Londres no se detiene ni por la reina

Retrato de la Reina Isabel II en una galería de arte de Mayfair.
Retrato de la Reina Isabel II en una galería de arte de Mayfair.
David Moreno Sáenz

Teatros cerrados, conciertos cancelados, calles vacías, escaparates de luto y tristeza en las calles de la gran ciudad. Eso es lo que muchos suponíamos que iba a ocurrir los días posteriores a la muerte de la reina Isabel II de Inglaterra. La realidad está lejos de parecerse a esa ensoñación. Casualidades de la vida, tenía un viaje programado a Londres para este fin de semana. Ahora, aún me apetece más estar aquí.

70 años de reinado son muchos años y, aunque a Lilibeth le ha dado tiempo de perder popularidad y volver a ganarse el cariño de su pueblo en varias, y muy destacadas ocasiones, en la actualidad goza del respeto de gran parte de la población británica.

Convertida en un icono pop con aspecto de abuelita entrañable que, seguro, es una imagen muy distante de la realidad, la reina Isabel II parece haber sido muy consciente de que sus últimas apariciones iban a ser muy relevantes de cara al recuerdo que iba a dejar. Mercadotecnia real. En sus últimos años hemos visto fotos de ella más sonriente, demostraciones de buen humor y de capacidades artísticas como cuando acompañó a James Bond en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 o como el divertido vídeo que nos regaló para celebrar su jubileo de platino junto al osito Paddington en el que sacaba un sandwich de mermelada de su bolso.

Tiene su público y jamás va a ser olvidada, pero la ciudad no se ha parado en el tiempo para homenajearla. Al menos no como nos lo pintaban.

Días antes de llegar a Londres no paraba de ver en los medios de comunicación cientos de comentarios sobre las kilométricas colas que había en la capital británica para despedir a la reina. Veía imágenes en directo desde helicópteros en las que mareas de personas abarrotaban los aledaños del Palacio de Buckingham, llantos y muchas caras de pena por el deceso de la monarca. Sin ser yo un negacionista de una real realidad, debo decir que, pese a que todo eso existe, solo se ve en una parte muy acotada de la ciudad. Básicamente en Westminster y poco más.

Con mi centro de operaciones ubicado en Notting Hill, y tras un paseo nocturno por Oxford Street, Picadilly Circus y Leicester Square, lo primero que hago nada más despertarme en la ciudad es pasear por Hyde Park y visitar el Palacio de Kensington. El morbo me puede. La que fuese la residencia de la reina Victoria y después de Lady Di, ha recordado hace tan solo unos días el 25 aniversario de la muerte de la Princesa del pueblo. No hay rastro alguno de las flores, de las cartas, ni de las condolencias...

Palacio de Kensington.
Palacio de Kensington.
DAVID MORENO

Parece un día cualquiera. Mientras avanzo en mi camino, me topo con decenas de domingueros que, como yo, salen al parque para disfrutar con sus bicis, hacer footing o pasear con sus hijos. Llego al Royal Albert Hall y aquí veo los primeros cambios: Caminos cortados, preparativos para el funeral del lunes, cámaras de televisión, metros de cable esparcidos por el suelo, altavoces cada 20 o 30 metros, vallas que acotan el paso a lo que parece será una zona en la que habrá pantallas gigantes para seguir el sepelio en directo desde la calle… Y llegando a la esquina con Green Park, mareas de personas, familias y curiosos que caminan como borregos sin saber muy bien hacia dónde van, ni cuál es el destino al que quieren llegar. Pregunto a un par: “¿Vais a la capilla ardiente?” “Es que no sabemos si esto es para ir al Palacio de Buckingham o para ver el ataúd”, me responden. Algunos improvisan pequeños altares en mitad del camino y dejan sus flores y cartas en el suelo, cansados de cargar con ellas sin saber si llegarán a alguna parte. Una vez más la curiosidad me puede y avanzo en la cola mientras me quedo atónito comprobando lo caótica y deficiente que es la organización. ¿No habían hecho decenas de ensayos?

Altares improvisados de flores y dedicatorias a la reina Isabel II.
Altares improvisados de flores y dedicatorias a la reina Isabel II.
DAVID MORENO

Cientos y cientos de personas caminan juntas y en las proximidades al Palacio me encuentro con decenas de calles cortadas que me impiden llegar a él. La gente se reparte y el silencio reina en el ambiente según voy aproximándome a la Abadía de Westminster. Las televisiones preparan sus conexiones en directo, hay cámaras colgadas de grúas, una tarima para los medios de comunicación y un cartel que advierte, y recomienda, a los presentes que podrán seguir el funeral perfectamente desde la tranquilidad de sus casas.

Máxima expectación en la Abadía de Westminster, en Londres.
Máxima expectación en la Abadía de Westminster, en Londres.
DAVID MORENO

Trato de encontrar el inicio de la cola y veo que en un lateral de las casas del Parlamento, al lado opuesto del Big Ben, hay un control de seguridad. Parece que es ahí. Un grupo de Beefeaters desfila a mi lado y la gente corre como loca para hacerles fotos. Guardias reales a caballo, coches con cristales tintados. “¿Será el Rey Carlos?”, se preguntan dos españoles que andaban por ahí. Un soldado del Palacio con alto sombrero Busby sale del interior y hay gente, mucha gente que quiere acercarse, que quiere la foto, que pregunta a los de información de la zona o a los policías y que simplemente obtienen como respuesta “Esta calle está cortada”. ¡Qué mal organizado está todo! ¿No han tenido tiempo para preverlo?

Desfile de un grupo de Beefeaters por las calles de Londres.
Desfile de un grupo de Beefeaters por las calles de Londres.
DAVID MORENO

Llego tarde. Voy a ver la obra de Harry Potter, tengo que rodear por muchas calles y voy a llegar muy justo. Veo escaparates con fotos de la reina en blanco y negro, una galería de arte con un retrato de ella que da yuyu porque sale con los ojos cerrados, banderas a media asta en los hoteles y más postales que nunca con la cara del rey Carlos III. Pese a todo, insisto: la vida sigue y el frenético ritmo londinense no se detiene más allá de Westminster. Atravieso Trafalgar Square. Está cerrado: Parece que ahí también habrá pantallas gigantes para seguir la retransmisión. Dejo atrás la National Gallery. Los artistas callejeros siguen a lo suyo y una pseudoinfluencer se hace fotos en Covent Garden como si nada. Por los pelos: Sudando me siento en mi butaca del teatro y con puntualidad británica comienza la función. Show must go on, como dicen aquí y cantaban los otros Queen. El espectáculo debe continuar, la maquinaria no se detiene y la vida sigue, pero antes, un riguroso (y muy british) minuto de silencio. Lo de la reina, y todo el marketing que hay alrededor de los royals, también es parte del encanto de la ciudad y de su cultura.

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