Julia García  Coordinadora de Ciudadanía de Oxfam Intermón
OPINIÓN

Eterna juventud o juventud maldita

Dos jóvenes frente a una oficina de empleo
Dos jóvenes frente a una oficina de empleo
Europa Press

La juventud es un periodo del que cuesta salir. Generaciones Z y Millennial, a la que pertenezco, no somos ajenas a la cautivadora sucesión de descubrimientos y desafíos que supone esta etapa. Y mantenemos ese optimismo que describía Gil de Biedma cuando decía "dejar huella quería y marcharme entre aplausos. Envejecer, morir, eran tan solo las dimensiones del teatro".

No obstante, las expectativas de las y los jóvenes de hoy, que en algún punto previo a la Gran Recesión se nos prometían formidables, se han topado con las serias consecuencias de la precariedad laboral crónica, la inestabilidad y la incertidumbre. No hace tanto tiempo, escribía en este mismo periódico "somos una generación que ha sido golpeada por dos crisis durante nuestra incorporación al mercado laboral". Hoy debo añadir una más, la crisis de la inflación, cuyos efectos vuelven a mermar las opciones de las que disponemos para emprender los proyectos que corresponden a nuestro momento vital.

La juventud es un periodo de especial vulnerabilidad ante recesiones ya que, en contextos de destrucción de empleo y devaluación de la calidad del existente, las oportunidades para los últimos en llegar se reducen. Las generaciones nacidas a partir de la década de los 90 hemos crecido con las peores perspectivas económicas de los últimos 60 años y las cicatrices que nos han dejado las crisis consecutivas son cada vez más profundas. Aún peor, no están sanando cuando llegan periodos de recuperación, por falta de atención política, o al menos insuficiente.

Ni podemos permitirnos que, con un presente truncado, las personas jóvenes alcancemos la vida adulta siendo un débil sostén para nuestra sociedad en el futuro

Tenemos menor crecimiento salarial que el total de la población y que las generaciones de jóvenes anteriores. Desde 2008, el aumento de sueldo de la población general ha sido más del doble que para jóvenes de entre 24 y 35 años y hasta ocho veces mayor que para menores de 24 años. Para nuestro grupo de edad, la espiral de precios no ha supuesto la pérdida del poder adquisitivo porque ya lo habíamos perdido (los salarios nominales medios de menores de 35 años llevan por debajo del índice de precios al consumo (IPC) desde 2011). Esta es la realidad socioeconómica de las personas jóvenes en España en el último año y que, junto al Consejo de la Juventud de España, hemos analizado en La maldición de la eterna juventud.

La juventud sigue siendo ese periodo dulce que anhelaba Gil de Biedma. Pero no podemos renunciar a que sea también un periodo digno, con suficientes impulsos para disfrutar de las garantías de un sistema de bienestar. Ni podemos permitirnos que, con un presente truncado, las personas jóvenes alcancemos la vida adulta siendo un débil sostén para nuestra sociedad en el futuro. No hay excusas, por tanto, que nos deban desviar de la apuesta por políticas públicas para la juventud innovadoras y ambiciosas.

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