Ana Obregón: la reinvención de una cenicienta convertida en madre

  • La actriz ha dejado de ser ella para convertirse en un apéndice de su hijo, que lucha contra el cáncer.
Ana Obregón, en una entrega de premios en 2019.
Ana Obregón, en una entrega de premios en 2019.
GTRES

Está viviendo una de las épocas más complicadas de su vida. Ana Obregón ha dejado de ser ella para convertirse en un apéndice de su hijo, que lucha contra el cáncer. Su entrega no es nada nuevo. Ana siempre ha ejercido de padre y madre sin que ello haya supuesto un problema con el conde Lequio. La situación es compleja pero, siguiendo instrucciones de su hijo, prefiere restarle importancia ante la opinión pública. 

Aless ha demostrado una fortaleza que no solo despierta admiración profunda sino que sirve de lección inacabable en tiempos de confinamiento. Con la tristeza desbordando sus grandes ojos, tan expresivos como enigmáticos, Ana dibuja sonrisas de esperanza cuando se refiere a su hijo. Aunque no lo sabe, es una mujer afortunada a la que la vida ha obligado, una vez más, a reinventarse a marchas forzadas.

Ya no es tan frívola como cuando en la década de los 90 copaba las revistas del papel cuché. Por aquel entonces era un auténtico icono al que la audiencia rendía pleitesía. Era uno de los rostros más queridos por los espectadores. Y por los directivos. ¿Qué apostamos? fue su pasaporte a un éxito que supo revalidar en cada formato. No solo como presentadora, sino como creadora y actriz protagonista de series como Ana y los siete

Bióloga de profesión, y soñadora por convicción, más que presentadora se convirtió en tradición. Y ella lo sabía. Al tiempo que su popularidad mediática aumentaba, también lo hacían sus escándalos personales. La infidelidad de Alessandro Lequio con una azafata de Iberia fue el inicio de una cascada de polémicas que la llevaron a ser personaje recurrente en tertulias del colorín. Aunque logró zafarse sin rencor y con éxito del primer envite sentimental, su currículum amoroso le hizo conocer más de una amargura.

Lo suyo con Micky Molina fue tan ardiente como comentado pero no menos que su breve pero intensa relación con Davor Suker, aumentada y corregida por Martes y Trece, que vieron un filón en ironizar sobre la falsa explosión de sus pechos y el idilio futbolero. Ana hacía caso omiso a las habladurías. Y, al llegar el verano, se encorsetaba en biquinis imposibles desde Mallorca. Era la forma en la que podía tener controlados a los fotógrafos que la perseguían durante las vacaciones. Cotizaba al alza al llegar las altas temperaturas. Y las marcas empezaron a rifársela para patrocinar sus posados estivales.

En nuestros viajes juntos -y en las largas charlas mantenidas durante años- he descubierto que sobre ella hay escritas muchas más fábulas que realidades. La sombra de la fantasía que le persigue se esfumó la mañana en la que, apresurada, me echó el teléfono abajo diciéndome que una gaviota se había llevado el cruasán del desayuno. Me dejé llevar por las habladurías hasta que pude ver el vídeo del hecho insólito. Sus 'obregonadas' son tan reales que parecen ficción.

Pero como todos, Ana también tuvo una época negra. Fue cuando inició su relación sentimental con el polaco Darek. Fueron muchos los que no entendieron un idilio que acabó como se esperaba y que dejó en evidencia al modelo. Nada de lo que parecía sentir por nuestra protagonista era sincero. Al menos es lo que declaró ella cuando todo saltó por los aires. 

Su noviazgo afectó claramente a su imagen, pero no solo porque nadie se creyó ese amor de plexiglás sino porque se dejó enredar en conflictos con la prensa que, con el paso de los años, ha entendido que fueron síntoma inequívoco de que había tropezado en el camino. Pero Ana supo enderezarse. Regresó convencida de no querer remover el pasado, tal vez resignada u obligada a olvidar, y encadenó proyectos. Uno detrás del otro. Incluso teatrales.

Desde entonces, su vida sentimental es un auténtico misterio. Ni siquiera los que la consideramos amiga sabemos cuánto tiempo lleva sin dejarse amar. Tiene miedo a esa condena que es la ruptura tras el hervor de oxitocina y endorfinas. Prefiere dedicarse a cuidar a sus padres y sentirse útil al lado de su hijo. Ojalá todo acabe pronto, porque la necesitamos de vuelta en el paraíso rosa.

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