Paisanaje

Como es la primera vez que me asomo a esta azotea, imagino que hoy es una mañana plácida, en la que la ropa hace equilibrios en los alambres, y hay mujeres que despiden el verano con palabras viajeras de un balcón a otro.
Dicen que en la idiosincrasia de los cordobeses se teje un escepticismo perenne hacia todo lo nuestro y,  a veces, ese sentir se torna ceguera ante la evidencia. Hoy, al asomarme a estos papeles, en esta azotea ingrávida de celulosa y tinta, veo una Córdoba que empieza a despertarse. Miro frente a frente a una ciudad que ha maquillado su cara con rostros que vienen de lejos.

Personas que pronto aprenderán a decir pegos,  a irse de perol o a contar el almanaque a partir de mayo. Veo una Córdoba que se expande como una pompa de jabón y que se desnuda a golpe de strip-tease de sus pieles muertas. No sé cómo decirles que desde mi azotea, Córdoba se ve bonita, con sus cicatrices y sus arrugas, con su nuevo paisanaje que la traviste y la transforma.

Habrá que bajar de la azotea a escuchar el rumor de las nuevas lenguas; y quizá, Córdoba vuelva a convertirse en esa encrucijada de mil culturas que fue. Quizá no haya que esperar ni al 2016 para darnos cuenta de que ahora puede ser el momento: el nuestro  y el de los recién llegados.

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