Las mil y una teorías de la conspiración de los atentados terroristas del 11-S

Imagen de archivo del atentado contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.
Imagen de archivo del atentado contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.
 

¿Fue realmente Osama Bin Laden el cerebro tras los ataques del 11-S? ¿Y si lo ocurrido aquella fatídica mañana de septiembre de 2001 lo hubiera orquestado Estados Unidos o, al menos, lo hubiera permitido? ¿Y si todo lo que da por bueno la versión oficial resultara, en realidad, una gran patraña? Eso es lo que defienden las conocidas como teorías de la conspiración que, a lo largo de estos veinte años, no han dejado de proliferar, basadas en supuestas demoliciones controladas de las Torres Gemelas, aviones abatidos por el Ejército norteamericano y misteriosas colaboraciones internacionales.

Un 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos cambiaría para siempre.

Poco después de la tragedia, los más críticos crearon el Movimiento por la verdad del 11-S, agrupaciones con la intención de "desmontar" las explicaciones del Ejecutivo norteamericano sobre todo en Internet. Ingenieros, físicos, arquitectos, académicos, bomberos o abogados han constituido en estas dos décadas sus propias organizaciones en las que afirman que los argumentos oficiales no se sostienen y se inclinan por un 'inside job' (trabajo interno) de EE UU, para justificar futuras guerras, como las de Irak o Afganistán. Por su parte, las investigaciones gubernamentales y las revisiones independientes han rechazado todas estas teorías.

Estas hipótesis alternativas no se reducen a la caída de las Torres Gemelas, sino que abarcan también el Pentágono, el vuelo United 93 estrellado en Pennsylvania, la actuación del Gobierno y cualquier aspecto que rodeó al 11-S

Las Torres: ¿una demolición programada?

Más de tres décadas llevaban las Torres Gemelas contemplando a vista de pájaro Nueva York, con sus más de 410 metros de altura y sus 110 plantas, cuando el 11 de septiembre de 2001 dos aviones se estrellaron contra ellas y provocaron su derrumbe y la muerte de miles de personas. En apenas dos horas desde la primera colisión, estos dos icónicos monolitos de acero, diseñados para soportar vientos huracanados e incluso el choque de un Boeing 707 a 950 kilómetros por hora, se derrumbaron en el corazón financiero de la ciudad. Los responsables: el impacto, el combustible de los jets y los fuegos desatados.

Esa es, al menos, la versión oficial. A lo largo de estos veinte años, los escépticos han puesto en tela de juicio que esos tres factores fueran los causantes de la caída de ambas torres, separadas por apenas media hora. Creen que el diseño de los edificios y el material del que estaban hechas deberían haber sido suficiente para que resistieran. "Hasta entonces, ningún edificio de acero había caído por el fuego", esgrimen.

Momento del segundo impacto contra las Torres Gemelas, en Nueva York, en los atentados del 11 de septiembre de 2001.Robert / Flickr / Wikimedia Commons
Momento del segundo impacto contra las Torres Gemelas, en Nueva York, en los atentados del 11 de septiembre de 2001. Robert / Flickr / Wikimedia Commons
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No obstante, no solo el derrumbe en sí ha despertado las suspicacias de algunos, sino precisamente la manera en la que se produjo. El hecho de que fuera en vertical, sobre su propia base y sin desviarse hacia ningún lado, recuerda "demasiado" a las demoliciones programadas, mantienen, y las atribuyen "al propio Ejecutivo de EE UU". 

Sin embargo, el Informe Final del Colapso de las Torres del World Trade Center, elaborado por el Gobierno estadounidense y publicado en septiembre de 2005, afirma no haber encontrado evidencias que corroboren una demolición controlada. Por el contrario, detallan que los daños estructurales provocados por la colisión -y la consiguiente redistribución de pesos-, los fuegos alimentados por el combustible y el material de oficina y el desprendimiento de los aislantes provocaron el desplome. Si no hubieran confluido todos esos factores, concluyen, probablemente habrían permanecido en pie.

En esta línea se pronuncia el arquitecto Iván Samaniego, socio director del Grupo Marsapi: "Las altísimas temperaturas hicieron que el acero empezara a dilatarse por el calor, pasara a un estado visco-elástico y perdiera su estabilidad y capacidad portante en los puntos más calientes. Cuando el incendio perdió fuerza, se produjeron contracciones al enfriarse ciertas partes de la estructura, sobre todo los forjados. Esto propició que ya no pudiera soportar las cargas y que los pisos afectados colapsasen sobre sí mismos, haciendo que toda la parte superior de la torre cayera sobre la inferior".

"Un edificio no está preparado para semejante catástrofe: el impacto de un avión y un incendio voraz. Intervinieron parámetros muy difíciles de prever"

Sobre la proliferación de las teorías alternativas, Samaniego piensa que obedece a la imposibilidad de explicar con total seguridad por qué colapsaron las torres tal como lo hicieron. "La razón es que un edificio no está preparado para semejante catástrofe, la suma de un impacto de un avión y un incendio voraz. En este acontecimiento intervinieron unos parámetros que son muy difíciles de prever en el diseño estructural. Además, si fueran tomados en cuenta, la complejidad y los costos de construcción añadidos harían que no fuesen viables este tipo de construcciones", dice.

