El príncipe Harry resucita el Imperio Británico

El libro 'Spare' del príncipe Harry a la venta en Londres.
El libro 'Spare' del príncipe Harry a la venta en Londres.
EFE/EPA/ANDY RAIN

El príncipe Harry está dando contenido al mundo. Lo que vale es la atención y el tiempo que dedicas al libro de Harry no volverá. Harry ha golpeado dos veces: con las seis horas de Netflix con su esposa Meghan y ahora con este tomazo sobre su vida.

Por suerte lo ha escrito un profesional –¡no un robot!. Las memorias de Harry son un duro golpe para la Inteligencia Artificial (IA). Las ha escrito J.R. Moehringer, que hizo las de Agassi y las suyas: el libro autobiográfico El bar de las grandes esperanzas. Paula Corroto escribe que el tomazo ya superventas de Harry & Moehringer es un libro con calidad literaria, y aporta ejemplos.

La función de las monarquías es producir contenidos para el mundo. La que mejor cumple esta misión es la inglesa. La serie The Crown lo explica muy bien: la Corona mantiene vivo el Imperio Británico, que no existe, o que sólo existe en el sentimiento de sus súbditos y del resto del mundo... en la medida en que unas y otros consumimos estos contenidos y les entregamos nuestra atención, que es lo más valioso que hay, tal como explica Bruno Patino: "El tiempo de atención es más valioso que el propio dinero".

La monarquía inglesa tiene otra ventaja a la hora de emitir mejores contenidos que sus homólogas de otros países: la base de sus relatos, y del país, es Shakespeare, que no ha sido superado. Sean Coughlan, corresponsal de la realeza de BBC News, ha escrito que las revelaciones de Harry sobre su padre evocan a El rey Lear. Shakespeare da el tono de las revelaciones y el enfrentamiento de Harry con la Corona y con su familia, que son lo mismo.

Esta misión de las monarquías para crear contenido de la mayor intensidad es la misma que experimentamos todas las personas: hacer marca y estar en el candelero, que ahora es el móvil.

El modelo de creación de contenidos globales funciona, como Shakespeare, a base de conflictos. Los mejores antecedentes recientes de esta tradición son Eduardo VIII, que abdicó en 1936 por amor a Wallis Simpson, y luego la epopeya de Lady Di, que acabó en tragedia y en cuya estela se inscribe y se perpetúa el culebrón de su hijo Harry.

La diferencia, enorme, es que los móviles nos están transformando y ni siquiera sabemos cómo. Sabemos que cada día que pasa dependemos de una constelación de algoritmos diseñados a toda prisa para captar nuestra atención –lo que más vale– y nuestro dinero. No sabemos hasta qué punto ya estamos siendo manejados por la IA. En todo caso el móvil ha introducido velocidad y aceleración en cada cabeza.

Los contenidos de conflictos de alta intensidad emocional mantienen vivo el poder blando del Imperio Británico en feroz competencia con lo que emiten todos lo demás: corporaciones, gobiernos, familia, afectos… Competencia con los propios pensamientos y sensaciones de cada cual… para los cuales el móvil es un alivio. Conjetura: el esfuerzo para alcanzar el minuto zen de soledad e introspección se duplica cada día.

La Corona puede permitirse ahora el silencio precisamente porque su vástago emite por todos

Harry está prestando un servicio a la Corona y al poder imaginario –pero muy real– del nuevo Imperio Británico. El diagnóstico usual de que los lloriqueos y las revelaciones de Harry hacen daño a la Corona es justo al revés: la robustecen o, como ahora, la resucitan.

Su padre, el rey Carlos III mejora –¡existe!– gracias a este esfuerzo del segundón por sacar tajada y ganar tiempo/dinero. Desde el funeral de la reina madre la Corona, aparte del lánguido anuncio de la coronación del sucesor, no ha emitido nada. Meramente existe gracias al silencio sobre los gemidos de Harry. En el flujo continuo de seducciones, la Corona y el Imperio no existen. Lo único inadmisible en estas sagas populares de alcurnia, mitos que compiten con los superhéroes de Marvel, con la música latina, con el entorno de cada cual y con la lluvia de podcasts, es no emitir nada. La Corona puede permitirse ahora el silencio precisamente porque su vástago emite por todos.

El príncipe Harry, al abandonar la isla patria e instalarse en Estados Unidos, lo que hace es invadir la decadente metrópoli con sus memes, colonizarla de nuevo y expandir el imaginario del Reino Unido urbi et orbe. La quejumbre victimista y la exhibición de dolor –tan cotizados ahora– del segundón errante prestan el mayor servicio a la Corona y refuerzan la vigencia el Imperio Británico en el mercado global de las emociones que salen por el hilillo continuo del móvil.

Lo curioso en este forcejeo por resucitar fantasmas es que se manifiesta en un libro, un objeto analógico, un tomazo de 550 páginas... que ya circula por los móviles. Y que no lo ha escrito –todavía–, un robot.

Harry salva el Imperio.

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