Parece probable que los irlandeses estarán de acuerdo cuando el viernes voten en referéndum sobre el Tratado de Lisboa, ya que se espera que gane el 'Sí'. Los conservadores británicos, que han amenazado con mantener viva la lucha contra la ratificación del texto si ganan las elecciones generales del año que viene, deberían tomar nota.

Lisboa es un texto poco querido y su proceso de adopción ha sido tortuoso y polémico, aunque una ratificación parlamentaria no debería ser menos legítima o democrática que un referéndum.

Los principales cambios que aporta son la creación de un presidente del Consejo Europeo individual y a largo plazo, en vez de las presidencias semestrales que rotan entre los países, y una figura más fuerte en política exterior con un presupuesto sustancial y un cuerpo diplomático europeo. Además, el proceso de toma de decisiones se haría teniendo más en cuenta el tamaño de la población de cada país.

Un 'No' hundiría a los Veintisiete de nuevo en la división y la introspección, y convertiría a la UE en un actor menos influyente en el nuevo orden mundial que surge de la crisis financiera.

Pero las cosas no son tan simples. Incluso aunque los irlandeses apoyen un tratado que rechazaron el año pasado, sigue abierta la posibilidad de una guerra de guerrillas. La dilación con la que juega el presidente checo, Vaclav Klaus, podría retrasar aún más su entrada en vigor. Sus partidarios han recurrido ante el Constitucional checo, que ya ha validado el tratado, y están esperando el nuevo dictamen.

Es posible que Klaus quiera aguantar hasta los comicios británicos, esperando que una victoria de los conservadores conllevara un intento de acabar con Lisboa, que ya ha sido ratificado por el Parlamento británico, al convocar un referéndum en el que pedirían el 'No'. Los sondeos muestran que a la mayoría de los británicos no les gusta el tratado, pero no es una de sus principales preocupaciones, como la economía, la sanidad, la educación, las pensiones o el transporte público.

Aunque los conservadores podrían argumentar que simplemente estarían cumpliendo una promesa electoral, esto causaría consternación en toda Europa, y desataría más discusiones institucionales en el preciso momento en el que la UE estaría intentando hacer oír su voz en las reuniones económicas del mundo post-crisis.

Si el líder conservador británico David Cameron es tan pragmático como dicen sus partidarios, no debería comenzar su gobierno provocando una crisis con sus socios europeos. Reino Unido ya tiene suficientes problemas como para marginarse en Europa.

Los propios problemas económicos de Irlanda pueden haber cambiado el debate en la isla, ya que los votantes rechazaron el tratado el año pasado ante el temor a que su país perdiera influencia en Bruselas y socavara su neutralidad militar, su estricta legislación sobre el aborto y su política fiscal.

Ahora el antiguo 'tigre celta' depende del Banco Central Europeo y solo se ha librado de un hundimiento al estilo del de Islandia porque es miembro de la UE y de la eurozona, con una garantía de rescate implícita de Alemania. Cualquiera que dude de ello sólo debería echar un vistazo a la Bolsa y los bonos irlandeses el lunes si el resultado de la consulta sale negativo.

Pero no son sólo las perspectivas financieras irlandesas las que se pondrán muy negras si gana el 'No'. Las esperanzas de la UE de llevar más peso en el rápido cambio de poder mundial con Estados Unidos y China se empequeñecerán si fracasa de nuevo a la hora de hacer más efectivas sus atascadas instituciones.

Paul Taylor es un columnista de Reuters. Las opiniones que expresa son las suyas