Cámaras cautivas, imágenes libres

Una cámara desechable espera sola en un banco. ¿Alguien la ha olvidado? No, está atada con una cadena. A su lado hay un cartel que te anima a que la uses. La fotografía anónima se abre camino. Puedes convertirte en fotógrafo en cualquier momento.
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Anónimo

Las Vegas. Año 2003. Jay Carlson se hospeda en un hotel de la ciudad que no resulta indiferente a nadie, por la que Elvis Presley juró derrochar amor y dinero. En un arrebato de curiosidad, Jay ata al pomo de la puerta de su habitación una cámara desechable para que cualquiera amenice su paso por el monótono pasillo fotografiándose: «Aquello no era muy diferente a pedir a un desconocido por la calle que te saque una foto. Otra persona aprieta el botón, pero al final el recuerdo es para ti».

El final de la aventura es menos romántico que la reflexión teórica. A las ocho de la mañana del día siguiente llaman a la puerta del cuarto: los seguratas del hotel han recibido quejas de clientes preocupados por lo que hacía en el pasillo la cámara. Con Estados Unidos en alerta máxima de seguridad tras los atentados del 11-S, incluso en la ciudad excéntrica por excelencia no quieren jueguecitos. «Me daban un ultimátum: o quitaba la cámara o me iba del hotel». Sólo había dado tiempo a que hicieran una foto «y encima era horrible».

Jay forma parte del colectivo The Plug, de Atlanta (EE UU), que comenzó en los años noventa con un fanzine y ahora publica cada mes una revista on line. Cada número tiene un tema único y está repleto de ideas inteligentes y vistosas que huelen a fresco. En marzo de 2008, el chico del intento frustrado en Las Vegas se decidió a darle una vuelta de tuerca a la idea inicial: atar la cámara desechable a un banco, dejarla allí todo el día y recogerla por la noche para ver los resultados. Cuando le preguntamos qué le impulsó a hacerlo, contesta con sencillez: «Sólo trato de encontrar nuevas maneras de explorar las cosas del día a día».

En Calle 20 hemos recogido el testigo: abandonamos en el centro de Madrid varias cámaras desechables, atadas con cadena y candado a bancos del mobiliario urbano de la Gran Vía, plaza de España, La Latina, Malasaña, plaza del Callao, Chueca y el Parque del Retiro. Pensamos: que salga lo que tenga que salir. Dejamos todo en manos de quien encontrara las cámaras en su camino y compartimos aquí el resultado.

‘Fotos más raras han ocurrido’

The Plug lo hizo en dos ocasiones, para dos números de su imaginativa revista, y lo llamó Stranger photos have happened (Fotos más raras han ocurrido). La primera vez fue en Atlanta, en la intersección de las avenidas de Virginia y Highland. La segunda, en Tokio, un intento lleno de curiosidad por ver cómo reaccionarían los japoneses, que siempre se dejan ver en otros países con cámaras en la mano.

Jay se divirtió con las experiencias y ya prepara más entregas: «Ahora que lo he probado, planeo atar cámaras a bancos para el resto de mi vida. No soy un adicto, pero es muy satisfactorio. En los próximos meses viajaré a Montreal y San Francisco. No me iré sin atar por allí algunas».

A los pocos meses de los experimentos de Virginia y Tokio se unió a la aventura la revista neoyorquina Glamour, que editó en febrero de este año las fotos de dos cámaras dejadas en Manhattan y Brooklyn. Después ya había unos cuantos blogueros, inquietos y curiosos, que se apuntaron a lo que al principio era un experimento aislado y ahora es una iniciativa viral que se propaga por la Red. «A ver si hoy dejo un par de ellas en la playa», dice una californiana en su blog de fotografía. Jay ha empezado a recibir correos electrónicos con los resultados de iniciativas particulares realizadas en ciudades de Estados Unidos y Canadá, pero también de Europa: Bristol, Múnich, Viena... Ahora el ‘inventor’ de las cámaras atadas a un banco busca a un editor: «Estoy preparando una propuesta de un libro que recogería fotos de todo el mundo».

Con Calle 20, Madrid ya forma parte de este creciente mapa de ciudades. Nuestra cosecha ha sido buena. Los documentos audiovisuales que ha recogido la máquina de fotos, muda y estática en medio de lugares concurridos, contienen minúsculos instantes de la vida turbulenta de una ciudad enorme: manos extendidas recortadas contra el cielo que esconden la timidez de enfrentarse al objetivo o manos que agarran la cadena que une la cámara al banco, retratos sinceros, posturas de taichi... Unos chicos montan sobre el banco un juego improvisado con las semillas que recogieron de un árbol, una amapola de papel obsesiona a una pareja, la clásica pandilla se hace una foto de grupo de las que se almacenan en un álbum, un pie femenino con una chancla rosa escapa del cuadro de la foto...

A veces el error juega a favor y, por un defecto en el avance de la película fotográfica, una imagen se superpone sobre otra, dando como resultado el estampado difuso de árboles y plantas del Retiro. Incluso un día, en La Latina, los fotógrafos espontáneos dejan un cartel escrito a boli rojo con un mensaje que recuerda a los proverbios de la filosofía oriental: «Fíjate en los detalles. Tómatelo con cámara».

