Entrevista | Diego Doncel y Mario Obrero: la memoria alcanza al Premio Loewe

El poeta Diego Doncel
El poeta Diego Doncel.
PREMIO LOEWE - Archivo

La muerte desde la segunda persona del singular. Y el adulto capitalismo a través de los ojos de un adolescente en Estados Unidos. Eso son los temas que han encumbrado a Diego Doncel (Malpartida, Cáceres, 1964) y Mario G. Obrero (Madrid, 2003) con el XXXIII Premio Loewe de Poesía y Premio Loewe a la Creación Joven, respectivamente, por sus poemarios La fragilidad y Peachtree City, dos libros editados por Visor que según el más joven de ellos "dialogan desde lugares distintos pero con motivos comunes, como la memoria".

De hecho, recordar a su padre, fallecido "por una negligencia como un camión"", es lo que motivó al extremeño a sentarse delante del folio en blanco. "Fue un libro que me costó escribir. Eran poemas que tenían que hablar de cosas muy concretas", confiesa, antes de ejemplificar su disparo: "¿Cómo hablo de que él tenía hecha una cánula cuando estaba en coma y yo le metía un aspirador para limpiarle los bronquios? ¿O que limpiaba a mi padre y le ponía unos auriculares que el terapeuta nos recomendó por si despertaba? ¿Cómo digo eso en un poema sin caer en un prosaísmo barato?".

"Yo tenía que adecuar al lenguaje poético que una noche, a las tres de la mañana, se abría la puerta de una UCI de un hospital de Cáceres, todo oscuro, y de pronto había una luz tremenda desde donde los médicos decían 'familiares de no sé quién' y esos familiares ya sabían que la persona que ellos estaban allí cuidando había muerto", relata Doncel.

Y más allá del poeta, estaba el hijo. Diego no quería que su poemario se quedase sin el anclaje que pudiese tener en otros ojos, que acabase siendo un álbum de fotos más en la familia antes que un pedestal donde otros en su misma situación se apoyen. "El material era inmenso. Pero lo importante, sobre lo que tenía que escribir, era aquello que pudiera ser compartido por los demás. La poesía es una confesión al oído a un amigo. Era fundamental que quien hubiera pasado una experiencia parecida a la mía se pudiera identificar, que pudiera hacer de mi memoria su memoria", destaca.

Poesía desde la silla del hospital, sin oropeles, alimentándose -más que nunca- de recuerdos. "Prácticamente son lo mismo memoria y poesía. Ambas son el arte de la fragilidad. A cada cosa que tocaba, después pensaba: 'Vale, todo esto está tocado por la fragilidad, pero a la vez es lo más poderoso que yo puedo tener'. Y la vida misma: fragilidad total", aduce.

Acto seguido, Diego Doncel se sorprende a sí mismo hablando de lo "grandioso que es el cerebro humano al crear un artefacto llamado poesía y que sirve para emocionar a la gente" únicamente porque "es una cosa hecha con lo más frágil, la palabra, que, a la vez, es lo más poderoso que tiene el hombre".

Con esa invención humana que nos hace más humanos, y con motivos recurrentes (polvo, fotografías, nieblas, fantasmas), el poeta coloca al lector en sus ojos mirando el cuerpo de un padre moribundo: "Para mí la poesía es moral. Yo te doy mi visión del mundo y, por tanto, te estoy dando una visión moral del mundo, que tú puedes aceptar o que no. A partir de ahí, yo quería hacer un poemario donde se hablara de esta situación límite que vivimos en mi familia, pero llenarla de vida".

Para ello, Doncel recurre a personajes como Judas ("ese médico que nunca te contó la verdad"), Ofelia, "como el símbolo del amor imposible", o Hamlet, con el que él se identificaba por "el padre que fue asesinado" aunque nunca tomaron medidas legales para no ahondar en el dolor de su madre, a pesar de que a su padre "le dijeron que no tenía absolutamente nada", pero que "pero en el momento en el que le da el infarto se queda en coma y en la clínica en la que estaba no tenían ni un aparato de oxígeno".

"Me interesaba utilizar personajes reconocibles por el lector y que tuvieran una carga cultural detrás. Crear así esa experiencia común vital que es el poema; decirle al lector 'eso que estás viviendo y que estás tan jodido como yo es una experiencia cultural'", finaliza, no sin antes, como también en La fragilidad, dar un espacio a "la creación de una posibilidad para la esperanza": "No sé si la esperanza o la felicidad como tales, pero al menos la posibilidad".

