Un 25% de los ictus se dan en menores de 50 años: "Tras la enfermedad existe más vida y es muy bonita vivirla"

Ictus, daño cerebral adquirido
Ictus, daño cerebral adquirido
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Juan Manuel Mondéjar tenía apenas 39 años y una familia con dos hijos cuando un ictus cambió su vida para siempre en 2001. En cuestión de horas, pasó de ser una persona autosuficiente con una vida activa a convertirse en alguien completamente dependiente que ni siquiera podía desplazarse al servicio sin ayuda. Con el tiempo, su autonomía ha mejorado y, aunque tiene una discapacidad del 69% que le ha impedido volver a trabajar, ha reorientado su labor para defender los intereses de las personas con diversidad funcional.

Acababa de cambiar del turno de noche al de mañana como empleado de Renfe cuando un día, hace ahora 19 años, comenzó a encontrarse mal mientras trabajaba. Era junio, hacía calor y no le dio importancia. Cuando, después de varias horas, la sensación no mejoraba, acudió a urgencias, donde le prescribieron unas pastillas para el mareo y lo enviaron de vuelta a casa. Nadie sospechó que un hombre joven y sano pudiera estar sufriendo un ictus hasta que por la noche se le paralizó la mitad izquierda del cuerpo.

El ictus, cuyo día mundial se celebra el 29 de octubre, es cualquier daño en el cerebro producido por una alteración en la circulación de la sangre en las arterias y venas que llegan a este órgano, explica el neurólogo del Complejo Hospitalario Universitario de Albacete Óscar Ayo. Su prevalencia, destaca, es "muy alta", de tal forma que en España aproximadamente se producen entre 170 y 300 casos por cada 100.000 habitantes. "A lo largo de la vida, una de cada seis personas va a sufrirlo. Como la esperanza de vida cada vez y la población está más envejecida, la frecuencia irá aumentando", señala.

Motivar a seguir adelante

Juan Manuel tardó más de un mes en salir del hospital, donde estuvo ingresado, intubado y comiendo a través de una sonda para intentar salvarle la vida y reducir las secuelas. Volver a andar con apoyo y salir a la calle le llevó nueve más. Con los años, ha recuperado parte de la movilidad, lo que le permite ser autosuficiente para buena parte de las rutinas diarias, pero admite que no es una tarea fácil ni barata, pues a veces la rehabilitación en los servicios públicos es "poco accesible" y en el sector privado es "cara".

"Hay unas capacidades que se me han quedado intactas y decidí explotarlas al máximo. Tras el ictus existe más vida y es muy bonita vivirla"

"En unas horas, de la noche a la mañana, lo has perdido todo, el moverte, el hablar, el decirle a la persona que tienes al lado que la quieres. Mis hijos pasaron de tener un padre que los cogía, que jugaba con ellos, a uno que solo los miraba sentado en un sillón. Al principio, cuando te ves así, tienes unas ganas horribles de morirte", confiesa. Y así, relata, pasó cuatro o cinco años, hasta que comprendió que necesitaba reinventarse. "Yo nunca lo superaré, pero sí he aprendido a vivir con estas carencias", apunta, y reconoce que es el amor y lo que siente por sus seres queridos lo que le hace luchar para continuar.

Las secuelas fueron notables en el caso de Juan Manuel. Por lo general, entre las más frecuentes, detalla Ayo, que es vocal del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología, son las motoras y las del habla. No obstante, en gran parte de los casos, la rehabilitación ayuda a mejorar estas condiciones, especialmente en los primeros meses. Además, el pronóstico de los pacientes afectados es "cada vez mejor" gracias a los nuevos tratamientos.

Ahora, gracias en buena medida al apoyo de su familia, ha reorientado su vida: ha cambiado su trabajo en Renfe por defender los intereses de las personas con diversidad funcional y motivar a los afectados por un ictus para salir adelante a través de diversas asociaciones. "Hay unas capacidades que se me han quedado intactas y decidí explotarlas al máximo. Tras el ictus existe más vida y es muy bonita vivirla", afirma.

