Fernando Trueba: "Tengo ego y vanidad, pero no soy masturbatorio"

El director de El baile de la victoria, Fernando Trueba.
El director de El baile de la victoria, Fernando Trueba.
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Va a por su segundo Oscar: El baile de la victoria, de Fernando Trueba, es la candidata española al próximo Oscar a la mejor película en habla no inglesa. Adaptación de la novela homónima del chileno Antonio Skármeta, El baile de la victoria se estrena en España el próximo 27 de noviembre.

¿Qué verá la gente en El baile de la victoria?

Es difícil de explicar, pero creo que una película muy de corazón, hecha desde dentro y poniéndolo todo. Tiene personajes hermosos y trata de cosas como la amistad, la fidelidad, el sacrificio o la nobleza. Es, además, una película abierta, que participa de muchos tonos y géneros: mezcla humor y tragedia, es realista y un cuento, un western y un thriller. Creo que en ella los sentimientos están libres, no reprimidos, y espero que no deje al público indiferente, sino que les haga viajar y sentir cosas.

¿Cuándo decidió rodar la novela de Skármeta?

Antes de terminarla. Mientras la leía, me venían a la cabeza imágenes de Disparen sobre el pianista, de Truffaut, por esa mezcla de géneros. Me veía rodando esta película en Santiago de Chile, como una cinta de la Nouvelle Vague de los años sesenta. Me di cuenta de que la novela me daba unas posibilidades cinematográficas enormes, a las sesenta páginas ya estaba rodándola en mi cabeza.

¿Suele pasarle eso con los libros?

No. La literatura me gusta por sí misma. Siempre digo, con orgullo, que jamás he buscado argumento para una película. Nunca. Ni en un libro ni en ningún sitio. Creo que si tienes que buscar un argumento no debes hacer la película, porque en el fondo no tienes nada que contar. Los argumentos tienen que estar peleándose, unos con otros, por salir de tu cabeza.

¿De dónde le salen a usted?

De dentro. Empiezan por un personaje, por una historia, incluso por un tono. Ves como imágenes. Cada película es una historia, y tienes una relación distinta con cada una. La próxima que dirigiré la he escrito con Jean-Claude Carriere, y empecé a pensarla hace quince años. Hasta hice un preguión con Rafael Azcona. Pero pensaba que era muy joven para rodarla, y ahora será la siguiente.

¿Cómo será?

Muy sencilla. A Carriere le contaba que no quería la dramaturgia habitual del cine, sino crear una película como un olivo. Algo viejo, retorcido, una escultura hecha por el aire y el tiempo. Quiero que mi película sea así, no algo esculpido por el hombre.

¿Cómo esculpió, y podó, la historia de Skármeta?

Trabajé con mi hijo Jonás en Madrid, y después viajé a Chile para pulir, sobre todo los diálogos, con Skármeta. Fue donde descubrió los importantes cambios que habíamos hecho, pero como ha hecho guiones, y dirigido cosas, entendió que eran necesarios. Algunos eran muy bestias, y le sorprendieron, pero me permitió que hiciese lo que yo quisiera siempre que le diera un porqué.

La película ha recibido críticas irregulares. ¿No es demasiado arriesgada?

Sí. Era consciente, y por eso me gustaba. Espero que al público también le gusten los riesgos. Quiero hacer películas que toquen a la gente.

¿No es más personal rodar un guión propio?

No, eso es un error. La novela que más puede haberte marcado no tienes por qué haberla escrito tú. Puedes leer El Gran Gatsby, y que te guste tanto que te incite a escribir. Un año después, quizá tengas una novela que te llega menos, que habla incluso menos de ti, que lo que había contado un americano en los años veinte. Hay novelas que parecen estar hechas para cada uno. Con las adaptaciones, te pasa lo mismo: un texto ajeno puede estar más adentro de ti que uno tuyo.

Como le pasó a usted con El baile de la victoria...

Al cien por cien. Tras una proyección, se me acercó un compañero y me dijo que había visto en ella cosas de todas mis películas. Estoy de acuerdo.

¿Qué cosas?

Todos arrastramos una manera de mirar, de tratar personajes, de contar. Una visión del mundo. Hay cosas que te importan más que otras. En la película aparecen cosas que ya me habían interesado: la relación entre el personaje joven y el más mayor, la mezcla de tonos, mirar al pasado, introducir un trasfondo histórico que sea un apoyo, una referencia, pero no el argumento principal. Son miles de cosas. Pero, quizá, las más importantes son las que no puedo explicarte ahora, sino simplemente sentir.

