Las cuñadas de Isabel II: la curiosa historia de las cinco infantas olvidadas

  • Los historiadores Ricardo Mateos y Jonatan Iglesias indagan en las vidas de las cuñadas de Isabel II de España.
La reina Isabel II y su esposo.
La reina Isabel II y su esposo.
EDICIONES INSÓLITAS

"Estaban ahí, siempre estuvieron ahí, en los libros, pero casi nadie las conocía. Es que la aristocracia española del siglo XIX, incluida la Casa Real, era un enjambre. Eso pasaba también en otros países, desde luego, pero no tanto como en España". Esto dice el historiador Ricardo Mateos Sáinz de Medrano (Madrid, 1961) para referirse a cinco infantas de España prácticamente olvidadas, que casi nadie ha oído hablar: Isabel la romántica, Luisa Teresa la derrochona, Pepita la liberal, Cristina la boba y Amalia la emigrante.

Todas tan infantas de España como hoy puedan serlo Elena, Cristina, Margarita o la pequeña Sofía. Pero nadie sabe quiénes son. Casi todas murieron olvidadas y varias de ellas muy pobres. Ellas son las protagonistas del libro Las cuñadas de Isabel II, las infantas más raras que ha dado España (Ediciones Insólitas).

"En España no hay más que un príncipe o princesa, el de Asturias, que es el heredero de la corona", dice Mateos, "y luego están los infantes, que son los demás hijos del Rey y los hijos del príncipe. Además, cada rey puede nombrar infante 'de gracia' a quien quiera, cosa peculiar de la Casa Real española. Hoy hay solo cuatro infantas, pero en otros tiempos hubo muchos más. El problema es que es caro. Ser infante te da derecho a una lista civil, a cobrar una asignación mayor o menor".

Y estas cinco "infantas perdidas", ¿quiénes eran? Ricardo Mateos trata de explicarlo de la manera más sencilla posible, porque es un verdadero lío. El rey Fernando VII (muerto en 1833) tuvo dos hermanos varones: Carlos María Isidro, que pretendía suceder a su hermano y que desencadenó las guerras carlistas, y el pequeño, Francisco de Paula. Es aquel niño rubito que Goya pintó vestido de rojo y que se echó a llorar cuando los franceses trataron de sacarlo de España, en 1808; aquello fue el detonante de la guerra de la Independencia.

Francisco de Paula creció, volvió a España y acabaron casándolo con una sobrina suya: la princesa napolitana Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, mujer extraordinariamente ambiciosa y de carácter muy difícil. El matrimonio tuvo la friolera de once hijos, de los cuales solo ocho pasaron de los cinco años de edad.

El mayor, Francisco de Asís de Borbón, era homosexual y acabaron casándolo con su prima, Isabel II, así que fue rey consorte. Pero un año antes había nacido su hermana Isabel. Y luego llegaron las demás: Luisa Teresa, Pepita, Cristina y Amalia. Estas son las "infantas raras", las cuñadas de la reina Isabel II, las protagonistas del libro que han escrito Ricardo Mateos y el también historiador Jonatan Iglesias.

Pero si no eran hijas del Rey ni del príncipe o princesa de Asturias, ¿por qué fueron infantas? "Porque así lo quiso Fernando VII", explica Mateos; "en 1823, cuando solo habían nacido cuatro de los once hermanos, Fernando VII decidió que todos ellos, y todos los que pudiesen nacer después en el matrimonio, tendrían el título de infantes de España".

El historiador Ricardo Mateos.
El historiador Ricardo Mateos.
EDICIONES INSÓLITAS

Mateos e Iglesias han investigado a fondo y han encontrado muchísimos documentos y cartas que hasta ahora no conocía nadie: "Pensamos que iba a ser una cosa breve y al final nos han salido 400 páginas", dice el historiador madrileño. Lo que todos esos papeles reflejan es una corte casi surrealista.

La madre de todas ellas, la tremenda napolitana Luisa Carlota, se llevaba fatal con su cuñada (la esposa de Carlos María Isidro), la portuguesa María Francisca de Braganza. Las dos familias vivían en el Palacio de Oriente, lo cual hacía que el lugar fuese casi una gallera. Hay numerosas cartas de la napolitana al Rey (y también de la portuguesa) con quejas iracundas. Que si, en los viajes, el coche de la otra iba delante del suyo, lo cual era un insulto imperdonable. Que si hacían fiestas por carnaval en sus habitaciones y no dejaban dormir. Que si había que echar de España al peluquero, un tal Kazareff, que encima era contrabandista. Que si una cobraba más que la otra.

"Estaban ahí, siempre estuvieron ahí, en los libros, pero casi nadie las conocía"

Mientras tanto, en la vida real, España perdía casi todas sus colonias, los liberales se sublevaban y terminaban (por tres años) con el absolutismo de Fernando VII, los franceses invadían España para devolverle el poder y la gente, además de matarse unos a otros con saña, se moría de hambre. Es la España de los Caprichos de Goya.

"Aquellos pomposos nobles e infantes vivían totalmente fuera de la realidad", ironiza Ricardo Mateos; "parecían personajes de un sainete, del género chico, de La verbena de La Paloma. Eran de lo más castizo y vulgar, pero a la vez eran arrogantes, presuntuosos y pagados de sí mismos. Es verdad que pasaba en todas las cortes de Europa, pero en ninguna tanto como aquí".

Cubierta del libro 'Las cuñadas de Isabel II, las infantas más raras que ha dado España'.
Cubierta del libro 'Las cuñadas de Isabel II, las infantas más raras que ha dado España'.
EDICIONES INSÓLITAS

Isabel, la mayor de las cinco, parecía sacada de una ópera de Verdi. Romántica y apasionada, se fugó con un conde polaco con el que tuvo ocho hijos. Murió en París sola, pobre y medio socialista.

Luisa Teresa, la segunda, también se casó fuera del círculo de la realeza: su marido fue el duque de Sessa, cuya inmensa fortuna se deshizo por las ayudas que prestó a los Borbones, destronados en 1868, y por el impresionante tren de vida que llevaba la infanta, que era una máquina de gastar dinero.

La tercera, Josefina Fernanda (Pepita) se casó en secreto con un periodista, José Güell, lo que hizo que su cuñada la reina le retirase el rango de infanta; años después la perdonó. También salió liberal y un poco revolucionaria, y participó en el levantamiento de 1854, llamado La Vicalvarada. Murió exiliada en París en 1910.

La cuarta fue Cristina, llamada "la infanta boba" porque, además de fea, era bastante limitada intelectualmente. Lograron casarla con un hombre mucho mayor que ella, el riquísimo y culto infante portugués Sebastián Gabriel. Murió también viuda y olvidada en el exilio parisino.

La última fue Amalia, que sí se casó dentro de la realeza: el marido fue el príncipe Adalberto de Baviera. La infanta se fue a Alemania, pero fue peor el remedio que la enfermedad porque, como dice Mateos, "aquella corte estaba casi peor que la española". Murió en Munich.

Ricardo Mateos, autor de una docena larga de libros sobre realeza y aristocracia, prepara ya uno más: "Será sobre el rey consorte Francisco de Asís", anuncia, "que tiene tan mala prensa en España por la homofobia que arrastramos desde hace siglos. Pero fue un hombre muchísimo mejor que su esposa, la ignorante Isabel II. Fue equilibrado, fiel al gran amor de su vida, Antonio Ramos Meneses, y que se preocupó mucho por las artes y la belleza de la ciudad de Madrid. Un buen hombre que merece ser reivindicado".

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