"Ahora relativizo más"

Más suerte que Juan Manuel tuvo Alejandra, que con 31 años sufrió un ictus mientras trabajaba en Varsovia (Polonia) y la enfermedad no le dejó, por fortuna, ningún tipo de secuela. Solo recuerda retazos de cómo aquella mañana del 9 de septiembre de 2019 acabó en la UCI del Servicio de Neurología del hospital, después de que sus compañeros reconociesen los síntomas y avisasen a la ambulancia, que tardó menos de diez minutos en llegar.

"A mí, personalmente, me ha traído tantas cosas buenas como no tan buenas, pero en ningún momento me ha hecho sentir desgraciada"

Sin sentir ningún tipo de dolor, pero con afectaciones en el habla y en la movilidad y una cierta sobrexcitación, los médicos confirmaron que era un ictus y comenzaron a tratarla. La reacción de su familia fue inmediata: sus padres volaron desde España nada más detectar la enfermedad y su pareja viajó desde el norte de Polonia para no separarse de ella durante el ingreso. Tras diez días hospitalizada, Alejandra salió del hospital "perfectamente normal".

El ictus es mucho menos frecuente en gente joven que en personas mayores, pues la edad es un factor de riesgo en esta patología, aunque un 25% de los pacientes que atienden, ahonda Ayo, tienen menos de 50 años. En el caso de Alejandra confluyeron otros factores que pudieron favorecer la aparición de la patología: anticonceptivos hormonales prescritos por el ginecólogo, un vuelo en avión y una afección cardiaca (foramen oval permeable).

"A mí, personalmente, me ha traído tantas cosas buenas como no tan buenas, pero en ningún momento me ha hecho sentir desgraciada. También creo que es porque, a pesar de esa mala suerte de padecer esta enfermedad siendo tan joven, me he sentido afortunada de que se quedase en nada, de ser, como me dijo el neurólogo, de ese 1% que pasan por un ictus como si nada", reflexiona. Y achaca este buen pronóstico a los hábitos saludables, como una dieta equilibrada y ejercicio físico, que había adoptado desde hacía meses.

Ahora, admite, es más "cauta" y "relativiza más". "No me privo de nada, pero soy más consciente de que algo puede ir mal. Si no me hubiera pasado, no estaría tan concienciada", asegura. Precisamente por eso, con la pandemia de COVID-19, ha extremado las precauciones y considera que es más "prudente" que el resto de la gente: "Solo me quito la mascarilla con personas con las que cohabito y evito ir a comer fuera".

Tenacidad para superar las secuelas

En otro franja de edad se encuentra María Fernández Chicharro, que acaba de cumplir 77 años y padeció un ictus hace dos y medio. Fue una de sus hijas, justo antes de salir de viaje hacia Ciudad Real para reunirse con toda la familia, la que la encontró una mañana de junio de 2018 con la boca torcida y dificultades para hablar. En el hospital, incide, tuvieron serias dudas de que pudiera superar la enfermedad. Ella misma, reconoce, llegó a plantearse si merecía la pena sobrevivir con todas las limitaciones que la patología iba a suponer.

"Si no puedo escribir, no puedo pintar, no puedo coser... ¿qué va a ser de mi vida?", se preguntó, al ver las dificultades que tenía para mover la mano derecha. Sin embargo, pronto se dio cuenta de la necesidad de salir adelante e invertir todos sus esfuerzos en conseguirlo. Desde ese momento, el afán de superación ha sido la guía que ha marcado su día a día, incluso cuando sufrió otro ictus cinco meses después del primero y un problema renal, y se ha esmerado en cumplir con la rehabilitación.

"Es fundamental tener buena actitud. Hay que luchar y luchar y siempre luchar"

En estos ejercicios para rehabilitar a los pacientes incide la Fundación Española de Ictus, cuya presidenta, Carmen Aleix, que denuncia que en ocasiones los enfermos encuentran muchas dificultades para acceder a estos servicios en la Sanidad pública y reivindica la "situaciones de desamparo que generalmente padece este colectivo".

Incluso durante la pandemia, en la que no sale de casa a causa de su especial vulnerabilidad, ha seguido una rehabilitación online. "Ha sido muy duro, pero procuro quitarle importancia a las cosas. Es fundamental tener buena actitud. Hay que luchar y luchar y siempre luchar", incide.

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