Sucedió un verano hace muchos años, en la época en la que me vine de México para trabajar en Madrid. La capital era una ciudad bella, pero yo estaba muy solo, casi no tenía conocidos y pasaba las tardes metido en el cine y en los museos, y cuando hube visto todas las películas y todas las exposiciones en cartel, me la pasaba vagando por el Retiro o subido en la línea seis: ahí al menos había aire acondicionado.

Mis manos, actuando como seres independientes, asieron el pene erecto por debajo de la falda Fue ahí donde la vi (¿o debo decir lo vi?) por primera vez. Una mujer cautivadora, despampanante, sensual. La cosa es que me daba cuenta perfectamente de que no era mujer, que era un travesti. Siempre había estado convencido, como buen macho mexicano, de mi heterosexualidad. Pero en su mirada y en sus potentes nalgas había algo que me desequilibraba.

Nos miramos con esas miradas feroces y silenciosas. Íbamos de pie, y en la estación siguiente, el vagón se llenó de jovencitos que venían de un concierto. Ella quedó frente a mí, dándome la espalda, en el apretujado vagón. Yo me hice para atrás, instintivamente, pero ella apretó sus espaldas contra mi pecho. Sentí su rotunda anatomía. Era superior a mis fuerzas: mi cabeza me decía que aquello era relleno, pero mi cuerpo comenzaba a lubricarse salvajemente.

El tren se paró a media camino entre dos estaciones; un fallo técnico. La gente comenzó a quejarse, pero nosotros callamos en una desesperada lujuria. Hacía calor, sudábamos, pero en el mal iluminado vagón nos juntábamos más y más. La cogí de las caderas, ella agarró mi trasero mientras seguía contorneandose contra mí. Nadie más se daba cuenta en el vagón de nuestro pequeño paraíso.

Entonces el fallo acabó por completarse: se fue la luz. Sentí cómo se daba la vuelta y me agarraba del cuello, y me daba el más profundo de los besos. Yo la así desesperado, acariciándo con rapidez todo su cuerpo: su espalda, su trasero potente, sus muslos... Y llegué a la parte de su anatomía que no era femenina.

Extrañamente, no la rechacé. Mis manos, actuando como seres independientes, asieron el pene erecto por debajo de la falda. Aún estábamos fundidos en el beso. Toque su tenso glande, su virilidad en pleno. No lo pude evitar: eyaculé ahogando un gemido.

Volvió la luz. Me di cuenta porque vi el resplandor a través de mis párpados cerrados. Ella ya estaba en la puerta, preparada para salir en cuanto llegáramos a la siguiente estación. Traté de alcanzarla, pero para cuando alcancé las escaleras, ya le había perdido el rastro. Me di cuenta que ya no llevaba mi billetera. No me importo. Aún hoy, muchos años después, mis hijas me preguntan por qué siempre llevo el dinero suelto en el bolsillo.