Ejecutados en la Guerra Civil
Imagen de los cinco hombres que podrían estar enterrados en una fosa común en Cáceres. Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y la Asociación Nuestra Memoria

Este jueves comienzan en la localidad cacereña de Villanueva de la Vera la exhumación de una fosa de la Guerra Civil. En ella, los arqueólogos y la asociación Nuestra Memoria esperan encontrar el cuerpo de cinco hombres fusilados en agosto de 1936. De ellos, dos están claramente identificados.

El nuevo alcalde, el cura y los falangistas acordaron que en Talaveruela no habría ni muertos ni paseos

Anastasio Arroyo Gironda, que tenía 33 años en aquel momento, era alcalde de Talaveruela desde 1934, por el Partido Socialista, primero, y después por el Frente Popular. Su amigo, Pedro González del Hoyo, de 22 años, no tenía afiliación política pero acompañaba a Anastasio en los mítines de la comarca y atraía a la gente cantando flamenco. Ambos eran muy conocidos en la zona. Para lo bueno y lo malo: parece ser que Anastasio tenía algún conflicto con un médico y oligarca de Madrigal, que ejercía de médico en Talaveruela.

En el verano de 1936, las tropas golpistas provenientes de África avanzan por Extremadura. En Talaveruela, el nuevo alcalde, el cura y los falangistas acordaron que no habría en aquella localidad, muertos ni paseos.

Aquel 18 de agosto de 1936, una partida proveniente de Madrigal de la Vera fue a por Anastasio y Pedro. Las fuerzas vivas de Talaveruela no estaban presentes cuando se los llevaron presos a Madrigal. A Anastasio le ataron a la ventana del médico antes citado. Cuando bajó la tarde, junto a otros tres detenidos lo subieron al camión, los guardias de asalto y falangistas dijeron que los llevaban a la prisión de Mérida. Nunca llegaron.

Muchos testigos

Antes de llegar al siguiente pueblo, Villanueva de la Vera, en el paraje conocido como "Aguasfrías", pararon el camión y les hicieron bajar. Les hicieron cavar su propia tumba y los ejecutaron. Anastasio dejaba un niño de nueve años. Pedro una pequeña de cuatro meses.

Algunos cabreros los vieron, otros escucharon los tiros. A la mañana siguiente Gerardo, que hoy tiene 82 años, y que vivía en un cortijo cercano vio un brazo que asomaba del suelo. En 1979, terminada la dictadura, otro testigo fue al juzgado de Jarandilla a declarar oficialmente que conocía el paradero de los fallecidos.

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