La vida en tiempos de pandemia: 'Ni una sonrisa en cuatro horas'

Un bebé en una silla de color verde.
Un bebé en una silla de color verde.
GERVASIO SÁNCHEZ

Sé que una cámara siempre interfiere en el comportamiento de los humanos. Nada sigue igual en cuanto se detecta la presencia de un extraño cargado con un instrumento que apunta. A nadie le gusta que le ojeen o encañonen sin permiso.

Por eso cuando trabajo una historia en profundidad, que puede durar días o semanas, dedico mucho tiempo a convencer de que no estoy allí para hacer daño. Si consigo que me den el acceso que necesito, la historia en imágenes y palabras fluirá con mayor facilidad y, a veces, gracias a la generosidad y ternura de los protagonistas, te toparás con historias únicas.

En la cobertura de esta pandemia estoy haciendo fotografías con un móvil por su escasa vistosidad y su aparente docilidad. Tienen calidad suficiente para publicar en papel o en la web aunque sé que luego no podré usarlas en exposiciones o en libros. Un sacrificio necesario si quiero pasar desapercibido.

Al salir de casa muy temprano tenía un plan de trabajoque no se ha cumplido. Las personas que tenían que venir no se han presentado. Es lo peor que le puede pasar a un periodista. Que no pase lo que tenía que pasar y te quedes sin tema. Sé que lo conseguiré dentro de unos días. Pero te invade una tremenda frustración.

He decidido callejear a treinta por hora. No es que quisiera sobrellevar el insomnio crónico como Travis Bickle (qué lección de cine de Robert de Niro) en Taxi Driver, la inolvidable película de Martin Scorsese, ni imitar a Morgan Freeman paseando a la antipática y autoritaria Miss Daisy (sublime Jessica Tandy).

Simplemente, quería observar cómo fluye la vida en la calle cuando está casi todo prohibido por orden gubernamental. En la primera hora, entre las ocho y las nueve de la mañana, he regresado del barrio rural donde me encontraba y me he topado con las calles vacías.

Un repartidor atraviesa una zona desierta.
Un repartidor atraviesa una zona desierta.
GERVASIO SÁNCHEZ

Me gusta hacer fotos desde el coche. Uno de mis libros preferidos es Telex Irán, de Gilles Peress, uno de los fotógrafos que más me ha influido. Visitó Irán tras el triunfo de la revolución islámica en 1979 y, en seis semanas, hizo un relato gráfico imprescindible. Algunas de sus imágenes más potentes las capturó durante los desplazamientos en coche.

Tengo que decir que desconozco el callejero de Zaragoza y que lo sigo desconociendo después de esta experiencia de cuarenta kilómetros por su zona urbana. Por lo que no puedo dar nombres de calles y barrios aunque sí puedo explicar sensaciones. Describir y fotografiar lo que el resto no puede ver. Ser testigo, un privilegio impagable.

Aunque en la catástrofe que estamos viviendo todo envejece muy rápido. Incluso las cifras. Lo que escribí hace una semana ha quedado sepultado por la triste realidad con el doble de muertos que el domingo pasado. "Una vez alcancemos el pico"; "doblegaremos la curva de la expansión"; "aunque necesitamos mantener las medidas dos semanas más". Y "la luz al final del túnel" en el dato positivo: "se ha reducido el ritmo de contagio de un 20% diario al 6% de ayer".

En una calle de una sola vía me encuentro con una ambulancia parada del 061 y tengo que esperar diez minutos. Una mujer en sillas de ruedas sale de un portal acompañada por el equipo sanitario. Parece un traslado cotidiano de una paciente con alguna patología previa. El conductor de la ambulancia me pide excusas con la mano abierta.

Veo una patrulla municipal clausurando un local abierto, dos dotaciones de la Policía Nacional revisando un portal, un furgón funerario delante de un edificio y otras dos ambulancias del 061 medio kilómetro después. Dos sanitarios se están poniendo sus equipos de protección individual antes de acceder al portal.

Son calles más transitadas que las anteriores pero nadie pregunta ni se para a curiosear. Al contrario: se acelera el paso, se voltea la cara, se congestiona la mirada. La pandemia también ha liquidado la curiosidad.

A las once ya hay colas en algunos supermercados, panaderías, bancos. El reloj electrónico de una farmacia sigue marcando la hora antigua. Un orden exquisito en casi todas partes. Rigurosa distancia de seguridad. Pocas conversaciones. Rostros serios y preocupados. Sin mayores de 65 años. Ni una sonrisa en cuatro horas.

Unas personas hacen cola delante de un supermercado.
Unas personas hacen cola delante de un supermercado.
GERVASIO SÁNCHEZ

Un bebé en un vistoso carrito verde y un adolescente que acompaña a una mujer, quizá su madre. Sólo dos menores en todo el largo recorrido. Ciento veinte mil menores de 18 años desaparecidos de un plumazo. Una ciudad sin niños.

Otros cuarenta mil jóvenes en edad universitaria confinados. Relacionándose telemáticamente con sus parejas y sus amigos. También con sus profesores. Tristes porque se quedan sin viajes de fin de curso, de paso del Ecuador. Con los planes postergados hasta el fin del confinamiento. Una ciudad sin jóvenes.

Un ejército de mayores de 65 años, clasificados como personas de alto riesgo en tiempos de pandemia, aún más enclaustrados. Algunos viviendo solos, contando cómo pasan los días, soñando con ocupar los bancos de las plazas, dar de comer a las palomas o caminar rigurosamente por prescripción médica. Una ciudad sin mayores

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