Lucinda Williams abre su corazón en Madrid con un concierto inolvidable

  • La compositora americana actúa este año por primera vez en España.
  • Country, rock, pinceladas blues, pasión y emociones a flor de piel.
  • Out Of Touch destacó en una de las mejores veladas musicales del año.
Lucinda Williams, en una imagen de archivo.
Lucinda Williams, en una imagen de archivo.
EFE

Lejos de muchas estrellonas aburguesadas, Lucinda Williams siempre ha vivido empeñada en trazar su propio camino. Emparentada en espíritu, en rebeldía y en vísceras con Steve Earle, que participó en su aclamado Car Wheels On A Gravel Road, esta inquieta estadounidense ha decidido ajustar cuentas con España y ayer, por cortesía de la promotora Heart Of Gold, pisó Madrid por primera vez, treinta años después de publicar Ramblin' y comenzar a mostrar su corazón al mundo.

Lo pisó con pie firme, con convicción, con insultante pasión. Y la huella que dejará a sus hambrientos espectadores tardará en borrarse. El citado álbum, de 1998, la convirtió en un icono de la música americana.

Su tránsito entre sus primerizos discos blues, correctos y convencionales, hasta el fulgor country-rock de canciones como Metal Firecracker o Drunken Angel deparó una de las progresiones más inspiradas de los últimos tiempos.

A partir de ahí, pudo abandonarse a la complacencia y repetir fórmula. Lucinda permaneció en el confesionario, recuperó el blues, abrazó más directamente el rock, tiñó sus posteriores discos de melancolía, ira, sensualidad y autoflagelación. Una carrera desbordante e imprevisible, catártica y rotunda, llena de sinceridad. Justo como su actuación en la sala Joy Eslava.

Su banda, Buick 6, ejerció de telonera a nuestra protagonista aceptablemente y con unos desarrollos de guitarras y unos aires atmosféricos verdaderamente desconcertantes, y desde luego muy ajenos al country más ortodoxo. La renuncia a la normalidad en Lucinda acababa de comenzar, y eso que aún su figura no asomaba.

Sobre las nueve de la noche, el grupo se retiró, volvió a escena poco después... y Lucinda emergió de las tinieblas. La ovación fue conmovedora. Pocas veces se respiraba tanta expectación en un concierto. Los acordes de Real Love irrumpieron y la sala se vino abajo. La liturgia rozó las dos horas y la sensación de estar ante una dama irrepetible e insobornable fue permanente.

Robó todos los planos

El grupo estuvo a la altura de las circunstancias, de principio a fin, y dotó a la actuación de mucha intensidad y riqueza de matices. Pero Lucinda robaba todos los planos. De la dulzura de Right In Time mutaba sin esfuerzo a la rocosidad de Honey Bee; con Atonement y Righteously un halo de perturbación y ensoñación la secuestraba para volver ante nosotros, explosiva y furibunda, con Real Live, Bleeding Fingers And Broken Guitar Strings.

Lamió llagas en I Think I Lost It, rebosó vicio en Essence, se cubrió de gloria y asfalto americano en Pineola, desnudó su alma en Come On. Y se merendó al 99% de los conciertos actuales con Out Of Touch, la cima de la noche, con la señora Williams abriéndose en canal y con la banda convertida en un huracán.

Y al final, tras un vitoreado It's A Long Way To The Top, de AC/DC, Lucinda volvió a dinamitar tópicos con una entrañable versión en castellano de Adiós, Corazón Amante, de Violeta Parra.

Nadie se la pidió, nadie la hubiera echado en falta, pero la cantó, en castellano, con una equivocación que la obligó a volver a empezar, con risas nerviosas ante una entregada audiencia, que no daba crédito a semejante derroche de naturalidad. Lucinda debió de volver por unos instantes a su infancia, quizá cuando recitaba con apuros algún poema y todas sus emociones la arrebataban.

Como el público, que agradeció el inusual obsequio con la rodilla en el suelo y entregado a una mujer que, a golpe de discos y de tours de force emocionales, se ha quedado sin rivales.

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