El mundo ansía con esperanza sanar las heridas mentales y económicas que deja la Covid tras dos años de pandemia

Ilustración: Dos años de la pandemia de coronavirus.
Ilustración: Dos años de la pandemia de coronavirus.
Henar de Pedro

Los avisos habían llegado, pero nadie los tomó muy en serio. Los científicos llevaban años advirtiéndolo, pero los Gobiernos siempre estaban a otra cosa y pocos imaginaban que lo que apenas era tema de películas, series y novelas de ciencia ficción acabaría convirtiéndose en una realidad. 

Y sin embargo, llegó: el 11 de marzo de 2020 la OMS declaró la pandemia por un tipo de coronavirus que acabó bautizado como Covid-19. Una herida que, dos años después, deja un mundo marcado por el miedo, la desconfianza, las protestas y los problemas de salud mental. Pero también saldos positivos por la solidaridad que ha aflorado en el planeta, la coordinación internacional de un problemón global y la mayor confianza ciudadana en una ciencia que creó fármacos y vacunas en tiempo récord para atajar los efectos del virus .

Tras dos años de pandemia, la cifra mundial de infectados por el SARS-CoV-2 se acerca a los 500 millones, según el observatorio de la Universidad John Hopkins. Los muertos ya superan los 6 millones. 

Rocío Rodríguez Rey, profesora investigadora en el departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas.

Rocío Rodríguez Rey

  • -Profesora investigadora en el departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas
-Investigadora del proyecto Sperantia.app

El mundo ahora es distinto al que existía hasta el 10 de marzo de 2020. Han crecido la desconfianza, la incertidumbre y el descontento. "No podemos generalizar y decir que todos hemos empeorado psicológicamente, pero los datos son preocupantes", señala a 20minutos Rocío Rodríguez Rey, profesora investigadora en el departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas e investigadora del proyecto Sperantia, una app de ayuda psicológica sin ánimo de lucro. "Encontramos niveles mayores de tristeza, empeoramiento del ánimo y más ansiedad. También han aumentado los trastornos de alimentación y más personas buscan atención psicológica".

"Encontramos niveles mayores de tristeza, empeoramiento del estado de ánimo y más niveles de ansiedad"

No se puede decir que el planeta no hubiera pasado antes por ese tipo de trance. La peste negra asoló Europa en el siglo XIV y la gripe de 1918 mató a 40 millones de personas. A principios de este siglo también sufrimos la gripe A (H1N1) iniciada en México y el síndrome respiratorio MERS, un coronavirus detectado por primera vez en la Península Arábiga. Ambos se extendieron por varios países durante meses causado varias decenas de muertes, pero los contagios no fueron masivos.

El virus que sí iba a provocar contagios masivos comenzó a circular en China a finales de 2019. Oficialmente, el primer caso del nuevo tipo de neumonía se registró el 8 de diciembre, y tuvo como foco el mercado de mariscos de Wuhan. La ciudad se confinó y se levantaron verjas en sus barrios para impedir el movimiento de población. En febrero el virus aceleró: los contagios se expandieron rápidamente de Asia a Europa.

En marzo el frenesí y el temor se habían apoderado del planeta: el 11 de marzo, la OMS tuvo que declarar al coronavirus pandemia. En esos momentos había más de 118.000 casos en 114 países y el número de muertes era de 4.291. En España, tres días después y ante la creciente presión, el presidente Sánchez anunciaba el estado de alarma, el primero de largo alcance en democracia.

Lo que siguió fueron días de angustia: no había mascarillas, se desconocía cómo se transmitía el virus, los mayores estaban aislados en sus residencias. La huella psicológica de aquello aún perdura. "El impacto inicial fue altísimo", recuerda Rodríguez Rey. "Más de un tercio de las personas mostraban niveles muy altos de ansiedad y depresión en la primera ola, unos niveles que han bajado con el tiempo pero siguen siendo más elevados que antes de la Covid".

"Pero la pandemia no solo ha sido la crisis de salud, también ha sido una crisis social, el desempleo tiene efectos psicológicos", acota la experta de Comillas. El impacto sanitario derivó en un desastre económico. Los países frenaron de forma abrupta su actividad laboral para evitar más contagios. Solo el teletrabajo  mitigó el parón, pero no todos podían ejercer a distancia. 

Este parón dejó unas pérdidas económicas de proporciones históricas. De acuerdo con el FMI, el bajón en el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) fue de un -3,5%, el peor desde la Segunda Guerra Mundial. 

En España las cifras fueron peores. El PIB español se hundió en 2020 un 11%, el mayor derrumbe desde la Guerra Civil. La cola del paro creció a 4 millones de personas. Y millones de personas vivieron los dos últimos años preguntándose si su empresa iba a seguir abierta la semana siguiente.

Miedo, pesar... y después ira

"De la incertidumbre inicial se pasó al miedo, de ahí al pesar por ver a seres queridos morían absolutamente solos, algo que muchos aún recuerdan con sufrimiento. Y después vino la ira", explica Natàlia Cantó Milà, profesora de sociología de la Universitat Oberta de Catalunya. Una ola de indignación recorrió el mundo contra las restricciones de sus Gobiernos. Después vino el movimiento antivacunas. "Pese a todo, la ira no ha sido el sentimiento dominante en la pandemia", matiza Cantó, que sí destaca el uso que se hizo de la "culpa" para promover que la gente se quedara en casa y respetara las restricciones.

