Un nuevo empujón, pero aún a la espera: el príncipe Carlos y una situación insostenible

El príncipe Carlos de Inglaterra, en el Discurso de la Reina.
El príncipe Carlos de Inglaterra, en el Discurso de la Reina.
GTRES

Se repite en varias ocasiones cuando se habla de él y es cada vez una palabra asociada a su figura. Carlos de Inglaterra es alguien resignado. Una resignación que le dura toda la vida (73 años, ya que nació el 14 de noviembre de 1948).

Su semblante, sus maneras e, incluso, sus representaciones en la pequeña y la gran pantalla dan esa sensación: la de alguien que lleva esperando mucho tiempo por aquello que se le ha prometido desde que nació y que nunca ha alcanzado. Hablamos del trono de su madre, Isabel II, cuya longevidad está siendo para su hijo una bendición -nadie quiere perder a una madre- y un tormento, ya que la matriarca de la familia real británica, mientras viva, jamás abdicará.

El suyo, si es que llega, va camino de ser uno de los reinados más breves de la historia británica a no ser que llegue a soplar las mismas velas que su madre: el pasado domingo día 8 superó al tercero en la lista de reinados más longevos registrados en la historia, Juan II de Liechtenstein, y y el 21 de junio se colocaría en segunda posición al adelantar a Bhumibol Adulyadej, también conocido como Rama IX de Tailandia. A partir de ahí, le quedarían dos años para superar a Luis XIV, el Rey Sol de Francia.

Si tras ello falleciese la soberana, su hijo ostentaría la corona por primera vez a sus 75 años, la edad más alta a la que alguien de su linaje ha conocido qué significa reinar. Es bien conocido que toda su educación ha estado destinada a la sucesión, una que desde Buckingham Palace se prepara para que sea tranquila y respetuosa con el legado de Isabel II. Sobre todo porque, como dejaron claro recientemente las encuestas, multitud de británicos asocian la corona a la reina y, a partir de su muerte, crecerá como ha hecho hasta ahora el republicanismo inglés.

A ello deberá hacer frente un Carlos de Inglaterra del que ni siquiera se sabe qué nombre se pondrá cuando suba al trono, dado que los dos anteriores predecesores con el nombre de Carlos en el trono no son demasiado buen presagio y, además, él tiene otros entre los que elegir: Felipe, Arturo o Jorge (su nombre completo es Charles Philip Arthur George). Y al príncipe de Gales, además, le asolan varias polémicas: no ya dentro de su familia, como son las de su hermano, el príncipe Andrés, o las de su hijo menor, el príncipe Harry, sino que hace nada su propia mano derecha hubo de dimitir por el escándalo de tráfico de influencias con un millonario saudí.

Por todo ello no se ha dejado de hablar de lo simbólico de su discurso del pasado martes día 10, cuando sustituyó por primera vez a la reina Isabel II en la apertura del Parlamento. Hasta periódicos como The Sun han tirado de sarcasmo titulando "I hope I did you proud, Mummy" [Espero que estés orgullosa, mami]. Solo dos veces antes se había ausentado la monarca y ambas porque estaba embarazada, así que era el momento de Carlos de Inglaterra de demostrar algo nuevo, vívido, diferente: un mínimo exceso que antecediese cómo va a ser su reinado. 

Pero únicamente se le veía a él al lado de la corona de su madre. A pesar de que ha expresado en petit comité que su deseo es que su mandato sea más austero que el de su madre, el lujo que rodeaba al heredero era irónico, sobre todo por tener tan cerca la sombra arrolladora de la corona sin nadie debajo, recordándole que no ha llegado su momento: con unas palabras comedidas, sin pasión alguna, como si fueran dictadas y no hubiese rasgo identificable de su personalidad. Una, además, que para más inri creen conocer todos los británicos, sea esta cierta o no.

Carlos de Inglaterra es alguien a quien no se puede disociar de Lady Di, de su historia con ella, de cómo Diana de Gales era en la pareja la que el pueblo amaba y él, el hombre que habían de aguantar para que ella estuviese en el trono aunque fuese como consorte. Pero tras su separación, por más que hayan demostrado él y Camila de Cornualles que son uña y carne y que el tiempo les ha dado la razón, jamás han alcanzado ni una parte de la popularidad de la madre de Harry y Guillermo.

El príncipe Carlos de Inglaterra y Camilla de Cornualles, con máscaras.
El príncipe Carlos de Inglaterra y Camilla de Cornualles, con máscaras.
Chris Jackson / GTRES

Y precisamente conforman ya un alud de voces quienes creen que, inmediatamente a la muerte de Isabel II, Carlos de Inglaterra debería abdicar en favor de su primogénito, el príncipe Guillermo. No solo porque tanto él como su esposa, Kate Middleton, tienen muchísima más cercanía con el pueblo, sino porque significaría un verdadero cambio generacional, algo realmente relevante dentro de la monarquía inglesa.

"Creo que sabemos mucho más de lo que realmente quisiéramos saber sobre Carlos, ¿no? Creo que existe un riesgo muy real de que, si Carlos sucede a su madre, la monarquía se derrumbe muy rápido", opinaba hace unos meses Clive Irving, biógrafo de la reina. "De alguna manera, Carlos parece mayor que la reina. Es un hombre más apropiado para el siglo XVIII que para el XXI, y no estoy bromeando. Ese es su estilo deliberado y elegido, como un hermano menor de la reina en lugar de un hijo", añadía.

Y ese es quizá el gran pesar de Carlos de Inglaterra: toda una vida dedicada a ser primogénito, a ser príncipe, a ser heredero de una herencia para la que ya no le queda tiempo. Y él lo sabe. Pero no le queda otra que resignarse.

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