El triunfo de Ayuso permite soñar a Casado con unir a la derecha e instala a la izquierda en la negación y el desdén

Isabel Díaz Ayuso el pasado miércoles 5 de mayo en la sede del PP.
Isabel Díaz Ayuso, el pasado miércoles 5 de mayo, en la sede del PP.
EFE / EPA / D. MUDARRA

Han pasado cuatro días de las elecciones madrileñas, pero la digestión de los resultados aún dura y los efectos nacionales apenas comienzan a sentirse. En la derecha, el PP busca extender a toda España ansiada la reunificación de su lado del tablero, sabedor de que, cuantos más votantes retengan Vox y Ciudadanos, más difícil tendrá recuperar la Moncloa. Mientras tanto, la izquierda, en especial las fuerzas que sustentan al Gobierno central (PSOE y UP), muestran síntomas de negación y cierto desdén hacia el triunfo –y sobre todo el estilo– de Ayuso.

A estas alturas, nadie duda de que el 4-M ha sido un shock para la política estatal. La victoria del PP era esperada –los populares llevan gobernando 26 años la Comunidad y sólo perdieron las autonómicas de 2019–, pero su magnitud no tanto. Para Vox ha supuesto frenar su ascenso; para Ciudadanos, agravar su crisis; para el PSOE, un batacazo que intentan explicarse y que ha descabezado su federación madrileña, y para Podemos, el detonante del abandono de Iglesias y la constatación de que erraron varias de las premisas de su campaña.

El PP dibuja a un Sánchez en tiempo de descuento

Los populares han marcado el 4-M como el kilómetro cero de una nueva ofensiva contra el Gobierno. Esta semana, Casado vaticinó que la "ola" madrileña se convertirá en una "marea" estatal que se llevará por delante al Ejecutivo de coalición, y opinó que los resultados en Madrid constituyen una "moción de censura en toda regla" a las políticas y las alianzas del "sanchismo". Por lo pronto, el líder de la oposición reclama poder enfrentarse a Sánchez en un debate sobre el estado de la nación, que ni está agendado ni se convoca desde 2015.

El presidente del PP insiste en que "el cambio que ha empezado ya" y en que existe una mayoría social consciente de la "urgencia" de sacar a Sánchez de la Moncloa, si bien hay elementos que juegan en su contra: PSOE y Unidas Podemos siguen teniendo socios en el Congreso, el presupuesto está aprobado y el Gobierno asiste con satisfacción el avance de la vacunación mientras aguarda que los fondos europeos apuntalen la recuperación. En resumen, no hay adelanto electoral –ni, por tanto, ventana de oportunidad para Casado– a la vista.

Quizá por eso, los populares parecen centrarse en dos líneas de actuación. La primera, dar por amortizado al Ejecutivo y dibujar a un Sánchez en tiempo de descuento. A decir de Núñez Feijóo, del 4-M se desprende "un claro mensaje de desafección" hacia Sánchez y Podemos con "enorme importancia en las políticas nacionales". En palabras de Cuca Gamarra, ha comenzado el "tic-tac para su salida de la Moncloa". Y, la segunda, reunificar el centro derecha, la eterna aspiración del PP desde que surgieron Cs primero y Vox después.

¿De tres derechas... a un gran partido?

El motivo es sencillo: el sistema electoral penaliza a la derecha si concurre dividida en tres a unas generales. Por eso el Casado celebra haber convertido al PP, al menos su juicio, en "la única opción para poder ser alternativa" a Sánchez, gracias a haber "ensanchado" su espacio electoral hacia el centro, aglutinando a todo el espectro a la derecha del PSOE en torno a sus siglas. En esa operación son clave tanto la contención de Vox –en Madrid apenas mejoró resultados– como la absorción de Ciudadanos –que desapareció de la Asamblea–.

El partido de Arrimadas es, de hecho, el gran perjudicado de la operación política que comenzó con la moción de censura en Murcia y que buscaba ampliar las opciones de pacto de los naranjas con el PSOE. El fracaso de ese plan ha añadido, al fiasco en las vascas y gallegas y al batacazo en las catalanas, la desaparición en Madrid. Además, la sangría de cargos se ha reanudado: cuatro diputados han dejado el grupo en Les Corts valencianas, y la exconsejera Marta Rivera se ha dado de baja del partido y suena para el Gobierno de Ayuso.