El jardín de las delicias de Mario Obrero

Para Diego Doncel, el libro de Mario Obrero, Peachtree City, está "en la tradición final del surrealismo", algo que le gusta al jovencísimo poeta (tiene 17 años, escribió el manuscrito con 16) "si pusiésemos como parámetro a André Breton o la etapa surrealista de Alberti o Aleixandre".

"Sin embargo, más que surrealista es que atiende a otra lógica, a otra razón que quizá no sea la pragmática de la cotidianeidad. Lo hablábamos en [mi clase de] latín. Si yo dijese 'El ratón ciego camina por el aire' ya habría gente con las manos en la cabeza diciendo que la poesía no se entiende, pero un ratón ciego no es más un murciélago etimológicamente, mus, muris [ratón] y caecus [ciego]. Esas lógicas que no se perciben en el plano cotidiano, aunque sí que son amparadas por otros parámetros, son las que yo humildemente trabajo", señala.

Obrero, que ya ganó con 14 años el Premio de Poesía Joven Félix Grande (por la obra Carpintería de armónicos, entiende que su escritura atiende a las mismas razones que El jardín de las delicias, de El Bosco, "en el que es posible que pasen mil escenas y todo cabe porque está articulado en un discurso". "De la misma manera, mis poemas son un acto de escucha, de prestar atención. A la poesía no se puede llegar como Hernán Cortés a América", asegura.

Porque sus nuevos poemas, un muestrario moderno de greguerías y ocurrencias de sentimiento lorquiano, nacen de un viaje a Estados Unidos para estudiar allí un curso. Obrero se llevó allí libros del granadino y de Walt Whitman, así como las memorias de Vladimir Maiakovski en América, por aquello de llgar "a la antítesis, al oxímoron, personificado en grandes rascacielos como catedrales del dólar".

Esto le conduce a una reflexión política, de la cual no está exenta su libro. "Ensalzar la memoria, hablar de ella como valor fundamental de la poesía, ya no se tacha de extrema izquierda. Creo que aún en este país hablar de la memoria tiene un halo de cierto posicionamiento", atestigua, algo que engorda con su idea de que "los versos y la imaginación tienen poder de cambio".

"Concibo la poesía desde el punto de vista político porque este no es otra cosa que la polis, lo que concierne a la comunidad. La poesía da una voz de alarma. No es solo una defensa sino también un contraataque", defiende, de igual manera que esta consciencia social le lleva, por ejemplo, a usar el femenino genérico, aunque él afirma hacerlo "de manera inocente".

"Igual que uso frases en gallego sin ser yo de Galicia ni hablar ese idioma, el uso del femenino es otra forma de disfrutar de las posibilidades del lenguaje. Y yo ni empodero ni enarbolo ninguna primera línea de ninguna lucha o reivindicación feminista haciendo esto; soy simplemente una compañera o un compañero más que, desde un segundo plano, decide jugar con el idioma y ampliar los horizontes de lo posible y estipulado", asegura.

El poemario de Mario Obrero es uno, ante todo, sensorial, pues lo plaga de referencias y vocablos que agarran los cinco sentidos, como dulcimeres, azafranes, gasolinas o gofres, primando los alimenticios porque "los supermercados de América parecen columbarios romanos", a la par que él mismo se resiste a comprenderlo del todo.

"Partiendo de ese lugar poético donde todo lo que puede ser visto u oído tiene derecho a ser versificado, son conexiones que yo no sabría muy bien explicar, pero precisamente por eso creo que no están mal hechas. El problema sería si pudiera yo trazar un mapa. Decía Guadalupe Grande que 'todo lo que no existe es un mapa de la otra orilla'. Pues mi poemario es ese mapa, que aun escribiéndolo yo, no tengo acceso a él", remata, no sin antes abogar por reconciliarnos "con la idea de misterio".

"Es una de las grandes tareas no solo de los poetas sino de cualquier persona, también en el plano cívico y social. Reconciliarse con la capacidad de no entender y con la posibilidad de que haya cosas que no quepan en nuestras parcelas del conocimiento. Por eso creo que a la poesía se va con inocencia. Pero inocencia no como algo negativo, sino como una decisión personal y autónomo. Uno decide dejarse alumbrar", finaliza.

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