Joaquim Coll Historiador y articulista
OPINIÓN

Una semana de locos

Numerosas personas en una feria de artesanía en el centro de Madrid.
Numerosas personas en una feria de artesanía en el centro de Madrid.
EFE
Numerosas personas en una feria de artesanía en el centro de Madrid.

Cuesta entender que haya cosas que, siendo aparentemente fáciles, no se hagan. Que esta semana sea de locos no tiene justificación. Lo de trasladar los festivos a lunes es algo de lo que se viene hablando desde hace más de una década, no como un deseo imposible de consensuar entre las fuerzas políticas, sino como algo de sentido común que suscitaba un gran acuerdo de empresarios y sindicatos. También como señal de que nos tomábamos en serio lo de mejorar la competitividad sin sacrificar los días de descanso ni perjudicar al sector del turismo y la restauración. Lo de esta semana, un día laborable y otro festivo alternativamente, no tiene pase alguno. Y el disparate no nos pilla de sorpresa porque se repite con más o menos intensidad desde décadas. Pero no hay remedio.

Mariano Rajoy anunció en 2011 su intención de suprimir los puentes y trasladarlos al lunes más próximo con la excepción de las fechas de más arraigo social. Digamos que tanto el 25 de diciembre como el 1 de enero serían inamovibles. Son fechas imposibles de cambiar en nuestro acervo cultural. 

Ese mismo año, CEOE, UGT y CC OO llegaron a un principio de acuerdo que suponía una reforma radical del calendario laboral. Incluso el 1 de mayo y el 12 de octubre, obligatoriamente festivos según el Estatuto de los Trabajadores, serían movibles para evitar los puentes. Las celebraciones públicas en las fechas señaladas, como recepciones, desfiles o manifestaciones, podrían seguir haciéndose igualmente, al igual que no hace falta que sea festivo el 8 de marzo para celebrar el día de la mujer trabajadora o el día del libro el 23 de abril.

Pero para llevarlo a cabo había un pequeño gran obstáculo, la Iglesia “amigo Sancho”, porque, según el tratado de 1979, hay determinadas fechas de celebración católica que son obligatoriamente festivas en España, como la Asunción de la Virgen, Todos Santos o la Purísima, etc. 

A Rajoy le dio pereza pelearse con el Vaticano, así que el asunto se metió en un cajón. En 2018 llegó Pedro Sánchez, pero de lo que a todo el mundo le parecía una gran idea para una agenda reformista, nada dijo, pese a que los empresarios de la CEOE le reclamaron en una reunión acabar con los grandes puentes festivos

Desde 2020 es incomprensible que “el Gobierno más progresista de la historia” no ponga manos en ese asunto. Seguro que pelearse un poco con la Iglesia no cuesta tanto y hasta les da votos. Desconcertante también que la hábil Yolanda Díaz no levante esta bandera.

Mostrar comentarios

Códigos Descuento