Un año de los últimos días de vieja normalidad

Imagen de archivo de un abrazo durante la pandemia.
Imagen de archivo de un abrazo durante la pandemia.
Europa Press

Al principio solo parecía otra noticia más sobre una epidemia en Asia Oriental. Cierto es que algunas informaciones eran alarmantes. El cierre perimetral de una ciudad de 11 millones de habitantes, las imágenes a cámara rápida de la construcción de un hospital en cuestión de días, los turistas atrapados.

En enero, la nueva enfermedad llegó a Europa. Italia empezó a registrar cada vez más casos de esta extraña neumonía. Las bolsas se hundieron en la última semana del mes, pero las fronteras seguían abiertas. El recién constituido Gobierno de España pedía, ya en febrero, no entrar en pánico ante la llegada masiva de personas a las urgencias de los hospitales.

Ahora sabemos que, hace justo un año, a comienzos de marzo, la enfermedad estaba totalmente descontrolada en España y en buena parte de Europa. El virus se transmitía de manera invisible, sin barreras, sin mascarillas, con espacios interiores abarrotados, cines, discotecas, centros de trabajo, transporte público y eventos masivos.

Era el caldo de cultivo perfecto para el estallido de la pandemia en España, pero pocos fueron capaces de predecir lo que se avecinaba.

El debate estaba en la calle. Los que restaban importancia a la enfermedad y consideraban que se estaba cayendo en un injustificado alarmismo, claramente mayoritarios en los dos primeros meses del año, empezaban a quedar acorralados por las evidencias, cada vez más claras de que se vivía una situación era de extrema gravedad.

Italia, el referente al que nadie quería mirar

Italia, era el referente incómodo, la imagen del futuro a la que se prefería no mirar, pero a la que nos avecinábamos día a día. En las regiones del norte del país transalpino se habían impuesto restricciones de movilidad desde el 23 de febrero, pero en España aún se rechazaba oficialmente esa posibilidad.

Los primeros casos en la Península –en Canarias se habían registrado positivos de turistas semanas antes– se identificaron el 26 de febrero, pero todos ellos habían pasado por focos de infección en el extrajero.

Al día siguiente, en Sevilla, dio positivo un hombre cuyo contagio ya era irrastreable. Se consideró el primer caso de transmisión local del virus y Sanidad elevaba el riesgo de contagio de leve a moderado.

Desde el Gobierno, un aún desconocido Fernando Simón, se convertía en la voz de Sanidad, pidiendo tranquilidad y asegurando que España estaba preparada para lo que pudiera llegar.

El último fin de semana de la antigua normalidad

El 1 de marzo, los brotes empezaban a surgir ya de manera descontrolada por todo el país. Faltaban dos semanas para el inicio del confinamiento. Sin embargo, la vida continuaba sin demasiados cambios. El 3 de marzo, se empezaba a plantear el cierre de escuelas y el teletrabajo.

El 4 de marzo, se confirmaba que el primer fallecimiento a causa del coronavirus en España se había producido tres semanas antes en Valencia, evidenciando que todas las estimaciones que se habían hecho sobre la enfermedad eran erróneas.

El fin de semana anterior al inicio del confinamiento, sería el último de una antigua normalidad que aún no hemos recuperado. Ese fin de semana se disputaron todos los partidos de la jornada 27 de primera división de la Liga de fútbol, que reunieron a miles de personas en los estadios. Se celebró en el Palacio de Vistalegre de Madrid el congreso de Vox, al que asistieron 9.000 personas y en el que uno de los miembros del partido, Javier Ortega Smith, era portador del virus. También tuvieron lugar las manifestaciones feministas del 8 de marzo, que reunieron a decenas de miles de personas en distintas ciudades del país.

Esos días, también estuvieron repletos los bares y los locales de ocio nocturno, como cada fin de semana en la vida anterior a la pandemia.

La escalada de medidas hacia el confinamiento

El lunes siguiente, comenzó la escalada de medidas por todo el país. La Comunidad de Madrid anunciaba ese mismo día el cierre de centros educativos durante los siguiente 15 días, mientras el ministro de Sanidad, Salvador Illa, admitía un "cambio a peor".

El martes, los rumores se extendían por mensajes anónimos de whatsapp así como los mensajes de personal sanitario advirtiendo de la situación límite en la que empezaban a estar los hospitales. Comenzaban a aparecer largas colas en los supermercados, donde el papel higiénico se convertía en el producto más demandado.

El Gobierno anunció que se suspendían los viajes del Imserso y se cancelaban los eventos de más de 1.000 personas. El objetivo era "no llegar al escenario de Italia". La cifra de contagios en España superaba los 2.000 casos a mediados de esa semana. Se decretaba la suspensión de actividades culturales y el ocio nocturno echaba el cierre.

El viernes, con más de 3.000 contagios identificados, el confinamiento era ya un clamor. Los sanitarios lanzaban el mensaje de "quédate en casa" y, por primera vez, miles de personas se asomaron a los balcones de sus viviendas para aplaudir.

El sábado, el presidente, Pedro Sánchez, se dirigía a la población en un mensaje televisivo, escoltado por oficiales militares y de la policía: el gran confinamiento había comenzado.

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