La vida en tiempos de pandemia: la peluquería es salud mental

La reapertura de las peluquerías ha sido la imagen del primer día de la desescalada.
Susana riza el pelo de Rosaura en la peluquería Mondiale.
G. S.

Nunca he olvidado el día que llegué a mi primera cita hace 24 años en la peluquería Mondiale. Me recibieron como a un rey, me pusieron una bata negra, me lavaron el cabello con doble pasada de champú, me hicieron un masaje (capilar) inolvidable y extenuante de lo largo que fue y me sirvieron un café de gran calidad antes de que Miguel, de 58 años, empezara a moldearme mi pelo desordenado y desalineado con las tijeras y el peine.

Desde entonces soy un cliente fiel y podría bajar en pijama o pantuflas porque la tengo a un metro de mi portal. En cuanto vi la semana pasada la luz encendida y la puerta entreabierta rogué que me apuntarán en el cupo del primer día de apertura y amablemente (ser cliente tiene sus ventajas) me pusieron a encabezar la lista de doce señoras y tres caballeros entre las 9 y las 14 horas de ayer lunes.

Mayo es temporada alta para cualquier peluquería. Es el mes de las bodas y las comuniones, con el día de la Madre bien señalado en el calendario, y los primeros cortes preveraniegos cuando empieza a apretar el calor. Pero 2020 ha sido un año catastrófico.

Limitación de clientes

Miguel y su socia Susana, de 51 años, tuvieron que solicitar un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo), renegociar el alquiler con los dueños y aplazar el pago del IVA del primer trimestre. Hoy se disponen a remontar siete semanas sin trabajar.

“Dos meses sin ingresos es la antesala del cierre. No hubiéramos podido aguantar otro mes más. Además, las limitaciones sobre el número de clientes hace que el negocio no sea rentable”, explica Miguel mientras el teléfono no deja de sonar gracias a sus clientes fijos.

"Dos meses sin ingresos es la antesala del cierre. No hubiéramos podido aguantar otro mes más"

Rosaura, de 69 años, segunda cliente del día, afirma mientras es atendida por Lourdes, de 36 años, que “la peluquería es esencial y semanal” y confiesa que estos dos meses ha preferido no mirarse al espejo para “no deprimirme”. “Hace unos años me rompí la tibia y el peroné y todas las semanas me traía mi yerno en su coche”, recuerda esta viuda y pensionista que regentó una tienda de lencería.

Maricarmen, de 75 años, reconoce que la peluquería “es mi segunda casa y Susana mi estilista, mi amiga y mi confidente”. Durante el confinamiento ha aprendido a ponerse rulos aunque no se ha atrevido con el tinte. “Es importante venir cada 10 días a que me decoren un poco porque así me gusto más a mí misma y, espero, que también a los demás”, cuenta esta “gerente de hogar, ¡ama de casa, vaya!”.

Lavado de pelo en la peluquería.
Miguel lava el pelo a Diego antes de cortárselo.
G.S.

La cotidianeidad magnética

Llevo días pensando en todas las películas que he visto que transcurren en peluquerías. Quién no recuerda a Johnny Depp en 'Eduardo Manostijeras', cuyos dedos eran cuchillas. Quién ha olvidado a un atractivo Warren Beatty en 'Shampoo', estrenada antes de morir Franco, incapaz de mantener el límite profesional con sus clientas, todas rendidas a sus pies. O escenas de mafiosos con el cuello rebanado en una barbería-peluquería como en Promesas del Este, la fantástica película de David Cronenberg, interpretada por un cautivante Viggo Mortensen.

He de reconocer que mi película favorita es 'El marido de la peluquera', de Patrice Leconte con una exuberante Anna Galiena y un fantástico, como siempre, Jean Rochefort, que acaba consiguiendo su sueño de la infancia: casarse con una peluquera. La cotidianeidad con que se desenvuelven los dos protagonistas crea una atmósfera magnética entre las cuatro paredes del local.

