Grunge
Dos fotogramas de la película 'The Last days' de Gust Van Sant y una foto del grupo de Pearl Jam (centro). (ARCHIVO) ARCHIVO

Seattle es la cuna del grunge, y el grunge se ha hecho definitivamente mayor. Este movimiento musical nacido en los suburbios gracias a un sello, SubPop, y a unos chicos (y chicas) contestatarios, atildados en su desaliño, parece afrontar su definitivo ocaso.

No hay un signo mejor para reconocer que algo respira artificialmente que la subvención institucional. El alcalde de la ciudad, Greg Nickels, ha anunciado que tiene un plan para dar a la ciudad el título de 'City of Music', que ya ostentan otras urbes norteamericanas como Austin o New Orleans.

Otro signo de decadencia es el cierre o reconversión de muchos de los locales considerados históricos, como recoge en una extensa crónica Soitu.es. Los Soundgarden, Pearl Jam, Nirvana, Green River o Alice in Chains ya son reliquias de un pasado reciente.

La generación X, con sus mitos a cuestas, los venera como representantes de un sentimiento colectivo que viajó entre la desesperanza y la pasividad. Pocos son los locales que mantienen vivo el movimiento grunge. Algunos se han reconvertido, otros han cambiado de mano o simplemente han dejado de existir.

Pero quedan algunos. Como sucede, bien es cierto que a otra escala, con el barrio de Malasaña en Madrid, aún el viajero puede llenarse de nostalgia en algún local de resonancias míticas.

The King Cat Theater o Moe’s Mo’roc’n Cafe, que en su día acogieron los acordes de algún tema de Ten o Nervermind, siguen ofreciendo música a los nostálgicos y oportunidades a los jóvenes músicos que tratan de inmolarse en el eterno retorno del éxito.