Moha Gerehou: "Ojalá los racistas en redes sociales fueran más originales"

El periodista y activista antirracista Moha Gerehou.
El periodista y activista antirracista Moha Gerehou.
Laurent Leger Adame

Desde que tuvo lugar esta entrevista hasta que hoy sale publicada ha sucedido una polémica racial -y esto solo hablando a gran escala- casi cada día: se hicieron virales los 'pantallazos' de Sara Brahim, la joven a la que no querían alquilarle una casa porque su foto de perfil parecía "un campo de refugiados"; el delantero del Manchester United Marcus Rashford denunciando la oleada de insultos xenófobos por haber perdido la final de la Europa League; el pánico que cundió en Minneapolis tras oírse múltiples disparos en el lugar donde se estaba conmemorando la muerte de George Floyd...

Vivimos rodeados de racismo y somos parte activa de él, tanto en un lado de la ecuación como en el otro. Ejemplo de esto eran las buenas intenciones con las que se llevó a cabo la vergonzante campaña Equality Stamps, lanzada por  Correos, y que nos afearon incluso desde grandes medios extranjeros como The Washington Post, porque aunque trataba de combatir el racismo, al final se trataba de una serie de sellos cuyo valor iba unido al color de piel que representen... y es el negro el más barato.

Moha Gerehou realizó un hilo en Twitter en el que explicaba que esto es solo la punta del iceberg: lo que se saca en claro es que las instituciones y empresas españolas carecen de diversidad racial. No hace falta mirar a Estados Unidos. Él lo lleva viviendo aquí desde que nació en Huesca en 1992. Por eso ha entendido que su experiencia vital, junto a su pulsión divulgadora y periodística, tenían que plasmarse en un libro. El resultado: Qué hace un negro como tú en un sitio como este (Península, 2021).

¿Es más racista España o los españoles? Si hablamos de España, hablamos de un racismo estructural: la ley de extranjería, las políticas migratorias, que no se ratifique el convenio 189 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) para igualar los derechos de las trabajadoras del hogar -en un 89% son migrantes-, que no existan protocolos respecto al racismo en las aulas ni una educación que nos haga ver la diversidad racial como una riqueza y no como una amenaza.

Y por otro lado, hay gente que es activamente racista -con la legitimización que se está dando desde las instituciones públicas cada vez más gente se siente empoderada para ser racista-. Pero eso ha existido siempre. La clave está en tratar de ser activamente antirracistas para transformar la sociedad y que las estructuras del Estado también lo sean. O por lo menos que no sean racistas, que ya sería mucho.

En el libro hay una dicotomía entre no ser racista y ser antirracista, una diferencia de movimiento, de actividad. Todos hemos oído alguna vez el "yo no soy racista", incluso añadiendo el "pero...". Hay mucha gente consciente de que existe ese racismo alrededor, pero se escuda en el "bueno, yo no soy racista". Toda esa gente debe ser interpelada: el racismo nos hace peores como sociedad y todos tenemos responsabilidad a la hora de luchar. El antirracismo no es solo ir a grandes manifestaciones o apuntarse a SOS Racismo [organización de la que fue presidente entre 2016 y 2018], sino que se puede hacer desde lo cotidiano. Independientemente de su condición social, posición económica, religión, género... se puede ser antirracista. No hay un impedimento para ello.

Cuenta algunas de sus experiencias más profundas, desde cuando le subastaron en Twitter hasta cuando le enviaron amenazadoras fotografías con balas. ¿Es importante concienciar desde la individualidad? Esta es una historia más de tantas entre personas racializadas. Yo señalo que esto es una historia individual que cuenta la de muchos, pero precisamente porque la mía es resultado de los conocimientos colectivos. Ahora bien, es importante de cara que no se identifique a un movimiento entero con una o dos personas, porque cuando esas personas no estén el movimiento queda herido de muerte.

"Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor", dijo Desmond Tutu. Y eso se da en el día a día con los microrracismos, con los que comienza cada capítulo... Los microrracismos, al ser el racismo más cotidiano, son la puerta de entrada a entender que el racismo es una cuestión estructural. No son fruto de mi mala suerte, que me he topado con racistas por el camino, sino que es algo generalizado. Desde la Dirección General para la Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial, que dirige Rita Bosaho, tienen mucho por hacer.

