'Yo, vieja': manual de resistencia contra los estereotipos sobre las mujeres mayores

  • Libertad, justicia y dignidad son pilares, señala Anna Freixas, para poder "mantener el tipo" cuando las mujeres llegan a viejas.
Anna Freixas, en una imagen promocional de su nuevo libro, 'Yo, vieja'.
La escritora Anna Freixas, en una imagen promocional de su nuevo libro, 'Yo, vieja'.
ALISA GUERRERO

Libertad, justicia y dignidad son pilares, señala Anna Freixas, para poder “mantener el tipo” cuando las mujeres llegan a viejas. Y a modo de apuntes para la supervivencia, o propuestas de resistencia, como los define en Yo, vieja (Capitán Swing, 2021) -con prólogo de Manuela Carmena-, la escritora sugiere varias vías para alcanzar esos derechos, tales como desestigmatizar la ancianidad, luchar por la autosuficiencia, reivindicar las virtudes que trae consigo la edad y fortalecer las redes afectivas.

Más allá del relato único

“No es la vejez lo que nos amenaza, son nuestras ideas, nuestras conductas y sobre todo nuestra disposición interior a la obediencia y el conformismo las que nos precipitan a ella”, apunta Freixas en el arranque del libro. Una mentalidad y un comportamiento que encuentran su origen en el discurso de la gerontología clásica, centrado “en el lado oscuro” de la edad, es decir, la menopausia como catástrofe, la desorientación que trae consigo la jubilación, el síndrome del nido vacío, la viudedad, la depresión, etc. Una narrativa que tradicionalmente ha modelado los mandatos sobre la vejez femenina. Actualmente, sin embargo, desde el feminismo se piensa en otros términos, siendo la sexualidad, el hábitat o el edadismo, entre otras, cuestiones que ahora se sitúan en el centro y abren las puerta a modos de vida diversos que van más allá de relato único que sitúa a la mujer mayor como “víctima de un destino”.

Ritos de enmascaramiento

La industria antiedad, además, aparece como salvadora, ofreciendo a las ancianas panaceas que prometen una eterna juventud que pasa por torturas corporales como intervenciones quirúrgicas, dietas espartanas, ejercicio continuo o aplicaciones cosméticas que nunca se acaban. “Ritos de enmascaramiento” que requieren de una inversión de recursos -energía, tiempo y dinero- de los que solo las personas privilegiadas económica y socialmente disponen y que dan como resultado “barbies desfasadas” con hambre, tristeza y baja autoestima. “No queremos aparecer como viejas excéntricas”, afirma Freixas en el libro, “disfrazadas de jovencitas desenvueltas, sino como viejas cómodas, libres, que no muestran una diferencia inalcanzable, extraordinaria”.

Ancianas que no son abuelas

Esa cultura antienvejecimiento, no solo sugiere la juventud como única edad válida. Irónicamente, también infantiliza a las personas mayores. Hay un habla específica, que “ningunea” a las viejas. En inglés existe una palabra para nombrarla: elderspeak, un lenguaje, denuncia Freixas, que a través de expresiones como “ponga el culito, suba la manita, deme las gafitas” implica una violencia sutil. El uso indiscriminado de la palabra abuela, para referirse a las ancianas, independientemente de si tienen nietos o no, es otra muestra de maltrato que borra “de un plumazo su posible trayectoria e identidad profesional, intelectual, política, ciudadana”.

Cubierta del libro 'Yo, vieja', de la escritora Anna Freixas.
Cubierta del libro 'Yo, vieja', de la escritora Anna Freixas.
Capitán Swing

Seres-para-los-otros

La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto otra crisis soterrada: la de los cuidados. La responsabilidad sobre las personas dependientes y las tareas reproductivas, por la división sexual del trabajo establecida en nuestra sociedad, parecen recaer por alguna ley natural en las mujeres, “socializadas como seres-para-los-otros”. Una desigualdad que afecta no solo la economía, sino también la salud. “Malvivir año tras año tiene su precio en la salud de las mujeres, que se suele pagar con la medicalización del cuerpo mayor”, comparte Freixas. Se diagnostica y receta sin atender a razones biopsicosociales. “La inmensa mayoría de las quejas de las mujeres se atribuyen, pues, a la propia vejez”.

Autocuidados

Esas vidas “enotrizadas” -diseñadas para los otros- conllevan agotamiento físico y mental, sobrecarga emocional y laboral. A ello se suma la socialización, desde niñas, para una “estética estática”, que nos lleva a vivir como seres confinados, incluso si no hay estado de alarma. También “hemos sido educadas en el misterio y en la vergüenza”, lo que nos hace vivir procesos naturales de nuestro cuerpo, como la menstruación o la menopausia, en silencio. Un poco de ejercicio físico y la revisión de los pensamientos culturales en torno a la erótica, son dos puntos de partida que la autora sugiere para iniciar el camino de los cuidados a una misma.

Una voz propia

Además de esa atención al cuerpo a través de prácticas físicas, así como el cultivo de una vida sexual, cultural y activista, para Anna Freixas es fundamental cosechar vínculos afectivos y pactos de sororidad que ayuden a sortear la soledad no deseada. También, huir de la alienación que supone que los demás decidan dónde, cómo y con quién vivir. Ya sea en la casa propia o en una residencia, es deseable buscar la manera de vivir de manera activa e independiente. “Nos hacemos viejas”, escribe la autora, “entramos en un tiempo de recuperación de la voz perdida en el sueño de la feminidad que nos ha dejado sonrientes y amables, pero mudas. Ha llegado el momento en que nos podamos mostrar ya como ancianas lucidas y realistas que aceptamos la edad como un don y hablamos con nuestra propia voz”.

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