OPINIÓN

En defensa de la familia

Feria del Libro de Madrid en el parque del Retiro.
Feria del Libro de Madrid en el parque del Retiro.
EFE/ Sergio Pérez

Estaba en la Feria del Libro, con el anuncio de mi presencia en el frontispicio de la caseta y con varios ejemplares de mi última novela delante, cuando se acercó a mí un hombre de gesto adusto: "¿Dónde puedo encontrar libros sobre grafología?"

"No sé".

"¿Cómo que no sabe?".

"Soy novelista".

"¿Y los libros de grafología?".

El hombre se fue como si le debiera dinero, enfadadísimo. Quizás a esta hora haya una queja sobre mí en el escritorio del Defensor del Pueblo.

Luego vino una mujer con su hijo: "¿Me dedica El Capitán Alatriste, por favor? Es para mi marido".

"No soy el autor".

"Ya, pero es que Pérez-Reverte no ha venido y esta noche nos volvemos a Talavera".

Se lo firmé: “¡Feliz cumpleaños, Moncho! Arturo. PD: Y le recomiendo Pensilvania, de Juan Aparicio Belmonte”.

También dediqué mis propios libros, claro, pero tuve tiempo de sobra para levantar la vista y contemplar a los paseantes. Me fijé en el extraño comportamiento de uno de ellos. Iba y venía, de un lado para otro, con un libro enorme bajo el brazo —El código Da Vinci, creo—, un tomo reluciente que parecía captar la luz del sol. Y me miraba entre medroso e insistente. Tuve la impresión de que me había identificado como un firmante accesible y seguro. Bajé la vista. Que no venga, por favor. Simulé que me embelesaba la lectura de mi propia novela, intenté aparentar que revisaba sus frases con la concentración de un ajedrecista o de un entomólogo.

Entonces, el estrépito de un libro que cae sobre la balda me hizo creer en la derrota de mi táctica. Pero —oh, sorpresa— tenía delante a mi tía Marina, sonriente y enérgica, con mi novela abierta por la primera página: “Venga, fírmamela”.

Dirán lo que quieran, pero la familia siempre está ahí, cuando más se la necesita.

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