Álex González  Periodista

La velocidad del tiempo

Un reloj, en una imagen de archivo.
Un reloj, en una imagen de archivo.
EUROPA PRESS

Hace relativamente poco fui consciente de que el tiempo va pasando a una velocidad demasiado elevada. No soy un anciano, ni tampoco una persona senior asentada, ni tengo una gran experiencia en esto de la vida. Me quedan muchas cosas por experimentar y descubrir. Ahora bien, he empezado a sentir recuerdos con la fugacidad del ayer, y eso es una señal de que la mente va cambiando. Muchos conocerán la referencia del poeta Virgilio que decía aquello de Tempus fugit, apelando a la huida del tiempo. Esta no es más que una versión acortada sacada de un verso de su obra Geórgicas. Los amantes de Alicia en el país de las maravillas están de enhorabuena también con esta cita.

Medir el tiempo es algo que los humanos inventamos y que hemos conseguido instalar en la rutina de nuestra mente. Nuestro lado animal nos llevaría a comer cuando tenemos hambre, beber cuando tenemos sed y dormir cuando tenemos sueño. Somos una especie que se amolda a la perfección a las cuestiones que la vida nos plantea, y la adaptación de los hábitos en función del reloj es una más. El cuerpo está preparado para estar activo según la luz del sol y descansar cuando llega la noche. Los animales son seres vivos de hábitos, por eso hacen todo a la misma hora un día tras otro. Con el paso de los siglos hemos ido perdiendo algunas capacidades como el desarrollo del olfato o el oído, pero hemos ganado la medición de las horas. Avanzar tiene consecuencias.

Dicen que madurar es saber tomar las decisiones que mejor te convienen. Cuando eres niño estás constantemente descubriendo cosas nuevas. Los adolescentes no le temen a nada. Los adultos comienzan a ver peligro y, cuanto más mayores se hacen, más miedos arrastran. Consiguen revivir recuerdos, moldeados por el cerebro, hasta el punto de experimentarlos cercanos en el tiempo. Las navidades y los veranos se plantan encima sin que nos demos cuenta. Eventos como una boda o el nacimiento de un hijo hacen que todo lo que pasa después vaya a una velocidad de vértigo. Somos seres complejos. Una hora en la sala de espera del médico es una eternidad, y 60 minutos entre amigos pasan en un abrir y cerrar de ojos. La vida es breve.

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