Luis Algorri  Periodista

Aborto: del pecado al delito

Vista general de la manifestación de este sábado en Madrid contra la reforma de la ley del aborto.
Vista general de una manifestación en Madrid contra la reforma de la ley del aborto.
EFE

El derecho al aborto genera uno de los debates más agrios y vociferantes de todos cuantos se producen hoy en la sociedad. Parece casi imposible que todas las personas que tienen una posición sobre ese asunto lleguen a coincidir en algo.

Pero hay un punto en el que, en mi opinión, todos deberíamos estar de acuerdo: el aborto, cada aborto, es una tragedia. La mujer que se somete a él lo hace después de un enorme sufrimiento personal. Nadie aborta porque le apetece o porque le gusta, eso es un disparate. Si partimos de ahí, y si concluimos que lo que más necesita una mujer que aborta es ayuda, y no improperios ni cárceles, podemos empezar a acercarnos.

El aborto es una tragedia personal, pero la derogación del derecho al aborto (lo que acaba de imponer el Tribunal Supremo de EEUU) es otra tragedia. En este caso, política y social, porque hace retroceder a la sociedad casi cincuenta años en lo que se refiere a las libertades personales y a los derechos de las mujeres. Es un desastre.

Los partidarios de que se elimine completamente el derecho de la mujer a interrumpir voluntariamente un embarazo arguyen que hacer eso es un asesinato. Que es matar a un niño antes de que nazca. Bien, ahí está la clave de la discusión. A nadie le gusta matar niños. Lo que pasa es que con este asunto, por desgracia, no ocurre igual que con la ley de la gravedad, con la redondez de la Tierra o con la composición química del agua: todo eso son evidencias científicas y nadie que no esté como un cencerro se atreverá a negarlas.

Pero (repito: desdichadamente) no hay un acuerdo científico abrumadoramente mayoritario sobre el momento en que un par de células sueltas, una mórula o un embrión pueden ser consideradas, inequívocamente, un niño. Por lo mismo, no nos ponemos de acuerdo sobre cuándo un huevo pasa a ser un pollo. En este último caso, la discusión es tonta porque a nadie le importa mucho eso. Pero en el caso de los embriones humanos es otra cosa, aunque solo sea porque nos toca más de cerca. Y creo más que razonable pensar que, cuando no hay una evidencia científica clara sobre qué es un niño y qué no lo es, debe prevalecer la libertad de las personas que sí está claro que lo son: las mujeres. Por eso son muchísimos los países cuyas leyes contemplan la interrupción voluntaria del embarazo, aunque las condiciones sean distintas en unos u otros sitios. Que cada cual actúe según su criterio, pues; nada se impone, nada se prohíbe.

Cuando no hay una evidencia científica clara sobre qué es un niño y qué no lo es, debe prevalecer la libertad de las personas que sí está claro que lo son: las mujeres"

Pero es justamente ahí donde entra el verdadero mal de este asunto: las creencias. Los radicales antiabortistas son, en su inmensa mayoría, creyentes; en el caso norteamericano, muchísimos son seguidores de una de las sectas más peligrosas, fanáticas, influyentes y poderosas de América, que es la de los evangélicos en sus diversas variedades. A los evangélicos, que propician la ignorancia entre sus fieles al tiempo que una fe ciega y una obediencia sin la menor libertad de pensamiento, no les importa que una mujer haya sido violada, víctima de un incesto o que su vida futura se pueda destruir si se queda embarazada. Les importan mucho más sus propias creencias, según las cuales todo aborto es un asesinato y el niño es niño casi desde antes de que se conocieran sus padres. ¿Que la ciencia plantea muchas dudas sobre eso? Pues entonces la que está equivocada es la ciencia, porque su dios no se puede equivocar. Para eso es dios. Esas son ideas que triunfaron en el siglo XIII.

Esto es lo que sucede cuando las creencias, que tienden a permanecer inmutables, chocan con la libertad personal, que tiende a avanzar, aunque sea despacio. No es nada nuevo. Hace 2.500 años que las autoridades obligaron a Sócrates a suicidarse porque "no creía en los dioses". Todas las teocracias de la historia, todas las tiranías, todas las dictaduras han pretendido imponer a la sociedad entera sus propias creencias, sus propios dogmas, su propia moral. En España, por ejemplo, tuvieron que llegar la democracia y la Constitución para que aquello que para unos cuantos (los que mandaban) era pecado, fuese además delito para todo el mundo. Aún no hace medio siglo de aquello.

Las creencias, todas las creencias son, por definición, indemostrables. Si se pudiesen demostrar no serían creencias; serían certezas, como la ley de la gravedad, y entonces la fe, que es el fundamento esencial de toda religión, sería innecesaria. El mundo cambiaría por completo. Pero, por más indemostrables que sean, las creencias religiosas son poderosísimas, son el centro de la vida de cientos de millones de personas en todo el mundo. Y eso merece respeto.

¿Cuánto respeto? Sin duda mucho, pero no el suficiente como para consentir que los creyentes –en lo que sea, eso da lo mismo– impongan a toda la sociedad sus creencias elevándolas a la categoría de ley. Eso es el regreso a la Edad Media. Eso es la negación de la democracia.

El Tribunal Supremo de EEUU, al suprimir el derecho al aborto, no impedirá que haya abortos. Ellos lo saben bien. Abortarán quienes puedan pagárselo en un estado que aún lo consienta, como ocurría en España en los tiempos en que tantas mujeres viajaban a Londres para salvar su vida. Esta ley está hecha para las mujeres pobres, para nadie más. Lo que han hecho los ilustres jueces, de mayoría conservadora (republicana), ha sido ceder a las exigencias de las poderosas iglesias evangélicas, sin cuyo apoyo un golfo como Donald Trump, un crápula inmoral que trata a las mujeres como objetos sexuales y nada más, nunca habría sido presidente. Se trata de devolver un favor, de pagar una factura. Eso es todo. Una factura que va a provocar un terrible sufrimiento en miles de mujeres durante muchos años.

Pero un día u otro, el Tribunal Supremo de EEUU rectificará esta decisión, de eso no cabe ninguna duda, y la discusión sobre el aborto se quedará vieja. Lo mismo pasó con el divorcio, el voto femenino, la libertad de enseñanza, la libertad de creencias y con muchas cosas más que hoy forman parte de lo que llamamos "normalidad democrática" en muchísimos países.

Pero cuidado. Esta decisión no solo pone en peligro la vida y la libertad de las mujeres que se ven en el dramático trance de interrumpir su embarazo. El fanatismo religioso señala ya a muchos más enemigos, como los homosexuales, los anticonceptivos y hasta los ateos. Y los seguirá señalando mientras la sociedad no les pare los pies. Falta mucho para eso.

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