Flors, madre de una joven con anorexia: "La pandemia agravó su angustia, pero tiene muchas ganas de curarse"

Flors Moreno, junto a su hija Lluna, paciente con un trastorno de conducta alimenticia.
Flors Moreno, junto a su hija Lluna, paciente con un trastorno de conducta alimentaria.
CEDIDA

"¿Creéis que hay algún adolescente en el mundo que quiera pasar meses ingresado en un centro psiquiátrico?". Lluna Iglesias lanza esa pregunta a todo aquel que no comprende lo que le pasa o que cree que lo que busca es llamar la atención. Porque aún existen muchos prejuicios sobre los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y hay quien desde fuera juzga sin saber qué les ocurre a personas como ella. Lo suyo es una enfermedad mental, un tipo de trastorno cuya incidencia ha crecido de forma muy preocupante durante la pandemia y los casos que ya existían se han agravado.

"Lluna tenía previsto ingresar en un centro especializado de Barcelona en marzo de 2020. Pero el mundo se paró y no entró hasta junio. Tuvimos que sostener durante meses una situación muy vulnerable, confinados, con alimentos continuamente, porque lo que nos marcaba la rutina diaria eran las comidas, y con la ansiedad que todo eso genera", cuenta Flors Moreno, madre de esta joven que ahora tiene 18 años y que empezó a presentar los primeros síntomas de anorexia con 12. A partir de ahí, esta chica ha ido entrando y saliendo del hospital desde que a los 14 le diagnosticaron depresión. Flors de hecho atiende la llamada de 20minutos con su hija ingresada. 

"La acaban de trasladar a una unidad psiquiátrica de Lleida para que la tengamos más cerca y porque, como también se autolesiona, han considerado que ahora es lo más urgente de tratar. En la unidad de TCA de Barcelona ha ido comiendo y por tanto su peso ha aumentado", cuenta esta vecina de un pequeño pueblo del Prepirineo catalán. Lluna no ha llegado nunca a un infrapeso muy exagerado -no ha estado en ningún momento por debajo de los 40 kilos- pero con un trastorno límite de la personalidad su salud mental es muy frágil. 

No importa lo que le digan los demás. Ella se mira al espejo y no le gusta lo que ve. Por mucho que adelgace. Puede llegar a ser consciente de que su percepción sobre su cuerpo está distorsionada pero es algo que no puede controlar. Buena estudiante, sin problemas de adaptación, con amigos y una familia que la adoran, su autoexigencia, perfeccionismo y sensibilidad la llevan sin embargo a que le afecte mucho cualquier 'input' que le llega de fuera. “Es un tema de cómo funciona su cabeza. Cuando escuchas el típico comentario de ‘si lo tiene todo, qué más quiere’ te das cuenta de que queda mucho trabajo de sensibilización por hacer. Y existe el estigma de creer que la gente que está en un centro psiquiátrico es de un entorno muy concreto en el que ha tenido que pasar algo. Nosotros somos de clase media y llevamos una vida muy normal”, remarca Flors.

cada vez más jóvenes

  • La Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB) realizó casi las mismas atenciones entre el 13 de marzo y el 21 de junio de 2020 (1.431) que en todo 2019 (1.764). El año lo cerró con 4.411, lo que supone una subida interanual del 150%. Datos de la Fundación Fita y de la asociación española para el estudio de estos trastornos agregan que los TCA afectan en España a un total de 400.000 personas, de las que 300.000 tienen entre 10 y 25 años. La edad media de las chicas afectadas se viene reduciendo en los últimos tiempos y ha llegado incluso a niñas de nueve años, un factor que igualmente ha agudizado la pandemia. Aunque representan un porcentaje muy pequeño del total, también son cada vez más los chicos que sufren estas alteraciones. "La proporción es de un 1 o 2%. Al ser un trastorno que se asocia mayormente a mujeres a menudo es más difícil de detectarlo en hombres y suelen tener más dificultad para pedir ayuda por ese componente. Piensan que no se les va a hacer caso o incluso que se van a reír de ellos", alerta Sara Bujalance, directora de ACAB, quien agrega que la anorexia es el TCA con menor incidencia: "Es bastante más habitual diagnosticar bulimia, trastorno por atracones o un TCA no especificado". 