Canto

Natàlia Cantó Milà

  • Profesora de sociología de la Universitat Oberta de Catalunya

"Las primeras campañas decían que si te ibas de fiesta ibas a matar a tu abuela, un juego muy peligroso que buscaba concienciar de los riesgos pero con consecuencias, por ejemplo, de niños que se sienten profundamente culpables si contraen el virus: si los pequeños vienen ya con esta carga de culpa, a lo mejor algo no va bien".

La experta admite que fue difícil gestionar una crisis de la magnitud de la Covid y que quienes dirigían la gestión muchas veces no sabían a lo que se enfrentaban. Pero advierte de que al usar la culpa como mecanismo regulador "se crean heridas y un profundo malestar" que acaban provocando la reacción de ira. 

Solidaridad ciudadana

Pero no todo ha sido negativo. Como herencia positiva, la pandemia ha mostrado la gran capacidad de la investigación para producir vacunas en un tiempo récord. "Ha habido experiencias y aprendizajes a diferentes niveles", destaca Patricia Guillem, catedrática de Epidemiología, Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Europea de Madrid

"La población ha participado además de forma muy activa en el control de la pandemia, sin su ayuda se hubiera descontrolado", comenta Guillem sobre el cumplimiento mayoritario —salvo las excepciones ya relatadas— de la ciudadanía con las normas y restricciones de sus gobiernos. Medidas que especialmente en los primeros meses fueron duras, con confinamientos forzosos en las casas. Muchas familias que vivían en casas sin patios ni jardines se vieron constreñidas a los metros cuadrados de su vivienda, viendo la vida pasar por la ventana.

Patricia Guillem, catedrática de Epidemiología, Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Europea de Madrid.

Patricia Guillem

  • Catedrática de Epidemiología, Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Europea de Madrid

La ciudadanía también se volcó en una marea solidaria que de alguna manera sigue presente dos años después. No solo fueron las donaciones a bancos de alimentos y comedores sociales: estudiantes y trabajadores dedicaron su tiempo libre a hacer pantallas, mascarillas, viseras y adaptadores para respiradores y donarlos a los centros médicos.

La hora de las vacunas

La pandemia también ha demostrado la capacidad de la ciencia para afrontar el reto contra el coronavirus. Las primeras vacunas estuvieron listas en nueve meses (un proceso que suele llevar años) y hoy existen al menos diez aprobadas en el mundo; en España lo están Pfizer/BioNTech, Moderna, AstraZeneca, Janssen y Novavax. Muchas de ellas fueron desarrolladas con ARN mensajero: una técnica que, aunque ya existía, estaba poco desarrollada, y que con la pandemia sirvió para desarrollar sueros efectivos en tiempo récord. Un desarrollo científico que perdurará después de la pandemia. Los laboratorios Moderna, que desarrollaron la vacuna homónima, han comenzado este año los ensayos en humanos de una vacuna contra el sida hecha con tecnología ARN mensajero.

Otro de los hitos de la pandemia es la ingente campaña de vacunación organizada a nivel mundial para inocular a la mayor población posible. Desde que a finales de diciembre de 2020 Araceli Rosario Hidalgo, de 96 años, se convirtiera en la primera persona vacunada en España, han sido inoculadas a pauta completa en España 38,4 millones de personas, el 91% de la población diana. En todo el mundo, la cifra supera los 10.500 millones.

Pero mientras Europa alcanza cotas similares, África se queda atrás: de los 54 estados africanos, solo 20 tienen un 10% de su población con pauta completa. Solo Islas Mauricio y Seychelles han alcanzado el 70%. La OMS considera que, a ese ritmo, el continente alcanzará la cota de inmunización del 70% hasta 2024. Precisamente de Sudáfrica han venido al menos dos de las variantes del coronavirus. La última, ómicron, ha pasado a ser la dominante en varias de las regiones del globo.

"Aún no llegamos al final"

"Aún no hemos llegado al final, es un virus capaz de recombinar y mutar rápidamente", señala Patricia Guillem "Con el tema de la globalización y la apertura de fronteras, un virus que está atacando en la India en un momento concreto lo tenemos en España al día siguiente", señala. "Los virus tienen una facilidad inmensa para saltar fronteras. Entonces hay que estar preparados".

Ése es un cambio a mejor: la covid deja un mundo donde hay más conciencia de que todo debe estar listo para el caso de que se produzca una nueva pandemia. "En España, por ejemplo, teníamos un poco oxidados el cómo realizar los rastreos y seguimientos de casos a través de la red de vigilancia epidemiológica", comenta. "Es un sistema que ha existido siempre y pertenece a la salud pública, pero la verdad es que como no hay tantas enfermedades trasmisibles, usualmente no se derivan fondos y está un poco arcaico", comenta. "La pandemia ha servido para demostrar que es un sistema efectivo y debe tener presupuestos para reaccionar de forma correcta".

"No podemos olvidar que hemos perdido muchas personas en el camino por no estar preparados", asegura Guillem. "A nivel de salud mental tenemos un reto importante que es el de reforzar la atención primaria y la red de atención pública. A día de hoy no tenemos una red suficiente como para atender la demanda de atención psicológica que tenemos", zanja por su parte Rodríguez Rey.

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