Quizá tengan mucho porque desde aquí es más fácil distinguir el racismo en Estados Unidos que en España. Eso viene por la hegemonía cultural: conocemos por películas, series y libros lo que ha supuesto y supone el racismo en Estados Unidos. Sin embargo, ese mismo conocimiento, generado aquí, ha sido ignorado sistemáticamente. Solo se escucha cuando ocurre allí. Cuando el asesinato de George Floyd el año pasado, aquí había activistas diciendo: "Condenamos lo que hay allí, pero miremos lo que ocurre aquí porque hay otros casos como el de Mame Mbaye que merecen esa atención y esa activación". De repente se oía la pregunta "¿Y qué tengo que hacer?" y se vendió más el libro Cómo ser antirracista, de Ibram X. Kendi. Hay que canalizar todo eso. No necesitamos que ocurra una desgracia en Estados Unidos; con lo que tenemos aquí tenemos de sobra.

También habla del tema del lenguaje. ¿Que se haya denominado Black Lives Matter no lo desespañoliza? En España el movimiento no se denomina así. Pero otra cosa es que en el contexto del año pasado haya una ola que active a otros países. Creo que algunos aprendizajes antirracistas de Estados Unidos nos pueden servir -leer a Malcolm X y Angela Davis o utilizar retóricas que utilizaron y funcionaron-. Ahora bien, hemos de entender bien nuestro contexto, cómo el racismo se manifiesta aquí, sus peculiaridades, y hacer un antirracismo adaptado a España: por ejemplo, con el pueblo gitano o la relación con el norte de África, que está a 14 kilómetros.

"Si miramos el árbol genealógico del que se considere el mayor español del mundo encontraremos a Mustafá o Fátima"

Entroncando con el lenguaje y Marruecos, está el tema del clasismo: ¿por qué esa diferencia entre llegar con dinero, que entonces son jeques, o cruzar a nado, que entonces son moros o, si son menores, MENA? El clasismo es una herramienta que ayuda a potenciar o atenuar las consecuencias del racismo. Es evidente que un jeque va a tener acceso a unos determinados espacios, pero eso no les exime de recibir racismo -aunque por su posición económica estén menos expuestos y las consecuencias serán menores-. El ejemplo es cuando Samuel L. Jackson y Magic Johnson fueron a Italia. Sufrieron racismo por ser negros, punto. Que las consecuencias en ellos son menores, sí, y si hubieran querido hubieran comprado la ciudad entera, pero para los migrantes en las costas italianas la situación era más jodida, por las políticas de Salvini. En el otro lado: ¿Qué ocurre cuando esa posición económica y de papeles no existe? Es el caso de la frontera sur y un tema muy sangrante con los menores migrantes, porque ahí ese discurso racista se exacerba por la baja clase social y la falta de recursos. El color de piel, aunque tengas dinero, no te quita el racismo. El racismo y el clasismo no se excluyen, sino que tienen un efecto multiplicador.

James Baldwin decía: "Cualquiera que haya luchado contra la pobreza sabe lo extremadamente caro que es ser pobre". Evidentemente, cuando hablamos de racismo hablamos de precariedad. Pongamos la brecha salarial por género. Si añadimos el tema racial, se ve aún más clara: Carolina Elías, abogada en El Salvador, y viene aquí y por la ley de extranjería no puede hacer la convalidación de los estudios, no puede trabajar y acaba siendo trabajadora del hogar. Habría que ver el mercado laboral, pero podría haber aspirado a más.

Y tendría que aprenderse las leyes españolas. Claro, pero no se le da esa opción. Tendría que hacer otra carrera entera, con lo que cuesta. Y sabemos que no habría sido necesario si hubiese venido de otro contexto. Es fruto de la exclusión social. O los manteros. Nadie se quiere dedicar a la manta. He hablado con bastantes y ninguno. Pero acaban ahí por las circunstancias. Por eso es importante hablar de precariedad. Y datos que nos expliquen cómo dicha precariedad generalizada empeora cuando eres migrante o racializado.

