Cientos de terrenos baldíos que pudieron ser soporte para chalets o fructíferos campos de limoneros arropan a la pedanía de Los Martínez del Puerto, una de las pocas que perdió población en 2008 con respecto al año anterior (pasó de 1.314 vecinos a 1.218).

Es difícil ver a alguien pasear por sus calles un viernes por la mañana y hay casi que asaltar las casas de los vecinos para que nos cuenten cómo se vive allí. Al primero que encontramos es a Juan Sánchez, un jubilado que nació en 1919 en Los Martínez del Puerto. Juan está en el estanco de visita, antes ya ha pasado por la farmacia.

«Yo nací en una casa apartada en un campo. En todos estos años el pueblo ha cambiado poco, pero se ha perdido mucha huerta. Yo antes cultivaba naranjos y limoneros y recuerdo que los vecinos teníamos un gran paseo y un cine», explica. Echa la vista atrás y añora sus años de mozo «cuando iba a trabajar en bicicleta hasta El Palmar». Juan también lamenta que muchos jóvenes se van de Los Martínez «al casarse».

Dejamos el estanco y entramos en una tienda que vende de todo, pero que no tiene nombre y es que en Los Martínez, con muy pocas viviendas y población, esto es casi lo de menos. La regenta Prudencio Peñalver, que es el primero de tantos que nos dice que en su pueblo hace falta una piscina. «Aquí hace mucho calor en verano y todas las pedanías de alrededor la tienen».

Prudencio también nació en la pedanía y tampoco nota que el paso del tiempo halla dejado mucha huella en ella. «Lo que más se notó fue el boom de la construcción, cuando se hicieron aquí unas 40 viviendas».

Mejor servicio médico

Una clienta de su comercio, que no quiere dar su nombre, asegura que lo peor de la pedanía es el servicio de pediatría, «sólo viene dos veces por semana y no le da tiempo de ver a todos los niños. Además, muchas veces cambian de hora sin avisar».

Nos vamos adentrando en el pueblo y comprobamos con sorpresa dónde están muchos de los vecinos (y de todas las edades). La mayoría se encuentran reunidos en la cantina del centro de la tercera edad. Entramos en él con una anfitriona de excepción: su presidenta, Rosa García, de 83 años.

Ella, nacida también en la pedanía, explica que regentaba un comercio al que llamaban El Corte Ingés porque tenían de todo. «Vendíamos ropa, tabaco... El pueblo ha mejorado. Han hecho el consultorio y el centro de mayores. Le falta una piscina, aunque los terrenos están comprados».

La cantinera, Emilia Antolinos opina lo mismo, pero apunta que aunque es un pueblo en el que se vive muy tranquilo, «siempre quedarán las rivalidades entre vecinos».