¿Y el edificio 7 del World Trade Center?

Siete horas estuvo ardiendo el edificio 7 del World Trade Center antes de colapsar a las 17.20 del 11 de septiembre. Con una altura de en torno a 200 metros y 47 plantas, ningún avión chocó contra él ni el combustible avivó sus fuegos. Sin embargo, se derrumbó. En estas dos décadas transcurridas desde el 11-S, este inmueble se ha convertido en una de las piezas clave de las teorías alternativas sobre lo sucedido.

¿Por qué ese edificio y no otro? Ese es uno de los interrogantes de quienes no creen en la versión oficial, que recalcan que este inmueble albergaba oficinas del Servicio Secreto de Estados Unidos, la CIA, el Departamento de Defensa y la Oficina de Gestión de Emergencias del Alcalde de Nueva York, entre otros. Con estos inquilinos, los escépticos llegan a plantear que el objetivo era destruir documentos almacenados allí sobre conspiraciones, fraudes, corrupción... como el caso Enron, un escándalo financiero. Incluso llegan a asegurar que muchas de las personas que trabajaban allí no se presentaron aquel día. 

Para apoyar esta corriente, vuelven a fijarse en el modo en el que se vino abajo el inmueble, sobre su base, y apuestan de nuevo por una demolición controlada. Además, señalan que los aspersores no funcionaron e insisten en que ningún edificio alto de acero había caído hasta la fecha por completo a causa del fuego, algo que incluso reconoce el Gobierno en el Informe Final del Colapso del 7 WTC.

Por su parte, el Ejecutivo norteamericano realizó simulaciones para entender cómo se había producido el derrumbe y llegó a la conclusión de que, a pesar de que el edificio había resultado dañado con el desplome de la Torre Norte, el colapso obedeció a los incendios. Las altas temperaturas provocaron la dilatación de las vigas de acero, que produjo un fallo en la estructura. Además, niegan haber encontrado pruebas de una demolición controlada y argumentan que la cantidad de explosivo necesaria para derruir el inmueble habría provocado un sonido del que no se tuvo constancia.

El Pentágono: ¿un avión o un misil?

Apenas 45 minutos tras el impacto del primer avión contra la Torre Norte y media hora después del atentado contra la Sur, un tercer avión se estrelló en el Pentágono, ubicado en el condado de Arlington (Virginia), cerca de Washington D. C. Eran las 9.37 cuando el vuelo 77 de American Airlines colisionó contra la sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, lo que incrementó el pánico entre la ciudadanía de forma inmediata y alentó una serie de teorías alternativas a la oficial en los días, meses y años sucesivos.

Uno de los principales defensores de estas hipótesis ha sido el activista político francés Thierry Meysan, que en su libro 'La gran impostura' atribuye la autoría de los ataques a EE UU y no a los terroristas, como método para forzar el curso de los acontecimientos y justificar futuras guerras. Entre los argumentos de este periodista para respaldar su versión, destaca la ausencia casi total de imágenes del choque en el Pentágono, a pesar de tratarse de un edificio rodeado de numerosas cámaras de vigilancia.

Los críticos también señalan, para reforzar su teoría, la escasez de restos, tanto materiales como humanos, en los alrededores del lugar del impacto. Afirman que nunca se halló un Boeing 757 en la zona e incluso apuntan que el responsable de lo ocurrido pudo ser un misil en lugar de un avión. En este sentido, consideran que el agujero dejado por el artefacto en cuestión era demasiado pequeño para corresponder a un jet comercial (27 metros de acuerdo con el informe del Pentágono y no los 38 que mide el largo de las alas). 

Por su parte, el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas de EE UU no dejó lugar a dudas sobre los restos recuperados y comunicó la identificación por ADN o análisis dental de los 189 muertos en el atentado, salvo cinco: 64 en el vuelo y 125 en el edificio. Además, la versión oficial explica que el agujero en el Pentágono tenía ese tamaño y no mayor porque las alas, así como parte del fuselaje, se dañaron antes del choque y las dimensiones del avión eran menores en el momento de la colisión.

Sobre esta teoría opina el piloto y consultor especializado en el sector aeronáutico Ignacio Rubio, que duda de su veracidad: "Son hipótesis, la realidad está en que hay unos restos y unas cajas negras. Yo entiendo que fue un avión, no un misil. Esa es la realidad y no te lo puedes inventar".

¿Y el United 93, el avión que nunca llegó a su destino?

El único avión de los secuestrados aquella trágica mañana del 11 de septiembre de 2001 que no alcanzó su objetivo fue el United 93. De acuerdo con el informe de la Comisión Nacional de los Ataques, encargado por el Gobierno de George W. Bush, la intención de los terroristas a bordo de este Boeing 757 salido desde el Aeropuerto Internacional de Newark era atentar contra el Capitolio o la Casa Blanca, pero acabó estrellándose en mitad de la nada en un campo de Shanksville, en el sudoeste de Pennsylvania. 

