Carlos Santos  Periodista
OPINIÓN

Líneas rojas

Papeles en blanco alusivos a la censura durante una protesta en Pekín en contra de las restrictivas políticas anti-covid mantenidas por el Gobierno chino.
Papeles en blanco alusivos a la censura durante una protesta en Pekín en contra de las restrictivas políticas anti-covid mantenidas por el Gobierno chino.
MARK R. CRISTINO / EFE

Había pensado dejar el folio en blanco, como hacen los chinos para protestar por la falta de libertad de expresión, pero me da miedo que alguien lo emborrone con insultos, aprovechando que la libertad de expresión aquí la tenemos garantizada.

Llevo tiempo observando con estupor los borrones que ciertos individuos e individuas van echando sobre el folio en blanco de nuestra democracia. En las primeras décadas de esa democracia no vimos en el Parlamento ni un solo episodio comparable al que contemplamos la semana pasada y que la ministra Irene Montero, su víctima, calificó con buen juicio como "violencia política".

No voy a recordar el nombre de la diputada que protagonizó la agresión; no seré yo quien regale un minuto de gloria a quien lo busca por procedimiento tan infame. Pero quiero creer que ya están tocando techo quienes enfangan la convivencia de los españoles con una burda mezcla de mentiras, insultos personales y faltas de respeto a los que no piensan como ellos. Su agresividad desmedida esta sirviendo para que los demás ciudadanos veamos con claridad las líneas rojas.

Una cosa es la crítica política, que puede ser dura e incluso feroz, y otra cosa es el insulto. Una cosa es criticar con dureza, y probablemente con razón, una chapuza legislativa y otra aparcar las razones para manejar aviesamente las peores emociones.

En la refriega política cabe incluso el insulto, ¿por qué no? Cuando surge en el combate dialéctico, no siempre envuelto en un atisbo de ingenio, está amparado por la propia libertad de expresión. La munición verbal de calibre grueso forma parte del juego democrático y siempre hay alguien que sabe usarla con inteligencia.

Pero una cosa es la contundencia verbal y otra el insulto personal. Una cosa es golpear al contrincante y otra mentarle a la familia con elementos de machismo troglodita. En la tradición española, que algunas pregonan pero tampoco respetan, esas líneas rojas han estado siempre claras.

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