¿Le quedaron cosas por contar en esta película?

No. Siempre supe que tendría que durar dos horas y pico. Por lo que sí luché fue por el tiempo de rodaje: dije que podría cobrar menos si querían, pero que no podía hacer la película sin el tiempo de rodaje que necesitaba.

Debutó en 1979 con Ópera Prima. ¿Cómo se ve, treinta años después?

Como un viejo director. Pero no suelo ver mis películas anteriores: me traen buenos recuerdos, cómo voy a olvidarme de gente como Fernando Fernán Gómez, pero no soy masturbatorio, ni narcisista ni autocontemplativo. Como todo el mundo, tengo mi ego y mi vanidad, pero creo que bajo control.

¿Se ve haciendo cine otros treinta años?

No: me gustaría hacer cine cincuenta años más. Me da envidia Oliveria, no por sus películas sino por estar rodando con más de cien años.

¿Lleva siempre la cámara metida en la cabeza?

Desconecto mucho. Soy lo que soy, pero también leo mucho y escucho mucha música. Pero, por supuesto, soy feliz charlando con mis amigos y viendo películas.

Y ahora, ¿cómo le sienta esta candidatura?

Es una gran alegría, sobre todo cuando la película aún no se ha estrenado, la tienes todavía reciente pero ya sabes que le ha gustado a los académicos. La elección es, además, un honor.

¿Cómo valora la recepción en el Festival de San Sebastián?

Muy bien. La reacción del público fue fantástica, tuve una de las mejores proyecciones de mi carrera. Creo que fue algo muy bonito, incluso apoteósico.

Con el Oscar a Belle Epoque se acordó de Billy Wilder. ¿De quién se acordaría hoy?

No lo sé. A Wilder le di las gracias por su cine, por todo lo que nos ha enseñado a los que amamos el cine y consideramos el guión como un arte. Fue una forma de homenajearle, porque ya tenía noventa años, y era divertido darle esa sorpresa en directo. Ahora creo que les daría las gracias a los que han hecho El baile de la victoria conmigo. Sin Ayala, sin Darín, la cinta no sería la misma. El equipo, además de trabajar contigo, te acompaña todo el día. Es gente que se sube a tu barco y te ayuda a remar, a cruzar un océano en medio de la tempestad y el naufragio.


El baile de la victoria se estrena en España el próximo 27 de noviembre.

¿Qué verá la gente en El baile de la victoria?
Es difícil de explicar, pero creo que una película muy de corazón, hecha desde dentro y poniéndolo todo. Tiene

personajes hermosas y trata de cosas como la amistad, la fidelidad, el sacrificio o la nobleza. Es, además, una

película abierta, que participa de muchos tonos y géneros: mezcla humor y tragedia, es realista y un cuento, un

western y un thriller. Creo que en ella los sentimientos están libres, no reprimidos, y espero que no deje al

público indiferente, sino que les haga viajar y sentir cosas.

¿Cuándo decidió rodar la novela de Skármeta?
Antes de terminarla. Mientras la leía, me venían a la cabeza imágenes de Disparen sobre el pianista, de

Truffaut, por esa mezcla de géneros. Me veía rodando esta película en Santiago de Chile, como una cinta de la

Nouvelle Vague de los años sesenta. Me di cuenta de que la novela me daba unas posibilidades cinematográficas

enormes, a las sesenta páginas ya estaba rodándola en mi cabeza.

¿Suele pasarle eso con los libros?
No. La literatura me gusta por sí misma. Siempre digo, con orgullo, que jamás he buscado argumento para una

película. Nunca. Ni en un libro ni en ningún sitio. Creo que si tienes que buscar un argumento no debes hacer

la película, porque en el fondo no tienes nada que contar. Los argumentos tienen que estar peleándose, unos con

otros, por salir de tu cabeza.

¿De dónde le salen a usted?
De dentro. Empiezan por un personaje, por una historia, incluso por un tono. Ves como imágenes. Cada película

es una historia, y tienes una relación distinta con cada una. La próxima que dirigiré la he escrito con

Jean-Claude Carriera, y empecé a pensarla hace quince años. Hasta hice un preguión con Rafael Azcona. Pero

pensaba que era muy joven para rodarla, y ahora será la siguiente.

