La vida en tiempos de la pandemia del coronavirus: "El daño de dos pedregadas"

Cristobal Omedes cargando las cajas y dos de sus trabajadores
Cristobal Omedes cargando las cajas y dos de sus trabajadores
GERVASIO SÁNCHEZ

La ciudad de Zaragoza cuenta con catorce barrios rurales y una población de 30.000 habitantes. Algunos, como Casetas, son más grandes que muchos pueblos aragoneses. Otros apenas tienen 27 habitantes como Torrecilla de Valmadrid.

Movera, con 2.900 habitantes, está a cinco kilómetros de la Plaza del Pilar en línea recta y limita con el río Ebro y su afluente el Gállego. El hortelano Cristobal Omedes, de 51 años, hijo y nieto de agricultores por padre y madre, me recibe allí con gran amabilidad y paciencia (no tengo ni idea del mundo horticultor).

“El daño que vamos a sufrir durante la pandemia es similar a dos pedregadas”. Me lo dice como si quisiera quitarle dramatismo a la situación angustiosa que vive el campo aragonés, acostumbrado a soportar las inclemencias de la vida sea por sequías, temporales, pandemias o simplemente por la mala suerte.

Es el único de cuatro hermanos que se ha dedicado a la agricultura. Está casado con una maestra de primaria y tiene dos hijos, un varón de 18 años y una niña de 11 años. Con 18 años se compró su primer tractor que enseña con gran orgullo porque sigue funcionando 33 años después. “Me costó dos millones de pesetas y tardé muchos años en devolver el préstamo bancario a un interés del 18%”, recuerda. Otros tres tractores están ordenados de mayor a menor a la entrada de su propiedad.

Confiesa que fue un mal estudiante y la mejor solución fue seguir la tradición familiar. “Ahora tengo que estudiar mucho porque el trabajo de agricultor está muy profesionalizado. Hay que saber de motores, baterías, abonos, fitosanitarios, insecticidas, contratos”, explica con ironía.

Se levanta cada día a las tres y media de la madrugada y va a Mercazaragoza a vender sus hortalizas durante tres horas. Regresa a casa y trabaja en los diferentes campos familiares y alquilados con “su equipo”. Lo dice con orgullo: “mi equipo lo forman tres trabajadores gambianos. Distribuyo las horas laborales en función de las necesidades para que haya trabajo durante todo el año. Ellos dependen de mí, pero yo también dependo de ellos”.

Ante mi extrañeza me cuenta que no es fácil formar un equipo de trabajo. “He llegado a ofrecer en los bares del pueblo trabajo para varias jornadas y ni los parados han aceptado Muchos inmigrantes trabajan hasta que consiguen el mínimo cotizado para cobrar el subsidio. Cuando se les acaba tienen una ayuda de seis meses. Algunos quieren cobrar en B, pero yo hago contratos legales”, afirma.

Hoy toca recolectar acelgas que hay que distribuir en cajas de once kilos. En total 170 cajas, unos 1.900 kilos. “Lo que recojo tengo que venderlo antes del puente festivo. Antes tenía unas ovejas que se comían el sobrante”, explica Cristobal que se declara “agricultor y empresario”.

Mamadou actúa como jefe de la cuadrilla. Tiene unos 40 años y dos hijos de 12 y 7 años. “Mi mujer está muy preocupada por la pandemia. En mi país ha habido cuatro casos y un fallecido. Todos los días hablamos varias veces”, explica.

Trabajaba como tendero en Serekunda, la ciudad más grande de Gambia, situada al suroeste de la capital Banjul. “Decidí venirme a España para ayudar a mi familia. Mis dos hijos estudian primaria. Si hubiera estudiado tendría una mejor vida. Voy cada tres años y me quedo entre un mes y tres meses en función del dinero que haya podido ahorrar”, dice después de asegurarme que tiene un buen jefe.

