"Oí '¡para!', no obedecí; temblando se dejó caer: 'Ha sido la mejor de mi vida'"

Trabajábamos en el mismo edificio, coincidíamos en el hall, ascensor... Nuestras miradas se cruzaban y fundían una en otra. Sabíamos que era pura atracción. Un día entré en el ascensor y detrás, él; no dejamos de mirarnos. En cada parada se bajaban unos y en su penúltima planta, Dios, nos quedamos solos. Sabía que solo serían segundos, tal vez un minuto, mi interior vibraba, nuestras miradas se volvieron penetrantes, excitantes, sofocantes.

Me faltaba el aire pero no sabría decir si por fobia o por deseo

Mis perversos pensamientos los interrumpió un ruido, el ascensor se detuvo pero la puerta no abrió, él pulsó teclas pero nada, se me escapó un "no" y contestó: "Pues, parece que sí". Presa del pánico me acerqué a la alarma y antes de activarla me cogió la mano y dijo: "No lo hagas, por favor". Se mezclaron sensaciones, la fantasía que se hacía realidad y mucho agobio por verme encerrada, me faltaba el aire pero no sabría decir si por fobia o por deseo. Lo notó y me tranquilizó. Los nervios se calmaron pero mi calor aumentaba, mi pulso se aceleraba y en mi mente volaban esos sueños eróticos que, despierta, había tenido tantas veces con él.

Para mi pesar, ese día la Madre Naturaleza se reafirmaba en mí como mujer pero no importaba, tenía que mostrarle la pasión que me provocaba. Me acerqué y le besé, muy lentamente. Su cuerpo le delató y pasé a besarle el cuello, sus manos recorrían mi espalda... con un movimiento firme me atrajo hacía él y pegó sus caderas a las mías. Desabroché el botón de su camisa, mis labios recorrieron la zona, quité otro botón y mi lengua jugó hasta que sus pezones se convirtieron en perlas diminutas.

Él: de pie, apoyado, y yo seguía bajando hasta que mis rodillas se posaron en el suelo. Había terminado la camisa y empecé con los botones del vaquero, acariciando lo que iba encontrando, todo muy lento, muy suave. Con mis manos en sus caderas, comencé a imitar el vaivén de las olas, sus dedos se mezclaban con mi pelo, con su respiración entrecortada nombraba al Todopoderoso, a su madre... repetía hostia y joder hasta la saciedad y a mí me dolían los labios de apretar, de succionar; mi lengua acariciaba como si fuera un helado a la vez que mi mano tomaba dos delicados tesoros. Oí "¡para!", no obedecí y todo culminó en lo más profundo de mi garganta. Temblando se dejó caer: "Ha sido la mejor de mi vida".

Varias veces nos volvimos a cruzar: "hola", "hola", miradas penetrantes... hasta que cambié de trabajo.

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