El retraso en aquel ingreso de 2020, unido a la angustia que generó la pandemia y el confinamiento domiciliario, no hicieron otra cosa que agravar ese estado emocional en el que Lluna vive: "Uno de los síntomas que tienen ella y las chicas con TCA es la ansiedad, esa angustia permanente, porque toda nuestra sociedad está montada alrededor de las comidas. Cuando están en una situación de emergencia, y el confinamiento lo fue, no puedes dejarlas que preparen ni siquiera una ensalada ni que te vean a ti prepararla. Cualquier cosa, como que eches un chorro de aceite, puede perturbarlas. Y con el encierro, todas esas pautas eran más difíciles de seguir". 

En ese contexto, y en un momento en el que por miedo al coronavirus prácticamente cualquier otro servicio sanitario quedó paralizado, la atención que recibieron se limitó además a visitas ambulatorias por teléfono o por videoconferencia. Y una vez que entró en el hospital, la situación epidemiológica continúo lastrando su tratamiento.

"Antes de la pandemia lo habitual era que, como paso previo al alta, la reincorporación a la vida diaria fuese paulatina y mediante permisos. Esas salidas sin embargo dejaron de poderse hacer porque si no a la vuelta tenían que estar en cuarentena y aisladas. Con lo cual estuvo siete meses interna", relata esta madre. Lluna regresó a casa en diciembre con el impacto que supuso aquello para ella después de estar las 24 horas del día en un hospital, con enfermeras, psicólogas, psiquiatras… "Fue muy duro". Tanto, que recayó y nuevamente fue ingresada el pasado verano.

"Si tienes una persona dominada por un trastorno de conducta alimentaria, una situación en la que mayormente te quedas en casa es terrible porque tienes que comer tres veces al día, seguramente acompañado de tu familia que está pendiente de si lo haces o no, y no puedes salir a la calle a quemarlo. Es especialmente estresante. Todo eso con la dificultad del acceso al tratamiento", explica Sara Bujalance, directora de la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB), entidad que para Flors supone un gran apoyo: "Con un sistema sanitario que tiene muchas deficiencias para estas enfermedades la ayuda de las asociaciones es fundamental. Tienen grupos de soporte a familias, nos reunimos, compartimos incluso consejos, cosas que nos han funcionado, formación, libros...".

ACAB apunta a un preocupante incremento del número de casos y a la gravedad de los mismos, lo que se refleja en que las unidades de TCA empezaron a llenarse a partir aproximadamente de septiembre de 2020, y a día de hoy continúan con gran afluencia de pacientes. "Al menos en Cataluña algunas incluso tienen lista de espera", afirma la psicóloga, quien hace hincapié en la importancia de atender correctamente y cuanto antes estos casos para que no se cronifiquen ni deriven en adultos con una mayor predisposición a otros trastornos mentales.

Lluna Iglesias, una joven con anorexia.
Lluna Iglesias, una joven con anorexia.
CEDIDA

La directora de ACAB incide no obstante en que el 70% de las personas con algún problema de este tipo se recuperan completamente, “siempre y cuando sigan un tratamiento especializado”. El proceso puede durar entre cuatro y cinco años y las recaídas forman parte del mismo pero es posible salir de esa espiral.

“Por un lado ese porcentaje de casos en los que la enfermedad se cronifica y tienes que convivir con ella siempre lo tienes en mente. Mi miedo es que Lluna sea parte de ese bajo tanto por ciento que no lo supera. Pero por otro lado siempre tienes la esperanza de que saldrá adelante. Ella la tiene, es muy valiente. Después de seis años no ha dejado de luchar, todos los ingresos que ha hecho han sido voluntarios", manifiesta Flors, que subraya lo mucho que eso dice de su hija: "Es muy consciente de que necesita este control, esta regulación y esta protección. Ella es el principal motor. Tiene muchas ganas de curarse y puede conseguirlo”.

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