Desde morir abrasada hasta envenenarse: las tendencias más mortíferas de la historia de la moda

  • El querer encajar en los cánones y las modas de las distintas épocas podía llevar a las mujeres a la muerte.
Ilustración que satiriza el uso del arsénico en la moda.
Ilustración que satiriza el uso del arsénico en la moda.
WELLCOME COLLECTION

Muchas veces hemos escuchado la expresión “para presumir hay que sufrir” de nuestras madres o abuelas cuando hemos tenido que pasar por un proceso doloroso o incómodo para ajustarnos a las distintas tendencias, como puede ser la depilación o llevar unos stilettos. Sin embargo, a lo largo de la historia han existido modas que hacían peligrar la vida de aquellas personas que las llevaban por seguir un determinado canon estético.

La crinolina

El siglo XIX fue el más prolífico en cuanto a modas mortales y peligrosas se refiere; y una de ellas fueron las crinolinas. También llamadas miriñaques, las crinolinas aparecieron en el año 1830 gracias a la emperatriz Eugenia de Montijo, y consistían en un armazón que se utilizaba para dar estructura a las amplias faldas. Al principio supuso una liberación para las mujeres ya que no necesitaban capas y capas de enaguas y telas para lucir voluminosos vestidos, sin embargo, entrañaban varios riesgos.

En los 50 años que duró esta moda, muchas mujeres murieron a causa de esta prenda, ya que las faldas se incendiaban con mucha facilidad. El fuego estaba muy presente en la época, ya fuese por las chimeneas o por las velas, y era muy fácil que las faldas comenzasen a arder, quedando la mujer atrapada en estas "jaulas" hasta quemarse. Cuando comenzaron a hacerse de metal, el roce de la falda con la crinolina podía causar una chispa que incendiase el vestido y provocase la muerte de las mujeres. 

Ilustración de una mujer llevando una crinolina.
Ilustración de una mujer llevando una crinolina.
WIKIMEDIA COMMONS

Al ser una estructura tan grande, era muy difícil acercarse a ellas para poder socorrerlas y finalmente acababan quemadas vivas. Estas muertes eran tan frecuentes que incluso el escritor Oscar Wilde perdió a dos hermanas por este motivo.

Belladona para una mirada brillante y ausente

Uno de los máximos de belleza en la moda victoriana era parecer una mujer enfermiza que sufría por amor, y para conseguir esa mirada ausente, en la que pareciese que se pensaba en ese amor, las mujeres se echaban gotas de belladona en sus ojos. Esto producía que las pupilas se dilatasen y tuvieran un aspecto de inocencia y ausencia.

Sin embargo, la belladona es una planta increíblemente venenosa y esta ilusión se desvanecía cuando el envenenamiento causaba sequedad en la boca, escozor y constricción en la garganta, ceguera, vértigos, dolores de cabeza e incluso alucinaciones. En el caso de no tener belladona cerca, las mujeres usaban unas gotas de zumo de naranja para tener más brillo en la mirada.

Retrato de la reina Victoria con la mirada brillante y ausente.
Retrato de la reina Victoria con la mirada brillante y ausente.
Franz Xavier Winterhalter

El verde de París

A mediados de 1800 se puso muy de moda un color muy estridente, un verde fuera de lo común. Se usaba tanto para la decoración como para la moda; y lo cierto es que se llevó muchas vidas por delante.

Antes de la invención de los tintes sintéticos, algunos pigmentos se creaban de formas muy peligrosas, y en el caso del verde de París, se elaboraba a partir del arsénico. Al ser un color bastante barato, tuvo un gran auge en la época victoriana y fue utilizado por pintores como Cézanne, Manet o Van Gogh, y también por la industria de la moda.

Desconocedoras de este peligro, muchas familias empapelaron sus casas con este tinte (entre ellos Napoleón, que tapizó todo el palacio) y miles de mujeres llevaron vestidos teñidos de este color, envenenándose sin saberlo.

