Y es que aunque parece que estas malas pasadas con la creación sucedieron hace mucho tiempo, todavía hoy están en la mente de grandes escritores, como Eduardo Mendoza, quien la pasada semana recordaba cómo el celo orientador de los censores le incapacitó "de por vida" para la delicada tarea de titular sus escritos.

Un pequeño trauma que nació, dice el escritor, justo en el momento en el que Soldados de Cataluña -primera novela de la transición, publicada en 1975- pasó a llamarse por "consejo" institucional La verdad sobre el caso Savolta.

Por su parte, Carlos Rojas debió sustituir en 1970 el título El campo del cabrón por Aquelarre, y tres años más tarde, el mismo autor debió matizar Diez figuras de la República ante la Guerra Civil por Diez figuras ante la Guerra Civil, puesto que entre los retratos se incluía a José Antonio Primo de Rivera junto a otros nueve personajes contemporáneos más tendentes a la izquierda.

No había 'obreros', sino 'trabajadores'. No existían en papel las palabras 'homosexual', 'adúltero' o 'suicida'

Su editor, Rafael Borrás -Planeta-, recuerda aquellos años como "un mal sueño kafkiano", en el que no había "obreros" sino "trabajadores" -"las señoras bajaban la voz al decirlo", apostilla-, y no existía en papel escrito adúltero, homosexual o suicida alguno.

"En una ocasión -recuerda con humor-, nos hicieron cambiar un principio en el que se describía sin más cómo la protagonista se despertaba y se preparaba, aduciendo que lo primero que una mujer debía hacer en el día era encomendarse a Dios".

Basta tomar algunos ejemplos de las recomendaciones hechas por los "lectores" oficiales -tras la ambigua Ley de Prensa e Imprenta de 1966 dejaron de llamarse "censores"-, para darse cuenta de hasta qué punto la naturalidad ha conseguido hoy hacerse un hueco en determinados temas.

Emplear la palabra "sobaco" era de mal gusto

Manuel Vázquez Montalbán, otro peso pesado de la literatura española, se vio obligado a cambiar "sobaco" por "axila" en una de sus obras. Al reclamar una explicación, el "lector" esgrimió simplemente que el primer vocablo era de un extremado mal gusto.

Así las cosas, no es de extrañar que los intelectuales agudizasen el ingenio contra la arbitrariedad de un Régimen que era más duro con los libros baratos que con los caros -por la potencial divulgación entre las clases bajas- y que alardeaba de la amplitud de su lista de escritores malditos, en la que Alberti, Arrabal y Goytisolo eran sólo algunos ejemplos.

El editor Carlos Barral "se pasó los sesenta viajando a Madrid desde Barcelona para negociar con Robles Piquer trozos censurados", rememora para Efe la escritora y actual directora de la Biblioteca Nacional, Rosa Regás, que por aquel entonces aún no publicaba y había creado la editorial La Gaya Ciencia, que la policía "revolvió varias veces" para secuestrar ediciones enteras de determinadas obras.

Precisamente a esta editorial -dentro de la colección Biblioteca de Divulgación Política- se le prohibió "tajantemente" la publicación de dos obras, Las fuerzas armadas de José Fortes, y Comisiones obreras de Nicolás Sartorius, a pesar de que, subraya Regás, "ya estábamos en el 76 y Franco había muerto hacía un año, lo que da idea del poder que aún ostentaban los militares".

Un año antes, el escritor Ignacio Riera se vio obligado a cambiar el título "Como la enfermedad, como la muerte", si quería que su novela, cuyo argumento giraba en torno a la repoblación de Sierra Morena con colonos alemanes, y no a los últimos días del dictador, viese la luz, después de estar casi una década prohibida.

No obstante, y sobre todo en la recta final de la dictadura, la represión no pudo con la curiosidad intelectual. Comenzaron a proliferar así los sinónimos con truco para referirse a según quién, y las librerías en las que, previa amistad y como por arte de magia, se hacían aparecer de debajo del mostrador volúmenes malditos.

Uno de ellos fue el libro de poemas "Guirnalda Civil" de Jorge Guillén, que el editor Mario Muchnik recuerda con especial cariño puesto que, en 1974, lo mandó imprimir en Argentina y, a través de la frontera con Francia, consiguió que entrase clandestinamente en España, "donde se agotó enseguida".