientes, preparado para ingresar en prisión, pero al final intercedieron por nosotros. Fue al final de la dictadura y comienzos de la democracia, estaba muy verde todo.

Luego el mercado norteamericano está deseoso de cosas fuertes pero en realidad son muy puritanos. En momentos dados, para una portada he tenido que tapar unos pechos, o he tenido problemas con el tema de la sangre por estas moralinas que son un poco artificiales. En uno de los viajes, a Rafa Martínez, el editor, le comenté: "tengo la idea de hacer un libro erótico, a mi aire, para el mercado norteamericano". En España el mercado estaba muy verde, y a mí se me habían abierto las puertas de la ilustración por el mercado norteamericano. Fue entonces cuando se me empezó a conocer en España. Y me comentó: "nos vamos a dar una ostia con esto". Y yo le dije: "tiramos poco, es que me hace ilusión". Así nació Prohibited, entró y funcionó muy bien, e incluso se hicieron cuatro libros y tuve que parar, porque yo quería hacer esa experiencia pero no colgarme de ella para siempre. El cuarto ya no quería hacer, pero estaba comprometido y lo hice.

<p>Imagen perteneciente a la obra <i>Dead Moon</i>.</p>¿Y ejerce también la autocensura?

No mucho, creo que pinto con bastante libertad; me gusta provocar un poquito con el tema religioso y el tema demoniaco. Me gusta. También hay dibujos que se quedan en el cajón, claro, aunque no siempre porque son demasiado fuertes.

¿Le da por fantasear con algunos de sus dibujos?

Creo que realmente se vive esos mundos de fantasía, aunque suene cursi. Igual mi manera de ser es un poco excesiva.  Ha habido tiempos en los que me he pasado una semana encerrado sin pisar la calle. Estás tan obsesionado con lo que tienes en el tablero que la vida real se convierte en la secundaria. Hubo una época que era tan obsesivo que cuando acababa un trabajo me iba a un centro comercial, no a comprar nada, sino para que me empujaran en las escaleras mecánicas, para notar que yo existía en la vida cotidiana. Para situarte de nuevo. Pero es una forma de ser un poco obsesiva, no creo que sea bueno.

Supongo que el gran encargo de su vida ha sido el Dome.

Sí, fue un encargo muy especial, nos hizo vivir a mi hijo Rómulo y a mí varios años como si estuviéramos en pleno Renacimiento. Es duro pintar hacia arriba, tienes que pasarte mucho tiempo en unas posturas incomodísimas, destroza las cervicales. Cuando me dediqué a la pintura había hecho una cúpula pequeñita en un disco bar de los ochenta, era jovencito y estuve seis meses muy fastidiado de la espalda,  así que cuando me vinieron con este proyecto dije que no quería hacerlo.

En los últimos tiempos he vuelto ha hacer una historia cerrada con Dead Moon, buscando técnicas diferentes, con oleo, con grafito

Pero luego te vas a casa y piensas cómo te vas a perder esa oportunidad. Al final me envenené, empecé a hacer los bocetos. Fue un trabajo de un año entero, parte en Barcelona, para llevarme todo el trabajo preparado desde aquí, y parte en Rusia. Fue bonito, duro y también amargo, porque Rusia es un país complejo que te deja un poso de amargura. Las calles, la gente, las diferencias. A la vez, lo que conlleva el reto y jugar con perspectivas, no poder ver los resultados del trabajo con el andamiaje hasta el último momento. Es todo una tensión. En conjunto es bonito, fue una vivencia fuerte. Fisicamente desgasta mucho, y es un trabajo muy aislado. Es el trabajo más difícil que he hecho.

¿Qué desafíos le quedan?

En los últimos tiempos he vuelto ha hacer una historia cerrada con Dead Moon, buscando técnicas diferentes, con oleo, con grafito. Siempre hay retos que te van llevando a ver el trabajo desde otro lado. Lo que sí me preocupa es encontrar una fórmula que funcione y seguir con ella años y años. Me gusta estar ante el tablero nervioso como en el primer día. Ese venenillo que te hacer falta para estar ilusionado.

¿Ha pensado volver al cómic?

En cierta manera, Dead Moon funde las posibilidades del cómic con la ilustración en una historia cerrada. La ilustración está a medio camino entre la pintura y el cómic, se recurre a ella en el cine, portadas de libros, de discos. Su característica es que enganche al espectador, porque suele estar rodeada de otras muchas imágenes, como en un quiosco, una librería, una tienda de discos. Cuando una obra está colgada en una exposición tiene el espacio para ella sola, no necesita luchar por la atención.

¿Cree que los ilustradores están menos reconocidos o menospreciados?

Creo que es injusto. La fotografía está ganando terreno pero el mundo de la ilustración y el comic sigue teniendo una especie de maldición. Yo creo que es porque la gente que estamos en este mundo hemos entrado de una forma un poco underground, y hay una especie de complejo respecto de las Artes Mayores y Menores que no tiene ningún sentido.

Y me parece injusto que es este momento en España haya cuarenta y tantos museos de arte contemporáneo -que me parecen muy válidos pero no creo necesarios tantos- y que no haya un solo museo de cómic o de ilustración, cuando hay autores españoles tan reconocidos internacionalmente. Se necesiatría algo así que se vea lo mucho que se ha hecho en el cómic y en la ilustración en España, de lo contrario el trabajo como magníficos ilustradores como Manuel SanJulián se perderá. Está muy desajustada la balanza.