«Me siento tan patético como en ‘Mary Poppins’»

EL PULPO:  Miguel Ángel Martín, dibujante de cómics que acaba de sacar nuevo libro: Surfin on the third wave.
EL GARAJE:  Dar de comer a las palomas en el madrileño parque del Retiro.
Miguel Ángel Martín
Miguel Ángel Martín
Iona Hodgson

Miguel Ángel Martín siente fascinación por los tiempos modernos, esas secuencias poliédricas y oscuras en las que la raza humana se muestra como es, sin excesivos códigos morales ni idealismos, convulsa por la violencia, la testosterona y el abismo digital. Aspirados por un tubo de sexo sofisticado, abstraídos del propio cuerpo. Martín odia las palomas. Y las palomas le odian a él.

«Mi obra ha estado influenciada por tres pilares básicos: la ciencia, la tecnología y la pornografía», explica. Las palomas escapan al vuelo. Sueña con que respondan como en una película de Hitchcock, que nos asalten y revienten las cuencas visuales. Pero los pájaros no están por la labor, son como los censores de Martín: animalillos perpetuamente asustados por el presente. La convulsión, la crisis (en el sentido genuino de la palabra) le atraen como a un niño que adora el látex y el cuero. «Siento fascinación por los tiempos que corren, al contrario que muchos de mis colegas que parecen encantados por el pasado», explica.

Acaba de sacar un nuevo libro, Surfing on the third wave (Surfeando en la tercera ola) con espíritu taxidermista. Desolla la realidad multiperversa, asimilando tiempos esquivos, devorando la sobreinformación hasta conseguir retratos que algunos definirán como enfermizos. Ha entendido que el porno es más que un cuerpo desnudo; que la ciencia puede ser herramienta de liberación; que el combate es tecnológico: los nuevos romanos esperan el asedio escuchando música electrónica. Martín surfea por esta ola (tecnológica y digital) como nadie. Sus cómics son un retrato feroz y humorístico. Es un voyeur interactivo repleto de miradas indiscretas allí donde pocos se atreven a ver. «Un trabajo casi periodístico», alega. Y muy admirado en Italia, en donde uno de sus libros fue secuestrado por la justicia y así nació el mito. «Los italianos son cultos, a pesar de Berlusconi», afirma.

Este pescador en río revuelto se pregunta por el paradero de los peces creativos. «Están en la ciencia y en el porno. Me atrae el sexo porque soy cerdete y por curiosidad antropológica. La imaginación se ha alzado, el porno trajo el uso de trajes, nuevos escenarios, juguetes sexuales, las relaciones virtuales», explica. En sus ojos la sociedad parece narcisista, rica, burguesa, embelesada con el pasado, atemorizada. Martín husmea en esta tierra de crisis e intuye las redes que hacen del chimpancé pensante un ser extraño y confuso.

«Odio a los predicadores. Odio la prohibición», dice. Sólo dibuja el amanecer/ocaso, surfea por la tercera ola. Y se descojona porque no siente miedo. Lo suyo, más que perversidad, es humor. «¿Qué es perverso?», se pregunta. Perverso será esto: «Sentirme tan patético como en la peli de Mary Poppins, cuando los chiquillos no le quieren dar los céntimos al usurero por gastarlos en comida para palomas. He revivido la infancia», afirma.

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