En Ciudadanos insisten en que la campaña fue buena y achacan a la polarización su pésimo resultado. Arrimadas ya ha señalado que recorrerá España para mantener encuentros con militantes en un intento de rearmar al partido, y en el Congreso mantendrá su disposición a pactar con el Gobierno –como sucedió con las prórrogas del estado de alarma–. Vox, por su parte, mantiene su tono duro, pero deberá confirmar en futuras citas con las urnas si el frenazo de su ascenso en Madrid es puntual o síntoma de que ha tocado techo.

El desconcierto de PSOE y Podemos

La izquierda, mientras tanto, procesa su derrota. 48 horas después de los comicios, el PSOE de Madrid quedó descabezado con la dimisión de su secretario general, José Manuel Franco, y la renuncia al acta de su candidato, Ángel Gabilondo. Mientras tanto, Pedro Sánchez ha evitado comentar los resultados, más allá de un protocolario tuit de felicitación a Ayuso en la noche electoral, y por parte de la dirección federal han sido la vicepresidenta Calvo y el ministro y secretario de Organización, Ábalos, quienes han dado la cara.

Ninguno de ellos apuntó al equipo de Sánchez, artífice de una campaña errática, pero admitieron desconcierto, desgaste por la pandemia y dificultades frente al estilo de Ayuso. En palabras de Calvo, según dijo en Onda Cero, es "difícil" entender el "desplome" socialista. Ábalos apuntó tanto a causas "estructurales" –26 años de gobierno del PP– como coyunturales –la "crispación"–. Y ambos reconocieron que la gestión de la pandemia "desgasta": "El Gobierno se ha esforzado y siempre piensas que te van a entender...", lamentó la vicepresidenta.

El tercer elemento del análisis socialista es la crítica al tono de la campaña de Ayuso y a su eslogan, que Calvo calificó como "un gran disparate": "La palabra libertad es fácil de comprar, pero tiene una parte irreal. No deja de ser un poco inconsistente", dijo la vicepresidenta, que defendió que el PSOE se "mueve bien" en las campañas donde se habla de "programa", pero "mal" en aquellas centradas en los "terrenos inútiles de la política". Ábalos agregó que "singularidades" como "el ocio y el bullicio" de Madrid también influyeron.

Fallan las coordenadas de Podemos

Un tono similar empleó uno de los cofundadores de Podemos, Juan Carlos Monedero, que dijo que "los que ganan 900 euros y votan a la derecha" no "parecen Einstein" y que a veces, a los votantes, les "faltan elementos intelectuales y recursos para entender" lo que necesitan. Pablo Echenique, portavoz en el Congreso, subrayó por su parte que el partido ha "crecido" y que la situación es "inmejorable" para convertir a Yolanda Díaz en la próxima presidenta, gracias a la "decisión políticamente acertada" de Iglesias de dar un paso atrás.

Es cierto que Unidas Podemos pasó de 7 a 10 escaños, pero también que falló una clave de su campaña: la cúpula morada creía que, con una alta participación, la izquierda sumaría. La realidad, en cambio, desmintió esa hipótesis: con una asistencia récord a las urnas, la derecha ensanchó su ventaja, de 100.000 votos en 2019 a unos 600.000. El PP, además, tiñó de azul todos los distritos de Madrid, incluidas zonas de rentas bajas, como Villaverde, Vallecas o Usera. Para UP, las señales fueron contradictorias y los distritos donde más mejoró fueron dispares: Puente de Vallecas (+4,9 puntos) y Centro (+4,5 puntos).

Así las cosas, únicamente Más Madrid ha celebrado los resultados, tras firmar su candidata, Mónica García, una buena campaña en la que logró darse a conocer y subir cuatro escaños. Sin embargo, el partido está a 41 diputados del PP, y se enfrenta al reto de liderar la oposición madrileña y a la duda de si debe expandirse a otras comunidades para conformar una candidatura estatal: hace dos años, Más País fracasó y logró sólo tres escaños en el Congreso apenas meses después de entrar con veinte en la Asamblea de Madrid. 

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