Cámaras nómadas

Algunos han ido más allá del banco de madera y han liberado a la cámara de ataduras físicas. El canadiense Ryan, que prefiere ocultar su apellido y se hace llamar Mr. Anonymous, empezó en 2006 con Anonymous Photo Project. «Siempre me interesó la idea del azar en relación con la fotografía. Antes sacaba fotos sin mirar por el visor y el resultado me sorprendía. Dejar que otros sacaran fotos sin que yo los viera era la continuación lógica de la historia. Se trata de no saber cuál va a ser el resultado hasta que no reveles el carrete».

Ryan deja en cualquier lugar público, envuelto en apetitoso papel de celofán, el siguiente kit: una cámara desechable, un sobre franqueado para Vancouver, la ciudad donde vive, y una hoja de instrucciones. El que encuentra la cámara debe disparar todo el carrete y enviarlo en el sobre por correo. Algunas de estas cámaras han dado tumbos por el mundo hasta llegar de nuevo a las manos de Ryan: «Dejé una cámara cerca de Toronto, Canadá, y viajó en un crucero escandinavo. Otra, recogida en Nueva York, se fue a Francia y volvió a cruzar el Atlántico de vuelta antes de que me la devolvieran».

De 131 cámaras que ha repartido por una docena de países, Ryan ha recibido de vuelta 35. «Cuando abro el buzón y veo el sobre me pongo eufórico. Es como recibir un regalo sorpresa. Me emociona que la gente quiera participar, su voluntad para entrar en el juego». El resultado del proyecto está alojado en la web de Ryan, con las imágenes clasificadas por números, y una leyenda sobre dónde y cuándo dejó la cámara y lo que tardó en ser devuelta. Allí los carretes desvelan el secreto y muestran historias de farras nocturnas, familias de vacaciones, camioneros recorriendo Estados Unidos, un día en la vida de alguien o una tarde cualquiera de tiendas. «La gente no se propone crear una narración con la secuencia de fotos que saca, pero cada cámara se acaba convirtiendo en una historia sobre la persona que la tiene», señala Mr. Anonimous.

De Luanda a Maputo

En otro registro, aunque con una filosofía similar, la de permitir a personas anónimas documentar fotográficamente sus vidas, el activista belga Gert Van der Meersch (un profesional de los efectos visuales que ha trabajado, entre otras películas, en Charlie y la fábrica de chocolate, V de vendetta o la serie de Harry Potter) hizo un intenso viaje por el África portuguesa en 2005 y 2006, desde Luanda (Angola) hasta Maputo (Mozambique). Por el camino, Gert repartió cajas enteras de cámaras desechables a gente de a pie.

Las fotografías, que están en la página de Another day of life (Otro día de vida), muestran la digna sencillez de una vida más que humilde: «No son ni impresionantes ni extraordinarias desde un punto de vista fotográfico, pero muestran la parte genuina de la vida diaria de gente corriente del sur de África, una visión con sustancia antes que estilo, refrescante en su honesta simplicidad».

Otro de los juegos en torno a las imágenes espontáneas une el bookcrossing (abandonar libros en lugares públicos para que los recojan otros lectores que después vuelven a abandonarlos) con la fotografía digital. Photo Chaining promueve que los participantes, con un aviso previo en el foro de la web, dejen una tarjeta de memoria en un lugar público. Quien la recoge descarga las fotos que contiene, las cuelga en el blog y las comenta. Después vacía el dispositivo y vuelta a empezar. Las tarjetas llegan a viajar muchos kilómetros y cambian de país, mostrando desde las fiestas del pueblo hasta delfines o bebés recién nacidos.

Lo que impresiona a todos los que han probado la fotografía anónima, incluyéndonos a nosotros, es la buena intención. Nadie se ha llevado sorpresas desagradables. La excepción la tiene Ryan (Mr. Anonymous), que en una ocasión recibió desde Nueva York una cámara machacada de alguien que, seguro, tuvo un mal día. Pero más allá de la anécdota todos reciben el experimento con ganas de jugar y, si es posible, lucirse. En el fondo nos acaba picando el gusanillo, miramos por la ventanita del visor y apretamos el botón cuando nos gusta lo que vemos.

La cámara desechable que utilizamos para el experimento de fotos espontáneas de Calle 20 fue una Fuji QuickSnap Fashion. Tiene carcasa plástica, flash incorporado y va cargada con una película de 135 mm, 27 fotos y 400 ASA de sensibilidad. Es de uso intuitivo y muy simple: apretar el disparador y avanzar la película. El enfoque, la velocidad de obturación y la apertura de diafragma son automáticos. Cuesta 7,60 euros. Nos cautivaron sus colores blanco nuclear y verde hospitalario y el diseño, ondulado, algo futurista y ortopédico. Enganchamos una anilla de llavero a la hendidura lateral y la aseguramos al banco con una cadena de cuatro metros cerrada con un pequeño candado de maleta. El largo permitía a los fotógrafos espontáneos alejarse unos dos metros del banco para disparar. Como hizo el colectivo The Plug en su iniciativa, pegamos con cinta de embalar un cartel explicativo: «La revista Calle 20 ha atado esta cámara a un banco para que puedas sacar fotos. En serio. Diviértete. Volveremos más tarde para recogerla y publicaremos las mejores. ¡Gracias! (No olvides adelantar la película tras cada foto)». La selección que publicamos se hizo a partir de casi un centenar de fotografías.

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