Francisco Nixon: «Ahora admiro más a la gente que canta en la calle»

Francisco Nixon, que acaba de publicar El perro es mío (Siesta) se tiene que defender tocando en el parque del Retiro (Madrid).
Francisco Nixon
Francisco Nixon
Mauricio del Pozo

«Por aquí se suele ver a mucha gente tocando el djembé», dice Fran Nixon según nos acercamos al estanque. Camina despacio, ligeramente nervioso e intimidado porque «nunca había hecho algo así».

Lo que sí hace son conciertos a domicilio, donde el público está a poca distancia y en los que resulta imposible esquivar miradas. «Sí —aclara—, pero se trata de gente que está predispuesta a escucharte, y en cambio aquí estoy rodeado de gente que no conozco de nada y que no me conocen, y eso me parece muy agresivo. A ese tipo de la gorra, por ejemplo —dice mientras señala a un chico con rastas—, es muy probable que no le gusten mis canciones y puede que me mire no ya con desprecio, sino con indiferencia, y a mí así me resulta muy difícil tocar. Además en el escenario se pasa muy bien, porque estás en un entorno muy controlado en el que tú eres el que sabe lo que va a pasar».

¿Y cómo te sientes más cómodo, tocando en solitario o acompañado? «Las dos cosas me gustan, aunque son muy distintas. Lo bueno de tener el proyecto en solitario es que te permite salir a tocar cuando quieras sin necesidad de compaginar agendas ni estas cosas. Pero lo que es disfrutar, yo me lo paso igual de bien cuando toco con Australian Blonde que cuando lo hago con La Costa Brava. Aunque en solitario es un poco más rollo lo de viajar y todo eso».

Fran coge su guitarra y canta Inditex y Erasmus borrachas, dos de las canciones que conforman su nuevo disco y que le han valido para que incluso le tilden de machista. «Lo que sucede es que cada vez que idealizas algo lo cosificas, pero por otra parte es inevitable esa idealización, porque es la única forma que tenemos de tratar con la gente y con la realidad. Pero sí creo que a una chica no le hubieran hecho esa pregunta. Al final es que las letras pop son muy convencionales y, en el momento en que te sales un poco de eso, llama mucho la atención». Mientras canta, hay quien mira tímidamente y hay quien incluso se quita los auriculares para escucharle. Hasta se pasa por delante el tan temido chico de gorra y rastas, que simplemente se limita a echar un vistazo a Fran, quien canta con la misma actitud que si estuviera dando un concierto.

Tras la breve e improvisada actuación, Fran recoge la guitarra mirando a su alrededor. Parece que, después de todo, la experiencia no ha sido tan terrible como parecía a priori. «Eso sí, ahora admiro mucho más a la gente que canta en la calle, tiene mucho mérito: hay que echarle valor».

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