¿Cómo será?
Muy sencilla. A Carriere le contaba que no quería la dramaturgia habitual del cine, sino crear una película

como un olivo. Algo viejo, retorcido, una escultura hecha por el aire y el tiempo. Quiero que mi película sea

así, no algo esculpido por el hombre.

¿Cómo esculpió, y podó, la historia de Skármeta?
Trabajé con mi hijo Jonás en Madrid, y después viajé a Chile para pulir, sobre todo los diálogos, con Skármeta.

Fue donde descubrió los importantes cambios que habíamos hecho, pero como ha hecho guiones, y dirigido cosas,

entendió que eran necesarios. Algunos eran muy bestias, y le sorprendieron, pero me permitió que hiciese lo que

yo quisiera siempre que le diera un porqué.

La película ha recibido críticas regulares. ¿No es demasiado arriesgada?
Sí. Era consciente, y por eso me gustaba. Espero que al público también le gusten los riesgos. Quiero hacer

películas que toquen a la gente.

¿No es más personal rodar un guión propio?
No, eso es un error. La novela que más puede haberte marcado no tienes por qué haberla escrito tú. Puedes leer

El Gran Gatsby, y que te guste tanto que te incite a escribir. Un año después, quizá tengas una novela que te

llega menos, que habla incluso menos de ti, que lo que había contado un americano en los años veinte. Hay

novelas que parecen estar hechas para cada uno. Con las adaptaciones, te pasa lo mismo: un texto ajeno puede

estar más adentro de ti que uno tuyo.

Como le pasó a usted con El baile de la victoria...
Al cien por cien. Tras una proyección, se me acercó un compañero y me dijo que había visto en ella cosas de

todas mis películas. Estoy de acuerdo.

¿Qué cosas?
Todos arrastrmos una manera de mirar, de tratar personajes, de contar. Una visión del mundo. Hay cosas que te

importan más que otras. En la película aparecen cosas que ya me habían interesado: la relación entre el

personaje joven y el más mayor, la mezcla de tonos, mirar al pasado, introducir un trasfondo histórico que sea

un apoyo, una referencia, pero no el argumento principal. Son miles de cosas. Pero, quizá, las más importantes

son las que no puedo explicarte ahora, sino simplemente sentir.

¿Le quedaron cosas por contar en esta película?
No. Siempre supe que tendría que durar dos horas y pico. Por lo que sí luché fue por el tiempo de rodaje: dije

que podría cobrar menos si querían, pero que no podía hacer la película sin el tiempo de rodaje que necesitaba.

Debutó en 1979 con Ópera Prima. ¿Cómo se ve, treinta años después?
Como un viejo director. Pero no suelo ver mis películas anteriores: me traen buenos recuerdos, cómo voy a

olvidarme de gente como Fernando Fernán Gómez, pero no soy masturbatorio, ni narcisista ni autocontemplativo.

Como todo el mundo, tengo mi ego y mi vanidad, pero creo que bajo control.

¿Se ve haciendo cine otros treinta años?
No: me gustaría hacer cine cincuenta años más. Me da envidia Oliveria, no por sus películas sino por estar

rodando con más de cien años.

¿Lleva siempre la cámara metida en la cabeza?
Desconecto mucho. Soy lo que soy, pero también leo mucho y escucho mucha música. Pero, por supuesto, soy feliz

charlando con mis amigos y viendo películas.

Y ahora, ¿cómo le sienta esta candidatura?
Es una gran alegría, sobre todo cuando la película aún no se ha estrenado, la tienes todavía reciente pero ya

sabes que le ha gustado a los académicos. La elección es, además, un honor.

¿Cómo valora la recepción en el Festival de San Sebastián?
Muy bien. La reacción del público fue fantástica, tuve una de las mejores proyecciones de mi carrera. Creo que

fue algo muy bonito, incluso apoteósico.

Con Belle Epoque se acordó de Billy Wilder. ¿De quién se acordaría hoy?
No lo sé. A Wilder le di las gracias por su cine, por todo lo que nos ha enseñado a los que amamos el cine y

consideramos el guión como un arte. Fue una forma de homenajearle, porque ya tenía noventa años, y era

divertido darle esa sorpresa en directo. Ahora creo que les daría las gracias a los que han hecho El baile de

la victoria conmigo. Sin Ayala, sin Darín, la cinta no sería la misma. El equipo, además de trabajar contigo,

te acompaña todo el día. Es gente que se sube a tu barco y te ayuda a remar, a cruzar un océano en medio de la

tempestad y el naufragio.
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