Cine brasileño: entre Hollywood y la realidad

  • El cine brasileño es casi desconocido en España, aunque varios festivales tratan de remediarlo proyectando cintas recientes.
  • Repasamos su historia y hacia dónde se dirige su industria.
Una escena del filme brasileño 'Ciudad de Dios'.
Una escena del filme brasileño 'Ciudad de Dios'.
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Brasil ya no son sólo futbolistas, playas, pobreza e inseguridad. Su crecimiento económico, riquezas naturales, gigantesca población y, por supuesto, los futuros Juegos Olímpicos en Río de Janeiro han convertido al país en protagonista mundial.

Sin embargo, y a diferencia de las de cinematografías como la mexicana o la argentina, sus películas apenas nos llegan. Y el cine brasileño del s. XX, capital para entender algunas de las tendencias más notables de las últimas décadas, es ignorado.

Para remediarlo, por estas fechas se celebran en España diversos festivales. Madrid acaba de ser escenario de la tercera edición de NOVOCINE, donde pudieron verse películas y cortometrajes de reciente producción. Y, a partir del 11 de diciembre, comenzará en Barcelona la cuarta edición del Cine Fest Brasil.

Buscando una identidad

Apenas visto como curiosidad exótica gracias a actrices como Carmen Miranda, el cine brasileño comienza a dar de qué hablar a nivel internacional gracias a O Cangaceiro, premiada en 1953 en el Festival de Cannes. Dirigida por Lima Barreito, la cinta fue producida por Alberto Cavalcanti, figura fundamental de la industria del cine brasileño.

Niño prodigio, arquitecto y exiliado a París con 18 años, Cavalcanti fue adoptado por Jean Renoir, Marcel L’Herbier y otros líderes de la vanguardia cinematográfica francesa de los años veinte. Como escenógrafo, director y productor consolidó una notable carrera en Francia y Gran Bretaña que le permitió regresar a su país en 1949 y fundar dos productoras, Veracruz y Kino Film, que impulsaron la industria local. Cavalcanti además dirigió películas como O canto do mar, también proyectada en Cannes en 1954.

Su estela fue seguida por realizadores como Nelson Pereira do Santos, que avecinan la gran explosión posterior. Pereira firmó en 1955 Rio, 40 grados (1955), deliciosa película que sigue por Río de Janeiro a cinco pequeños vendedores callejeros de cacahuetes durante un caluroso domingo. Su descaro y veracidad animaron a una serie de jóvenes a saltar a la dirección, dando origen a la más gloriosa época del cine brasileño.

El Cinema Nôvo

Mientras la religiosa y extraña O pagador de promessas (de Anselmo Duarte) ganaba en 1962 la Palma de Oro de Cannes, dos jóvenes desconocidos, Glauber Rocha y Ruy Gerra, daban con Barravento y Os cafajestes, respectivamente, el pistoletazo de salida a las películas que pusieron al cine brasileño en el mundo, un cine definido por la llamada estética de la violencia, el gusto por los actores no profesionales y la expresión rabiosa de la miseria.

idas secas (Nelson Pereira Dos Santos, 1963), São Paulo, Sociedade Anônima (Luiz Sergio Person, 1965), O Bandido da Luz Vermelha (Rogério Sganzerla, 1968), Bang Bang (Andrea Tonacci, 1970) y, sobre todo, obras de Glauber Rocha como Dios y el diablo en la tierra del sol (1964), Terra em transe (1966) o Antonio das Mortes (1968) constituyen obras maestras. ¿Su valor? La originalidad, el realismo, el compromiso.

"El hambre en Latinoamérica no es sólo un síntoma alarmante de pobreza social", decía Rocha, "sino la esencia misma de la sociedad. Nuestra cultura es una cultura de hambre. Ahí está la originalidad de nuestro cine: en nuestra hambre, nuestra miseria, sentidas pero no compartidas".

Tiempos de exilio

El golpe de Estado de 1964 dificultó tanto el trabajo de estos cronistas de la explotación que, poco a poco, fueron desapareciendo o exiliándose. Rocha rodó en África y España antes de morir en 1981. Guerra optó por un cine más comercial, aunque aún interesante, con Dulces cazadores (1969) o La caída (1977).

El resto sucumbió al cine promovido por el régimen militar, más permisivo con las comedias sexuales (que dieron origen a un género tan curioso como la pornochanchada) o éxitos comerciales de diseño como Doña Flor y sus dos maridos (Bruno Barreto, 1976) que a la denuncia social. Toda nudez será castigada (Arnaldo Jabor, 1973), que ganó el Oso de Oro en Berlín, fue una de las pocas obras realmente críticas con la hipocresía del régimen que escaparon a la censura.

Los primeros ochenta supusieron una reorientación del cine brasileño, que mezclaba la obra de veteranos como Carlos Diegues (Bye, Bye Brasil, 1979) o Pereira Dos Santos (Na estrada da vida, 1980) con la eclosión de jóvenes talentos como el nacionalizado Hector Babenco, que con Pixote, la ley del más fuerte (1980) convulsionó Cannes y cuya proyección internacional se confirmó con El beso de la mujer araña (1985), adaptación de gran éxito en EE UU de la homónima obra de Manuel Puig.

Mirando al Norte

El ejemplo de Babenco ha sido seguido en estos últimos años por otros cineastas brasileños. Las políticas ministeriales provocaron que muchos de ellos, tras dejar buenas películas, oyeran los cantos de sirena de Hollywood. Walter Salles triunfó en su país con Terra Estrangeira (1996), pero atrajo la atención internacional con Estación central de Brasil (1998) y ha terminado en EE UU dirigiendo productos como Dark Water (2005).

Fernando Meirelles rozó el Oscar en 2003 con Ciudad de Dios, y también se ha asentado en Hollywood con El jardinero fiel (2005) o A ciegas (2008). José Padilha puede ser el siguiente: tras interesantes obras como Ómnibus 174 (2002), el triunfo en Berlín de Tropa de élite (2007) le ha traído ofertas para dar el salto.

¿Y qué nos queda en Brasil? Expectación. La industria ha crecido, triplicando su producción respecto a hace unos años. Policiacos como El invasor (Beto Brant, 2002) hablan de un cine apasionante de nuevos autores, y la obra de veteranos como el documentalista Eduardo Coutinho incitan a mirar al pasado para entender un presente convulso pero esperanzador.

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