Vestido teñido con el color verde de París.
Vestido teñido con el color verde de París.
Catharine Breyer Van Bomel Foundation Fund

Polvos de plomo

Durante cientos de años, la moda ha dictado que cuanto más pálida era la piel, más bella era una persona, por lo que era muy común entre la clase alta cubrir las cicatrices de la viruela con polvos blancos para unificar el rostro. Esto fue muy utilizado sobre todo en la época victoriana para tener una apariencia más lánguida, que se ajustaba a los cánones de belleza de la época.

El problema radicaba que estos pigmentos blancos para el rostro, escote y hombros eran realizados con plomo. El abuso continuado de estos polvos causaba parálisis facial, vómitos, despigmentación de la piel, alopecia, pérdida de piezas dentales, insuficiencia renal, y, finalmente, la muerte.

Una de las mujeres que utilizaron de forma desmedida los polvos de plomo fue la reina Isabel I de Inglaterra, que los utilizaba para tapar las cicatrices de la viruela. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad, ya que cuanto más los utilizaba, más perjudicada se veía su piel y, por lo tanto, usaba más cantidad.

<p>Cate Blanchett no ganó el Oscar por su interpretación de Isabel I de Inglaterra, pero la película recrea con maestría los primeros años de reinado de la conocida popularmente como 'la reina virgen'. Tiene secuela: 'Elizabeth: La edad de oro' (2007).</p>
La actriz Cate Blanchett, como Isabel I de Inglaterra.
POLYGRAM FILMED ENTERTAINMENT

Comer arsénico y mercurio

Siguiendo en la época victoriana, aparte de los polvos de plomo para conseguir una piel perfecta, se recurría a la ingesta de ciertas sustancias que no eran nada beneficiosas para la salud, entre ellas el arsénico y el mercurio. Según los "gurús" de este periodo, la toma diaria tanto del arsénico como del mercurio hacía que se tuviese una piel sin pecas, granos ni manchas. 

Una de las cosas más sorprendentes es que eran conocedores de que ambas sustancias eran venenosas, pero las mujeres de la época se decían a sí mismas que un poquito no haría daño, consiguiendo así una palidez mortal.

Loción de arsénico.
Publicidad de una loción de arsénico.
DR. MOUNTEBANK'S

Belleza radiactiva

Cuando Marie Curie descubrió el radio y el polonio, los efectos sobre las personas eran bastante desconocidos, por lo que la industria de la cosmética comenzó a usarlos para crear cremas que prometían tener un rostro más luminoso. Aunque algunas de estas cremas eran un timo, puesto que no contenían nada y eran totalmente inocuas, otras sí que los llevaban, haciendo que sus usuarios sufriesen alopecia, fatiga, náuseas, vómitos, desmayos, quemaduras y, al final, muriesen.

La publicidad de Radior, una de las marcas que usaban este elemento en 1918 señalaba: "Finalmente se ha encontrado una fuente perpetua de juventud en la energía de los rayos del radio. Cuando los científicos descubrieron el radio no soñaron que habían desenterrado un revolucionario secreto de belleza. Los rayos del radio revitalizan y dan energía a los tejidos vivos. Esta energía se convierte en una aliada de la belleza. Cada producto de la gama Radior contiene una cantidad de actual radio".

Crema que contenía radio.
Publicidad de una crema que contenía radio.
THO-RADIA

Con los rayos X pasó algo parecido. Cuando en 1896 el médico Leopold Freund, fundador de la radiología médica y la radioterapia, usó los rayos X para eliminar de forma satisfactoria gran cantidad de pelo que le había crecido a un paciente en la espalda, muchas personas se aventuraron a probar esta nueva técnica.

Aunque años más tarde se comenzó a informar sobre las quemaduras, dermatitis y tumores que causaba, su uso se extendió rápidamente para tratar también distintas dolencias, como eccemas, acné o lupus vulgar. Además, era una alternativa más barata, indolora y rápida a la electrólisis para eliminar permanentemente el vello.

Aunque se acortaron las sesiones para evitar los efectos secundarios (12 días de tratamiento con 20 horas de exposición), al final se necesitaban más y las consecuencias eran la mismas.

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