La verdad sobre la corte saudí, al descubierto: una extrabajadora confiesa la explotación, desde golpes a castigos

  • Catherine Coleman ha contado cómo fue testigo de vejaciones e insultos a los trabajadores por parte de una princesa.
El rey de Arabia Saudí, Salmán bin Abdulaziz, en una imagen de archivo.
El rey de Arabia Saudí, Salmán bin Abdulaziz, en una imagen de archivo.
Wikimedia Commons

"El sueldo era muy bueno". Esa fue la razón que se autoimpuso Catherine Coleman para dar un giro en su vida y acabar sirviendo como empleada en la corte de Arabia Saudí para una princesa. De todo aquello de lo que fue testigo acaba de darlo a conocer en el diario The Times y por sus palabras se entiende que la monarquía del país de Oriente Medio sea una de las más reservadas, hieráticas y herméticas del mundo.

Coleman vivió en Riad, en la capital del país. Como mujer sabía a lo que se podía exponer, pero nada más llegar supo que aquel periplo vital sería mucho peor de lo que podía pensar: tenía que aprenderse de memoria 4 páginas completas de normas de protocolo que no debía incumplir bajo ningún concepto.

Entre estas, por ejemplo, estaba la de no dar jamás la espalda a su jefa, la princesa, de la que prefiere no dar el nombre por temor a posibles represalias, discutir con cualquier miembro de la realeza tuviese o no tuviese la razón, ni tener relaciones íntimas con el personal. Ni siquiera entrabar amistad.

Su trabajo era el de administrar al personal de servicio, el cual solían ser grupos de empleados que venían de Filipinas y que recibían continuas vejaciones y maltratos por parte de la princesa, que se refería a ellos como "animales". Aunque se suponía que ella estaba allí para aplicar una estricta disciplina entre estos trabajadores si no cumplían con sus funciones o con las instrucciones dadas, Coleman asegura que siempre se resistió a hacerlo.

Esto le podía traer problemas pues si ella rompía alguna de las normas podía ser asimismo arrestada y la monarquía saudí no tiene obligación alguna de avisar a la embajada de su país. Muchas veces, afirma, se quedó trabajando hasta las 4 de la madrugada.

Ejemplos de castigos

En el tiempo en el que estuvo, rememora Coleman, llegó a ver fotografías de sirvientes heridos y en una ocasión vio con sus propios ojos cómo a un empleado que cometió un error le tiraron un bote de agua helada encima y luego le obligaron a pasar la noche entera en el jardín, sin ropa y en pleno invierno.

También narra cómo una compañera de este empleado le mostró a Coleman un ojo morado, fruto de un puñetazo que le había dado la princesa, cabreada y disconforme porque le habían regalado una pieza de bisutería barata. Y lo pagó con ella.

Muchos de ellos aguantaban porque, cuenta Coleman, después de estas humillaciones y ataques les regalaban joyas o se les entregaban grandes cantidades de dinero, ofrendas que servían tanto en señal de disculpa como para comprar su silencio.

Como Coleman dice para el citado medio, ella no estaba de acuerdo con estas prácticas, lo que hacía que fuera cuestionada por la princesa. Relata que en una ocasión se descubrió que un sirviente tenía una pequeña bolsa de azúcar en su habitación. "Me dijeron que lo castigara esparciendo sus pertenencias por todo el suelo y cubriéndolo todo con una pasta hecha de azúcar y agua". Se negó.

Amenaza y salida

Motivada por esto, su jefa la obligó a pasar una evaluación psiquiátrica, que fue para Coleman la gota que colmó el vaso de su paciencia y decidió que tenía que dejar ese trabajo e huir de allí, tanto del palacio como de Arabia Saudí, con la celeridad posible.

Pero nada era tan fácil en el país que regenta el rey Salmán bin Abdulaziz. Sin el permiso de su empleadora (o sea, de la princesa), no se puede abandonar Arabia Saudía, así como, si rompía el contrato, tendría que abonar de su bolsillo nada menos que 4.000 dólares en concepto de multa.

A Coleman no le quedó más remedio que jugárselo todo a una sola carta y amenazó a la princesa con contarle todos los vilipendios, oprobios y tropelías que realizaba a su hermano, que era su tutor (una figura imprescindible para cualquier mujer en el país). A las dos horas, asegura la mujer, su jefa estaba firmando los papeles.

"Decir adiós al personal, sabiendo que no tienen medios para escapar, fue una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer. Sin embargo, sabía que tenía que irme, por mi cordura y mi supervivencia", concluye Coleman finalmente su relato.

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