El emotivo fenómeno que un médico descubrió en las personas a punto de morir

  • El doctor Kerr se dio cuenta de que algunos pacientes veían a sus seres queridos fallecidos en sus últimos días.
Una persona en una cama de hospital.
Una persona en una cama de hospital.
Sharon McCutcheon / Pixabay

Uno de los elementos más devastadores de la pandemia de coronavirus ha sido la imposibilidad de cuidar personalmente a los seres queridos que han enfermado.

Una y otra vez, familiares apenados han declarado que la muerte de sus seres queridos resultó mucho más devastadora porque no pudieron tomar la mano de su familiar para brindarle una presencia familiar y reconfortante en sus últimos días y horas.

Algunos tuvieron que dar a sus familiares su último adiós a través de las pantallas de teléfonos móviles sostenidos por un sanitario, mientras que otros recurrieron a los walkie-talkies o a saludar a través de las ventanas.

¿Cómo se puede aceptar la abrumadora pena y el sentimiento de culpa por la idea de que un ser querido muera solo?

No tengo una respuesta a esta pregunta. Pero el trabajo de un médico de cuidados paliativos llamado Christopher Kerr -con quien fui coautora del libro Death Is But a Dream: Finding Hope and Meaning at Life’s End (La muerte no es más que un sueño: encontrar esperanza y sentido al final de la vida), podría ofrecer algún consuelo.

Visitas inesperadas

Al principio de su carrera, el doctor Kerr se encargaba -como todos los médicos- de atender el cuidado físico de sus pacientes. Pero pronto se dio cuenta de un fenómeno al que las enfermeras experimentadas ya estaban acostumbradas. Cuando los pacientes se acercaban a la muerte, muchos tenían sueños y visiones de seres queridos fallecidos que volvían para consolarlos en sus últimos días.

Los médicos suelen interpretar estos sucesos como alucinaciones inducidas por fármacos o delirios que podrían justificar más medicación o directamente la sedación total.

Pero después de ver la paz y el consuelo que estas experiencias al final de la vida parecían aportar a sus pacientes, el doctor Kerr decidió detenerse y escuchar. Un día, en 2005, una paciente moribunda llamada Mary tuvo una de esas visiones: comenzó a mover los brazos como si estuviera meciendo a un bebé, arrullando a su hijo que había muerto en la infancia décadas atrás.

Para el doctor Kerr, no parecía un deterioro cognitivo. Se preguntaba si las propias percepciones de los pacientes al final de la vida eran importantes para su bienestar de una forma que no debería preocupar sólo a las enfermeras, los capellanes y los trabajadores sociales.

¿Cómo sería la atención médica si todos los médicos se detuvieran a escuchar también?

El proyecto comienza

Así que, al ver a los pacientes moribundos alcanzar y llamar a sus seres queridos -a muchos de los cuales no habían visto, tocado u oído durante décadas- comenzó a recopilar y grabar testimonios dados directamente por los moribundos. A lo largo de 10 años, él y su equipo de investigación registraron las experiencias al final de la vida de 1.400 pacientes y familiares.

Lo que descubrió le asombró. Más del 80% de sus pacientes -independientemente de su condición, origen o edad- tuvieron experiencias al final de la vida que parecían implicar algo más que sueños extraños. Eran vívidos, significativos y transformadores. Y siempre aumentaban en frecuencia cerca de la muerte.

Incluían visiones de madres, padres y parientes perdidos hace tiempo, así como de mascotas muertas que volvían para consolar a sus antiguos dueños. Se trataba de relaciones resucitadas, amor revivido y perdón logrado. A menudo traían tranquilidad y apoyo, paz y aceptación.

Convertirse en una tejedora de sueños

La primera vez que oí hablar de la investigación del doctor Kerr fue en un establo.

Estaba ocupada limpiando la caseta de mi caballo. Los establos estaban en la propiedad del doctor Kerr, así que a menudo hablábamos de su trabajo sobre los sueños y visiones de sus pacientes moribundos. Me habló de su charla TEDx sobre el tema, así como del proyecto de libro en el que estaba trabajando.

