Diego Carcedo  Periodista
OPINIÓN

Italia recupera el fascismo

Meloni
Meloni
Carlos Gámez

Setenta y cinco años después de que el cadáver de Benito Mussolini fue arrastrado por las calles, después de haber metido a sus conciudadanos en la Segunda Guerra Mundial, y sesenta y nueve gobiernos democráticos se fuesen alternando en el poder batiendo todos los récord de inestabilidad política, Italia se entrega de nuevo al fascismo de tan triste memoria. Las elecciones celebradas ayer domingo, precipitadas tras la destitución de uno de tantos avatares políticos sufridos por el país en su historia contemporánea, Mario Draghi, sin duda alguna el líder más prestigioso y solvente de Europa en la actualidad, proporcionaron un contundente triunfo de la coalición de cuatro partidos conservadores encabezados por Giorgia Meloni, la líder de la formación de extrema derecha que continúa propugnando el retorno al fascismo que muchos creían olvidado.

Meloni, entre sus proyectos de retorno a los principios impuestos por Mussolini, será la primera mujer que dentro de pocos días se convertirá en primera ministra del país y, previsiblemente, la gobernante que con mayor afán revanchista intentará restringir las libertades e imponer medidas muy preocupantes para una sociedad tan abierta y modernizadora como la italiana. Es joven y oculta sus ideas reaccionarias y su admiración por Mussolini, con cierta simpatía personal y frecuentes muestras de jovialidad como mostró ayer mismo, cuando antes de acercarse a votar, se presentó ante los fotógrafos con dos grandes melones colocados en sus pechos.

Evidentemente era una iniciativa de buen humor haciendo la gracieta de mostrar su personalidad fuerte haciendo el juego con su apellido, pero no por eso su esperada victoria restó preocupación a tantos como votaron en contra de su partido que, dentro de unas horas, la llevará a la jefatura del Gobierno. Su elección, tan aplaudida por unos, despierta enorme preocupación entre los demás y no sólo entre los italianos, también en la Unión Europea contra la que no se recata en expresar su rechazo. En Bruselas su victoria era tan esperada como temida; Italia, la cuarta potencia comunitaria, dejará de ser un miembro fiel, activo y conciliador de los Veintisiete y se teme que se convierta en el tercero en convertirse en un incordio para la unidad requerida junto con Hungría y Polonia.

Se teme que se convierta en el tercero en convertirse en un incordio para la unidad requerida junto con Hungría y Polonia

Entre las propuestas con que Meloni accede al cargo, una de las prioridades es oponerse frontalmente a la inmigración. Parte además con la probabilidad de que Matteo Salvini, uno de los líderes de los partidos coaligados, recupere el cargo de ministro del Interior desde el que en una etapa anterior protagonizó verdaderas atrocidades en la represión de la emigración procedente del continente africano. El otro socio, Forza Italia, es el partido que durante años mantuvo en el poder a su líder, Silvio Berlusconi, quien con sus 86 años y a pesar de sus achaques lo sigue liderando y manteniendo la pretensión de continuar siendo el máximo jefe a la sombra del Gobierno.

Berlusconi es uno de los pocos amigos con que cuenta Vladimir Putin en la Europa comunitaria y de los escasos políticos democráticos que defiende la agresión rusa a Ucrania. Un elemento más que se suma a las múltiples diferencias que existen entre los partidos coaligados prácticamente con el único nexo común de aprovechar el oportunismo que les brindó la incapacidad de la izquierda para unirse ante el riesgo de facilitar el retorno del fascismo y facilitarle imponer sus pretensiones políticas, ansias revanchistas, sus ideas antidemocráticas y sus intereses económicos unidos a sus ansias de conseguir lo que todos los políticos ambicionan, que es la potestad de proporcionar puestos relevantes y rentables a sus seguidores. La baja participación en las elecciones, casi un ocho por ciento menos que en las anteriores, es una prueba del desinterés y en cansancio que manifiesta la gente.

La baja participación en las elecciones, casi un ocho por ciento menos que en las anteriores, es una prueba del desinterés y en cansancio que manifiesta la gente

Y las discrepancias entre los partidos de la coalición, que empezará con la disputa para repartirse el gabinete, es la única esperanza de los demócratas verdaderos, de que esta experiencia termine pronto.

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