La versión oficial asegura que fue el intento de los pasajeros de recuperar el control del avión de manos de los terroristas lo que obligó a los secuestradores a precipitarlo contra el suelo antes de llegar a su destino. Una hipótesis más edulcorada y cargada de épica se propagó poco después de los atentados, en la que los civiles a bordo -informados de lo ocurrido en Nueva York y el Pentágono- decidieron sacrificar sus propias vidas y hacer caer el jet para evitar víctimas en el lugar elegido como diana.

Como con el resto de los vuelos siniestrados aquel infausto martes, no faltan las teorías que ponen en duda esta explicación de la Comisión. Así, una de las principales alternativas es que el United 93 fue, en realidad, abatido por las propias Fuerzas Armadas de Estados Unidos, que después trató de enmascararlo para no ganarse los reproches de las ciudadanía. La desintegración en el aire del Boeing, resaltan, explicaría por qué los restos aparecieron dispersos en una zona tan amplia.

En sus diferentes ramificaciones, estas teorías hablan de un F-16 que abatió el Boeing 757 o de un misterioso avión blanco. Por su parte, el informe oficial afirma que ninguno de los cazas que salieron a interceptar a los terroristas llegó a abrir fuego por problemas de comunicación.

¿Por qué los cazas no detuvieron a los aviones?

Problemas de comunicación, lentitud de los protocolos, incompetencia. Esa es la respuesta que la Comisión sobre los atentados dio en su informe a otro de los grandes interrogantes surgidos tras el 11-S: ¿por qué los cazas del Ejército no interceptaron los aviones secuestrados; en especial, los dos últimos, el del Pentágono y el de Pennsylvania? 

Los escépticos defienden que, una vez conocido el rapto de los dos primeros vuelos, la Fuerza Aérea estadounidense debería haber reaccionado con rapidez e interceptado los jets. Además, destacan que la Base Aérea de Andrews se halla a apenas 10 millas del Pentágono y cuestionan por qué nadie dio la orden de derribar esos aviones antes de que sembraran el terror en la costa este. Ante las justificaciones gubernamentales, les cuesta aceptar que la confusión entre administraciones impidiera a los cazas actuar.

Sin embargo, el informe es rotundo en sus conclusiones: tanto el presidente, George W. Bush, como el vicepresidente, Dick Cheney, dieron la orden de abatir los aviones. También hubo cazas que despegaron, pero tarde y sin directrices claras, a causa de la falta de tiempo y la descoordinación. El país "no estaba preparado" para lidiar con unos ataques suicidas orientados a convertir en misiles unos aviones de pasajeros que, además, desconectaron su transpondedor para resultar ilocalizables. "Aquella mañana, el protocolo existente no era el adecuado para lo que iba a suceder", resume el documento.

"Aquella mañana, el protocolo existente no era el adecuado en ningún aspecto para lo que iba a suceder"

En esta línea, Rubio ve plausible la explicación oficial, al considerar los tiempos necesarios hace veinte años para poner en marcha a los cazas y proporcionarles indicaciones sobre su objetivo. Todo ello, considera, resulta especialmente complicado cuando no se puede establecer contacto con los aviones y ni siquiera es posible ubicarlos en el mapa.

Los pilotos, ¿demasiado experimentados?

Otra de las grandes cuestiones puestas sobre la mesa por los escépticos es la pericia de los terroristas a los mandos: ¿cómo personas que supuestamente apenas habían recibido entrenamiento para pilotar fueron capaces de volar esos aviones con semejante habilidad y precisión? ¿Tuvieron ayuda? ¿De quién? Una de las teorías consiste en que EE UU inventó obidencias sobre la autoría de los raptos para  culpar a Osama Bin Laden.

Mohamed Atta, líder de los secuestradores del 11-S
Mohamed Atta, líder de los secuestradores del 11-S.
Archivo

A este respecto, el informe de la Comisión recoge que tres de los cuatro hombres a los mandos de los vuelos secuestrados (Mohammed Atta, Marwan al Shehhi y Hani Hanjour) habían recibido su licencia de piloto comercial, mientras que Zaid Jarrah poseía la de piloto privado. No obstante, Rubio se muestra muy crítico con la capacidad de estos terroristas para perpetrar los atentados del 11-S, puesto que ninguno había manejado con anterioridad un avión de esas dimensiones.

"El impacto es muy preciso para que realmente supieran llevarlo así, a esa velocidad, que sería de unos 300 nudos, y con ese ángulo de giro. Hay mucha información que se nos escapa, si pudieron tener ayuda de alguien más... Hay información que no ha sido desclasificada y no sabemos si lo será algún día por motivos de seguridad nacional", matiza.

"No todo lo que parece es, no todo lo que es parece", decía el escritor portugués José Saramago, en una cita que encaja a la perfección con el sentir de los más críticos con la versión oficial de lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001. Desde los defensores de las teorías más intrincadas hasta los que denuncian la opacidad del Gobierno estadounidense, todos ellos reclaman "la verdad", mientras en estas dos décadas las hipótesis alternativas continúan muy presentes y siembran la duda en quien está dispuesto a escuchar.

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