De izquierda a derecha: Mamadou, Lasmin y Amadou cargan cajas de acelgas.
De izquierda a derecha: Mamadou, Lasmin y Amadou cargan cajas de acelgas.
GERVASIO SÁNCHEZ

Amadou tiene unos 30 años y dos hijos de 5 y 4 años. “Papá ven a casa”, pero no tengo dinero para hacerlo. Nuestra vida es sencilla: trabajar, comer y ahorrar. Cada mes envío una cantidad en función de lo que ahorro”, cuenta.

El más joven Lasmin, nacido en 1995, tiene tres hijos de 4, 2 y 1 años y lleva cinco meses en Zaragoza aunque conoce España desde hace ocho años. “Cada vez que vas a Gambia embarazas a tu mujer”, dice uno de los presentes. Se echa a reír primero por el comentario y luego por la actitud de Amadou, que se revuelca en plan payasete entre las hojas sobrantes de las matas de acelgas.

"Son ordenados, respetuosos, religiosos pero no radicales. Tuve un trabajador muy fanático que no aceptaba que mi mujer le pagara o le ordenara hacer un determinado trabajo"

“Son ordenados, respetuosos, religiosos pero no radicales. Tuve un trabajador muy fanático que no aceptaba que mi mujer le pagara o le ordenara hacer un determinado trabajo”, explica el hortelano. Algunos trabajadores han abandonado el campo al encontrar un mejor trabajo. “Me quejaba a mi padre cuando todavía vivía. Él siempre me decía: ¿piensa en lo que tú harías en su lugar? Y se me pasaba el enfado”, recuerda.

Todos sus trabajadores tienen contratos legales y suelen ser amigos o familiares de otros contratados. Confiesa que no les puede encargar trabajos más complejos porque no están capacitados o por miedo a que el seguro de responsabilidad civil no le cubra en caso de un accidente o desperfecto. “Pero tampoco se lo encargaría a mi hijo de 18 años”, dice.

La acelga comienza a almacenarse en el camión. Mañana se pagará la caja a cuatro euros, unos 0,35 euros por kilo. Hubo que labrar, poner estiércol, sembrar, nivelar la tierra para una mejor distribución del riego de agua y “fuera bien la naciencia”, recolocar las plantas a una distancia de 20 centímetros con una espátula y una a una, abonar y regar varias veces.

"El sábado pasado estuve hasta la ocho de la noche sulfatando larvas de pulgón porque sabía que iba a llover y se multiplican con la humedad. Si no lo hubiera hecho me hubiera quedado sin cosecha en horas"

“El sábado pasado estuve hasta la ocho de la noche sulfatando larvas de pulgón porque sabía que iba a llover y se multiplican con la humedad. Si no lo hubiera hecho me hubiera quedado sin cosecha en horas. A veces tengo que iluminarme con el móvil y mirar con una lupa porque empieza a fallarme la vista”, explica. El día anterior compró 2.000 litros de gasoil que ha bajado de 0,70 a 0,52 para ahorrarse 360 euros.

“Nadie quiere hacer este trabajo, ni nuestros hijos. La Asociación de Hortelanos de Zaragoza, con mi padre de presidente durante 25 años, estaba formado por 380 agricultores. Hoy somos 26”, resume.

Su vida laboral de lunes a viernes empieza a las tres y media de la mañana hasta la hora de comer. Y luego sigue por la tarde hasta la noche. Los sábados y domingos se levanta a las siete como si estuviera de vacaciones y sigue trabajando. Su hija le dice a veces: “Papá, solo trabajas, comes, duermes”. Aunque aprovecha dos semanas al año para viajar por España o Europa con toda la familia.

Se queja de comentarios que hieren. Por ejemplo: “he comprado tres kilos de acelgas por un euro”. “Es tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Con esos precios todos perdemos: el agricultor, el tendero y el comprador porque los hortelanos se hartan y dejan de producir”, sentencia

La acelga estará mañana en la mesa de muchas personas. 24 horas después de haber sido recolectada. Algo así no tiene precio. Me regala varias matas de acelga antes de despedirnos. El sobrante lo reparto entre los vecinos. Es un lujo comer algo tan fresco.

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