Ha nombrado a los manteros y justo antes de esta entrevista he mirado qué han dicho sobre usted en los comentarios de otras entrevistas y en Twitter. ¿Lo adivina? Estoy bastante acostumbrado. Hace tiempo que no lo miro, pero una cosa que tienen los racistas en redes sociales es que no son originales. A veces me digo que ojalá fueran originales y leyesen cosas nuevas. Pero para volver a oír que si vivo de un chiringuito [se lo decían] o que me vaya a mi país [también]...

Le ha faltado que le estamos haciendo la promoción los opresores blancos o que usted es el colmo del victimismo. Siempre vienen por el mismo lado. Nada nuevo bajo el Sol. Es una constante lo del victimismo. Vivimos en un sistema que es racista, que me pone ahí constantemente, yo no me coloco en la posición de víctima porque quiera. Es evidente. Lo curioso es que yo, con todo esto que hago, busco no estar en la posición de víctima. Me están acusando de algo de lo que precisamente estoy intentando salir. ¿Qué estás haciendo tú para que yo deje de ser víctima? Si me acompañas en dejar el victimismo, adelante, pero eso implica ser antirracista, y cortocircuitan.

Como periodista está al tanto de los bulos. Y en el libro se queja de que, cada vez que un medio llama a algún o alguna activista antirracista para responder a lo que ha dicho tal o cual partido, ya se les está siguiendo el juego. A mí me daba mucha pena que durante el tiempo en el que Vox iba ascendiendo fue cuando, sin duda, más nos llamaban de medios. Pero no teníamos espacio ni tiempo para hablar de propuestas antirracistas, sino que era todo el rato para explicar por qué lo que habían dicho era racista. Eso ya era una derrota. Yo prefiero que sea al revés: que la extrema derecha nos conteste a nosotros de antirracismo y dejen claro que son racistas. Y esto no es solo de los medios, aunque tengan una gran responsabilidad, sino que en la sociedad tendemos a dar por hecho que el racismo es algo excepcional.

Entra en un restaurante y le hablan en inglés. Es esa idea generalizada de que todas las personas racializadas somos extranjeras y por eso nos preguntan de dónde somos o lo intentan adivinar. Tampoco es que yo vaya por ahí cantando "¡Yo soy español, español, español!", pero me veo obligado a hacerlo porque todo el rato me ponen fuera del concepto de español. Acepta que también lo soy, que hay españoles negros.

¿Por qué se tiende a creer antes en una voz que en escudriñar un dato? El racismo nunca ha necesitado ni de la verdad ni de los datos ni de la evidencia científica para prosperar. Jamás. Nos lo dice la Historia. En un principio fue por una cuestión biológica y se desmontó; llevamos décadas escuchando bulos como que los inmigrantes colapsan la sanidad... Y ahí sigue aunque se haya desmontado. La propia existencia de esas desigualdades por la condición racial son las que permiten que ese discurso racista campe a sus anchas. El tema de los menores migrantes: VOX no tendría argumentos si los menores migrantes pudiesen ser como cualquier otro chaval de su edad, tuvieran plenos derechos y sin exclusión, porque a los 18 años los echan y se tienen que buscar la vida. Son las desigualdades las que permiten que, usando la mentira una y otra y otra vez, eso siga calando. Vamos a morir desmontando bulos, pero hasta que desaparezca el racismo no parará esa rueda.

En el territorio español, en términos históricos, los árabes, del 711 al 1492, han estado más tiempo que los 529 años que llevamos desde entonces. Hay gente que dice sin pudor que aquí no había personas racializadas hasta hace 30 ó 40 años y es mentira: el pueblo gitano, los árabes, Guinea Ecuatorial, que fue colonia española hasta hace 50 años. Hay nacidos en Malabo con DNI español que siguen vivos. No fue hace tanto. ¿Me estás diciendo que estando África tan cerca nunca ha habido este trasiego de un lado y de otro? Que la gente se sienta más identificada con Alemania que con Marruecos me deja... Una vez me dijeron en Twitter que para ser español tenías que serlo de 12 ó 15 generaciones atrás. Si empezamos a mirar el árbol genealógico del que se considere el mayor español del mundo con toda probabilidad encontraremos a Mustafá, Aisha o Fátima. España tiene que reconocer su propia diversidad racial histórica y presente.