Ana, auditora de 45 años, considera que “el servicio de peluquería es fundamental para la salud mental” y se queja de que “las ministras y el propio Pedro Sánchez hayan usado a sus peluqueros mientras que los ciudadanos de a pie lo hemos tenido prohibido durante cincuenta días”. Todas las semanas tiene cita en el establecimiento porque “necesito verme bien y me sirve para dignificarme como persona”.

El primer cliente varón es Victor, un mecánico de 28 años que viene desde hace tres años, el tiempo que lleva trabajando Raquel, también de 28 años, como peluquera, amiga desde párvulos. Víctor suele cortarse el pelo cada tres semanas. Durante el confinamiento tuvo que usar un día la maquinilla eléctrica porque “lo llevaba como una maraña”. El tiempo medio de un hombre es de media hora, la mitad de lo que tarda una mujer, y un tercio de una persona que se colorea o se tiñe el pelo.

El cabello "es el espejo del alma"

Marta, de 50 años y directora de recursos humanos, afirma que venir a la peluquería es similar a “una terapia física y psicológica porque al verte mejor por fuera te sientes mejor por dentro”. Reconoce que puede sonar “banal pero no lo es” porque “la cara (que incluye el cabello) es el espejo del alma”. Asegura que “la imagen externa es importante en función del trabajo que tengas y ayuda a sentirte bien contigo mismo”.

Isabel, de 51 años y contable, se quedó sin trabajo antes del inicio de la pandemia y dice que “voy a tener que reinventarme”. Confiesa que es muy presumida y verse bien en el espejo potencia su autoestima. Se declara “una persona muy casera que he hecho un confinamiento a rajatabla porque tengo una enfermedad autoinmune”. En agradecimiento a que le han dado un trato preferencial, “les he traído un bizcocho hecho por mí”.

Me encanta como Miguel usa el peine y las tijeras. Recorta la melena frondosa de Diego, estudiante universitario de Historia de 22 años, uno de los clientes más jóvenes de la peluquería. Quizá no sepa que peine deriva de “pecten”, una palabra del latín que definía a un molusco marino con unas púas que servían para suavizar el pelo, y que tiene su origen en tiempos de egipcios y asirios. O que las tijeras, de bronce o hierro, se utilizaban tal como las conocemos hoy en la Roma del siglo I d.C.

"Lo he pasado fatal porque no me sé arreglar y mis pelos necesitaban un tinte urgente"

Diego no considera la imagen tan importante como algunos de sus amigos. De hecho, no se fija en los cambios de los peinados “a no ser que sean muy radicales”. Asegura que el primer día después de cortarse el pelo “me siento raro hasta que me acostumbro” y lo primero que va a hacer cuando acabe “es mandarle una foto a mi novia para que me critique”

“Estás guapísima”, piropea Susana a Tere, de 69 años y antigua estanquera en Fernando el Católico, 15, un establecimiento que abrió su abuela en 1953. “Lo he pasado fatal porque no me sé arreglar y mis pelos necesitaban un tinte urgente”, explica la mujer. Su fidelidad a Susana viene desde hace 33 años cuando era una primeriza peluquera de 18 años. “Es mi clienta más fiel”, dice la peluquera. “Miguel me peina bien, pero no me peina igual”, explica Tere ilusionada porque “esta noche cuando salga a aplaudir a las ocho los vecinos se preguntarán quién es esa señora”.

Sobre el cabello han hablado poetas y escritores de diferentes periodos. Cesar Vallejo escribió que “tu cabello es la ignota raicilla del árbol de mi vida” y Jorge Luis Borges afirmó que “he vislumbrado tu cabello que es de ceniza o es aún de oro. William Shakespeare llegó a decir que “hay muchos hombres que tienen más cabello que ingenio” mientras Martin Luther King suavizó: “El cabello es el ornamento más rico de las mujeres.”

Lourdes prepara el tinte de una clienta.
Lourdes prepara el tinte de una clienta.
G. S.
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