No pude evitar conmoverme con el trabajo del médico y científico. Cuando me reveló que no estaba avanzando en la redacción, me ofrecí a ayudarle. Al principio dudó. Yo era una profesora de inglés experta en desmontar las historias que otros escribían, no en escribirlas yo misma. A su agente le preocupaba que yo no fuera capaz de escribir de forma accesible para el público, algo por lo que los académicos no son precisamente conocidos. Insistí, y el resto es historia.

Fue esta colaboración la que me convirtió en escritora.

Se me encomendó la tarea de infundir más humanidad a la notable intervención médica que representaba esta investigación científica, para poner un rostro humano a los datos estadísticos que ya se habían publicado en las revistas médicas.

Las conmovedoras historias de los encuentros del doctor Kerr con sus pacientes y sus familias confirmaron cómo, en palabras del escritor francés del Renacimiento Michel de Montaigne, "quien debía enseñar a los hombres a morir les enseñaba al mismo tiempo a vivir".

Conocí a Robert, que estaba perdiendo a Bárbara, su mujer durante 60 años, y se veía asaltado por sentimientos contradictorios de culpa, desesperación y fe. Un día, inexplicablemente, la vio alcanzar al hijo que habían perdido hacía décadas, en un breve lapso de sueño lúcido que recordaba la experiencia de Mary años atrás. A Robert le llamó la atención la calma de su mujer y su sonrisa de felicidad. Fue un momento de pura plenitud, que transformó su experiencia del proceso de morir. Bárbara vivía su fallecimiento como un momento de amor recuperado, y verla reconfortada trajo a Robert algo de paz en medio de su irremediable pérdida.

Para las parejas de ancianos a las que atendía el doctor Kerr, estar separados por la muerte después de décadas de unión era simplemente insondable. Los sueños y visiones recurrentes de Joan le ayudaron a reparar la profunda herida dejada por el fallecimiento de su marido meses antes. Le llamaba por la noche y señalaba su presencia durante el día, incluso en momentos de plena y articulada lucidez. Para su hija Lisa, estos sucesos le hacían saber que el vínculo de sus padres era inquebrantable. Los sueños y visiones de su madre antes de la muerte ayudaron a Lisa en su propio viaje hacia la aceptación, un elemento clave para procesar la pérdida.

Cuando los niños mueren, a menudo son sus queridas mascotas fallecidas las que aparecen. Jessica, de 13 años, que se estaba muriendo de un tumor maligno de cáncer óseo, empezó a tener visiones de su antiguo perro, Shadow. Su presencia la tranquilizó. "Me pondré bien", le dijo al doctor Kerr en una de sus últimas visitas.

Para la madre de Jessica, Kristen, estas visiones -y la tranquilidad resultante de Jessica- ayudaron a iniciar el proceso al que se había resistido: el de dejarse llevar.

Aislada pero no sola

El sistema sanitario es difícil de cambiar. Sin embargo, el doctor Kerr aún espera ayudar a los pacientes y a sus seres queridos a reciclando el proceso de morir, pasando de un enfoque clínico a uno que se aprecie como una experiencia humana rica y única.

Los sueños y las visiones previos a la muerte ayudan a llenar el vacío que, de otro modo, pueden crear la duda y el miedo que evoca la muerte. Ayudan a los moribundos a reunirse con los que han amado y perdido, con los que les aseguraron, les afirmaron y les dieron paz. Curan viejas heridas, devuelven la dignidad y recuperan el amor. Conocer esta paradójica realidad ayuda a los afligidos a sobrellevar también el dolor.

Mientras los hospitales y las residencias de ancianos siguen cerrados a las visitas debido a la pandemia de coronavirus, puede ser útil saber que los moribundos rara vez hablan de estar solos. Hablan de ser amados y de volver a estar juntos.

No hay nada que sustituya el poder abrazar a nuestros seres queridos en sus últimos momentos, pero puede ser un consuelo saber que fueron abrazados.

Carine Mardorossian, profesora de Inglés en la Universidad de Búfalo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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