“Por este Solzhenitsyn hubiera pagado el triple” De visita en una librería de viejo

  • Sus bajos precios, un reclamo para letraheridos en tiempos de crisis.
  • Una de las más, sino la más, barata de Madrid se llama 'Ábaco'.
  • ¿Conoces otras librerías de saldo en tu ciudad? Deja tu comentario.
Montañas de libros y alguna antigüedad, el paisaje en la librería 'Ábaco'. (N.S.)
Montañas de libros y alguna antigüedad, el paisaje en la librería 'Ábaco'. (N.S.)
N. S.

Dos inestables columnas de papel adornan la entrada del cuartito desde el que cada día, de lunes a viernes, Juan Carlos Plaza atiende a sus clientes. Juan Carlos es librero, y sus clientes, lectores. Su librería, en el número 1 de la calle de Dulcinea, es una de las más baratas y mejor surtidas de Madrid. Para no alargarlo: bomarzos a tres euros, almuerzos desnudos a cuatro, ébanos a dos.

Alrededor de las librerías de viejo pervive una mitología, entre iniciática y bohemia, que disimula el fondo prosaico del asunto: regateos, descuentos, lotes. Podrían ser naranjas o bujías, pero son libros. Para algunos, el aspecto crematístico es un vértigo; como a Josep Pla cuando le mentaban las bibliotecas públicas, a estas personas les acoge una tristeza activa, como una obsesión en la frente... Y, claro está, no entran.

Por fortuna para Juan Carlos y sus dos hermanos, José y Soraya, quedan lectores “a los que no les da repelús” ni el polvo ni el desorden ni los clásicos en papel amarillento y letra microscópica. Libros a los que no afecta esa edad de la obsolescencia que sacaba de quicio a Roger Wolfe en un poema.

Entre esta fauna, variada y reincidente, salen los compradores para los casi 70.000 volúmenes que, en un inverosímil equilibrio, se apilan en las estanterías de las tres librerías de la familia Plaza, una por cada hermano.

“Lo que más vendemos -dice Juan Carlos- es Historia y Filosofía. Lo que menos, Sociología y bestsellers del Círculo de Lectores”. Catorce años de dedicación exclusiva han desarrollado en él una sorprendente facilidad para valorar al vuelo el precio de los libros, bregar con los clientes que pretenden vender los suyos y elaborar un vago catálogo mental de las preferencias literarias de los más fieles.

Cuenta anécdotas, pero las cuenta con la prudencia de un comentario a pie de página. Una vez, un catedrático emérito de Filología Inglesa que husmeaba por su tienda exclamó: “¡Anda, si el autor soy yo!”. Y se compró a sí mismo. Otras veces, el protagonista es el propio librero: “Nunca acierto con las novelas que le mandan a mi hijo para el colegio; para la última tuve que irme al Corte Inglés”.

“¡Hubiera dado 2.000 pesetas!”

En la década de 1940, el abuelo de esta saga de libreros abrió una almoneda en la calle Fernández de los Ríos. En aquella época, el hambre y el frío eran algo más que vacíos espirituales y, antes que libros, mantas y camas eran todo a lo que los vecinos aspiraban. Fue allí -con la supervisión de su abuelo y más tarde de su padre- donde Javier, el mayor de los tres hermanos, comenzó a dar cambio a sus primeros clientes.

Con el paso de los años vinieron la experiencia y la posibilidad de abrir su propio negocio. En los setenta, los productos para la casa se vendían cada vez peor y, además, ocupaban demasiado espacio. Poco a poco, libros y enciclopedias fueron robándole sitio a sillas y estufas.

Hoy, en la tienda casi contigua a aquella almoneda, ahora regentada por su padre, apenas quedan antigüedades: algún óleo anónimo, una máquina de escribir, un juego de tazas de té. Restos del naufragio.

Javier es, de los tres hermanos, el que más años lleva en el negocio de los libros de lance. No sólo no teme que algún día se le caigan sobre la cabeza, sino que palpa el género con dulzura delerminiana, costumbre rara en el gremio.

Juan Carlos y Soraya aprendieron de él el difícil arte de tasar volúmenes. Ahora, cada uno atiende su propia librería, aunque para los grandes negocios (una empresa que encarga un metro y medio de libros para atrezzo de una obra de teatro o alguien que quiere deshacerse de la heredada biblioteca familiar) trabajan afanosamente juntos.

La crisis, sí, la notan. Los habituales compran menos. Aunque es verdad, asegura Juan Carlos, que también están haciendo "nuevos clientes” entre los que ya no pueden permitirse pagar 25 euros por una novela.

En el día a día, libro mal tasado es libro que nunca se venderá y espacio desaprovechado. Aquí no hay SGAE que valga. Los volúmenes sobrantes se reciclan o se regalan a una ONG. “A todos nos gustaría vender sólo obras de la Generación del 27 y primeras ediciones”.

Lamentos a parte, quizá sea éste uno de los pocos negocios en el que los consumidores reconocen que habrían ofrecido con gusto diez veces el precio original que pagaron. “Se acercó un hombre y preguntó por Un día en la vida de Iván Denisovich. Le cobramos 200 pesetas”, recuerda Juan Carlos. “Llevaba 10 años buscándolo. Estaba tan contento que reconoció que hubiera pagado dos mil”.

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