"El racismo y el clasismo no se excluyen, sino que tienen un efecto multiplicador"

¿Y sus pecados? Porque hablando de la época colonial, hay en el libro una cita que viene a decir que Hitler es el gran enemigo de la Historia porque su crimen fue "contra el hombre blanco" y "haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas". Está el caso de Leopoldo II de Bélgica, que en el Congo, según las estimaciones, duplica lo que hizo Hitler en Europa con los judíos. No se trata de una competición de quién ha sido más genocida, pero sí que es entender que esas matanzas en nombre del colonialismo son excluidas de la narrativa y nos quedamos solo con Hitler, cuando ni los del Imperio británico, Francia o España fueron procesos pacíficos. Cuando hablamos de memoria histórica también se ha de abordar este asunto y en los últimos territorios, como Guinea Ecuatorial o Sáhara Occidental, ver qué responsabilidad tenemos. 

"El corazón siempre ha sido el corazón de la extrema derecha, pero el antirracismo no siempre está en el corazón del antifascismo". Esa frase es suya. El elefante en la habitación. Cualquier partido y dirigente de extrema derecha ha culpado de todos los males a un grupo de población y sustentado con ello sus políticas. Ahora vemos que al hablar de antifascismo no siempre las demandas antirracistas están presentes. La respuesta ante el discurso de VOX con los menores migrantes no puede ser una condena, eso es lo mínimo. El antirracismo se demuestra andando. Y en la izquierda esto no se tiene claro y a veces los ves defendiendo postulados racistas.

¿Por qué es importante que haya voces racializadas más allá de la lucha antirracista? Nuestra presencia en lugares de representación no es solo una cuestión antirracista. Que esté una persona racializada en un puesto de poder no garantiza que automáticamente eso sea antirracista, como el caso de Bertrand Ndongo. Es una cuestión de justicia: es una anomalía que la diversidad racial que se ve en las calles no se traslade a otros ámbitos de la sociedad. En un colegio de primaria, la diversidad racial actual es brutal, pero si te asomas a un campus universitario y con cuentagotas los alumnos racializados. ¿Qué ha ocurrido en ese camino?

Que yo esté ahora en La 1 de todólogo hablando de actualidad muestra que nuestra existencia va más allá de hablar de racismo y que así se representa de forma justa esta sociedad. Mi peor pesadilla, ser "el primer negro que..." [un capítulo de su libro]. Es un riesgo, una etiqueta que te mueres con ella, porque se nos olvida que eso habla más del fracaso de un sistema. Uno que, por ejemplo, hasta el año 2016 no tuvo una diputada negra en el Congreso. Eso se ve como hito, y lo es, pero también una injusticia. Ojalá no me convierta en una excepción, sino que también se hable del segundo, del tercero...

¿Hace falta autocrítica? En el libro aparece la presión religiosa de su familia para buscar novia... Sí, es necesaria. Tenemos que hacerla desde el movimiento cuando toca. Algo que va a ocurrir sí o sí es que todas nuestras propuestas de justicia social tendrán una reacción opuesta, como le ocurre al feminismo o a la lucha LGTB. Pero eso no puede ser algo paralizador a la hora de hacer autocrítica y nosotros sabemos lo que ocurre en nuestras familias y en las culturas de nuestros orígenes. Lo identificamos dependiendo también de dónde provenga la crítica. Cuestiones como el uso del velo o cómo el patriarcado sigue jugando un papel dentro de las familias. Pero si te dicen 'los africanos o los musulmanes son todos unos machistas', a ver, eso es algo global.

¿Es más antirracista España o los españoles? Los españoles estamos haciendo ese camino, somos más conscientes y capaces de reconocer el racismo en las estructuras. Cada vez hay más rostros y voces racializadas que se están escuchando. Y personas blancas y payas que se están poniendo de frente como [la defensora de Derechos Humanos] Helena Maleno. Yo soy siempre optimista y esto irá a más: uno de cada cuatro menores de 18 años en España tienen padre o madre de origen migrante. La sociedad tendrá más presente esta realidad. Y eso nos va a llevar a que empujemos a las instituciones y al Estado a esos cambios profundos desde el centro. Se puede lograr todo.

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