Toteking
Toteking Selector Marx

«¡Éste es el volumen ostentoso y cabrón que quería!». Una lata de cerveza en la mano y los pies descalzos. Como un pescador sobre la moqueta del estudio de mastering en el madrileño barrio de Pueblo Nuevo. Manuel González Rodríguez, 187 centímetros de palabras. El Tote .

«Dame aquí un poquito menos de bombo, que no percuta tanto, que se vea el sampler, y un poquito más de brillo en la voz». Agachado tras el ingeniero, abrazado a sí mismo, todo cartílago, el King fiscaliza sus feudos: las 17 canciones de su nuevo disco, T.O.T.E. (Boa). Epílogo a un año de trabajo. No hay retorno.

Toteking (Sevilla, 1978) retoca. «Deja que siga por ahí, que entren los instrumentos». Acaba de enviar una copia de las piezas a su hombre de confianza y «hermano del alma», Dj Randy, ex vendedor de pescado en Coria («cuando fracasemos, yo despacharé helados y compartiremos los congeladores»). La prueba definitiva siempre es la misma: el equipo de sonido del coche. «Es el sustituto natural de la minicadena. La única forma de saber cómo sonarán las canciones en los ordenadores».

En el nervio de costura sin hilo con que se mueve se aprecia que los últimos tiempos han sido de tajo al sol: grabación con diez beatmakers (Oh No, Dametaylor, M-Phazes, Anonimous Twist...) y muchas dudas, entre ellas el desecho de varias canciones porque no quería repetir la fórmula. La prueba de fuego del disco en la calle no le inquieta. «Bailo mejor que antes, fui al logopeda porque usaba mal la garganta y la machacaba... No hay fisuras. No puede haber fallos. Este disco es el que quería hacer». Y la pimienta final de la insolencia genética del rap, la arenga de guerra antes de la pachanguita: «Los raperos son muy malos, y yo soy muy bueno».

‘Striptease’ hardcore

No para quieto. Aprovecha los minutos de volcado al disco duro de cada master para entrar en su cuenta de e-correo, habla con cadencia eléctrica, no siempre termina las frases... Tras Música para enfermos (2004) y Un tipo cualquiera (2006, 30.000 copias vendidas y tanta fuerza carnosa como para dejar en entredicho a todo el rock español de los últimos 20 años), en T.O.T.E. ejercita un striptease que le sitúa como juglar hardcore confesional. El Rey se desnuda. En las letras reconoce que está con tratamiento médico por un trastorno obsesivo compulsivo, que es víctima de ideas invasoras que inyectan una velocidad disparatada a su mente.

La palabra, aliada pero vampyr acechante, hija de la boca pero diente cariado y ennegrecido. «Obtengo muy poca satisfacción de lo que hago y me cuesta la vida que me guste lo que escribo. Llevo muy mal los días negros, cuando no creo en nada, en los que paso tres horas escribiendo y aquello no va a ningún lado... Los días en los que la palabra fluye son una fiesta, los días poco creativos me machacan la vida. Me enredo en las ideas, y las ideas me enredan a mí». No cualquier rapero sería capaz de presentarse herido. En el negocio del hip hop no manda el viaje interior. Han profanado demasiadas veces el verbo para saber que si no sabes caer, no sabes nada, bro.

Horas antes, en la oficina de la discográfica, posa rodeado de diccionarios. «Quiero ese retrato, tío. Es la primera vez que me sacan leyendo», pide a Selector Marx, el mismo fotógrafo que firma la portada del nuevo disco. Es media mañana y el Tote se ha levantado con el alma aplastada por tanta noche. Los libros le devuelven la sonrisa y le avivan los «genes moriscos» que no puede (ni quiere) disimular.

«No puedo nadar como Michael Phelps»

En T.O.T.E. hay imágenes que abren las puertas de una luz trascendente y casi literaria. Ejemplo número 1: «Hasta el mejor paseo por la playa acaba en las rocas». Ejemplo número 2: «El resignado ejercicio del verso». Ejemplo 3: «Pocos motivos para brindar en esta vida dedicada a observar». ¿Terminará el rapero agotando tinteros? «Soy bueno en mi oficio, pero no puede haber otro Dante, otro Chaucer, ¡no puede ser! Me encantaría poder escribir, pero leo a Tolstoi y digo: ¡no hay milagros! Yo no puedo nadar como Michael Phelps, no nos engañemos».

Esas cosas que cualquier bien nacido debería elogiar (la literatura, la casi licenciatura en Filología Inglesa –las giras le obligaron a dejar pendientes cuatro asignaturas–, la implicación en el mundo circundante más allá del barrio y la peña, la normalidad de su pose) le han granjeado, porque el corsé que más aprieta es el que se lleva en la cabeza, amores y enemistades. También alguna amenaza de los raperos de poco octanaje cerebral.

«¡Ahora sí!», dice el Tote tras escuchar la mezcla final de Todo lo que quiero, quizá la más contagiosa de las 17 canciones («es como Lupe Fiasco, tío, pero en sevillano»), un inventario de héroes y villanos donde enumera casi treinta nombres propios, desde Pablo Neruda y Ozzy Osbourne a Ikea o su detestado Julio Medem («es un moderno, y todos los que son como él nos destrozan desde su nube, nos complican la vida con paranoias extrañas de la mente y el sexo»).

Pese a este tipo de dictámenes como ladrillos (algunos imperecederos: «El franquismo, aunque no está, se siente como un miembro fantasma»), el Tote es tímido. Hay silencios entre tanta palabra y la suficiente ironía como para que no mande la hipérbole del estereotipo. «¡Qué paquetillo, tío! Cuando este disco fracase, me contratarán en la discográfica para que les aparque los coches», dice al verse en algunas fotos. «Si no fuese por la próstata, viviríamos 120 años. Yo ya meo por fases», se carcajea al hablar de la muerte por cáncer de su admirado Frank Zappa, uno de los rockeros a los que escucha desde niño gracias a la colección de vinilos de su madre. «De allí lo piqué todo. Desde Traffic a Deep Purple, el Madman across the water de Elton John o Hendrix».

Se le llena la boca al hablar de ellos, Manuel y Lola, sus padres, médicos de cabecera en la sanidad pública. «Son mis mejores amigos, la gente con la que hablo todo desde chico. La nuestra era una casa sin pestillos, de puertas abiertas. Todo era de todos. Mi padre lleva unos Pepe Jeans desde hace diez años y no necesita más. Es imposible ser mejor que él, no tiene ambición, no se mide con nadie, no discute con nadie».

¿Con quién se medirá el Tote el 13 de este mes, cuando cumpla 30 años? «Conmigo mismo, claro. Ahora voy para arriba, porque ya estoy abajo. ¿Cómo lo celebraré? Me compraré unos botines. Como no tengo espejo en casa, salgo al ascensor, le doy al botón, me veo los botines, y, cuando se cierra, pongo la pierna y me vuelvo a mirar. Lo haré unas cuantas veces. Caerán un par de pajas ese día. Después me soplaré una botella de vino, solo o con mi DJ».