La vida en tiempos de la pandemia del coronavirus: 'Se buscan personas para llorar'

Dos voluntarias atienden a una mujer residente en la Residencia de ancianos de Épila .
Dos voluntarias atienden a una mujer residente en la Residencia de ancianos de Épila.
GERVASIO SÁNCHEZ

Mi padre murió en una residencia. Su vida se fue apagando lentamente durante una semana. Las trabajadoras lo cuidaron hasta el último minuto y sólo abandonaron su habitación para que pudiéramos despedirnos de él en la intimidad familiar. Lloraron tanto como nosotros. Las que estaban de turno aquel viernes 16 de diciembre de 2011. Las que llegaron al día siguiente y las que regresaron el lunes cuando ya había sido incinerado.

Me imagino a las decenas de miles de trabajadoras de residencias (y a miles de varones) llorando hoy ante la violencia con que la pandemia diezma a los ancianos. Muchas viendo en directo todos los días como el virus arrasa con los más débiles. Otras infectadas y postradas en sus camas o incapaces de acudir a sus puestos laborales por miedo al contagio o a morir, algo infinitamente humano.

Seguro que muchas trabajadoras sufren precarias condiciones laborales y que hay residencias que no tiene el personal adecuado. Seguro que algunas piensan que los ancianos “no pueden ser tornillos en una cadena de producción”, como ha dicho alguna líder sindical durante las luchas reivindicativas.

Pero es de una grave injusticia “acusar a las residencias de mayores de no estar preparadas para un cataclismo como éste y criminalizar a sus trabajadores”, tal como ha declarado recientemente José Manuel Ramírez Navarro, presidente de la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales en toda España.

“Cualquiera que conozca el paradero de la compasión (como dice el maravilloso poema Pequeños anuncios de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska) que lo cante a voz en grito” por las cocineras, limpiadoras, auxiliares, trabajadoras sociales, directoras, todo el personal de las miles de residencias que se han batido con una entereza descomunal contra un virus muy infeccioso, y que recuerde, en medio de este luto insoportable, que las residencias geriátricas no son hospitales sino “lugares para vivir y convivir”.

En Madrid casi el 40% de los fallecidos por coronavirus vivían en residencias. En Aragón ese porcentaje llega al 60%. Ayer ya eran 89 fallecidos y 119 hospitalizados de 334 residencias con 22.000 residentes. Diez de ellos, más del 11%, han muerto en Nuestra señora de Rodenas, una residencia para 67 residentes en Épila, localidad de unos 5.000 habitantes, situada a unos 50 kilómetros de la capital aragonesa. Un porcentaje mucho mayor en letalidad que en las residencias de Madrid más golpeadas por la pandemia.

La hermana Margarita Cardona Zapata, una guatemalteca que dirige esta residencia “desde el año del euro (2002)”, no esconde ni una sola cifra de la tragedia: “Esta noche ha muerto el noveno residente (horas más tarde el décimo). Hemos perdido cinco hombres y cuatro mujeres desde que empezó la pandemia, tenemos otros ocho sospechosos aislados (después sabré que tres están contagiados), dos trabajadoras infectadas y otras doce en sus casas con síntomas”.

"Hemos perdido cinco hombres y cuatro mujeres desde que empezó la pandemia, tenemos otros ocho sospechosos aislados (después sabré que tres están contagiados), dos trabajadoras infectadas y otras doce en sus casas con síntomas"

Sólo tres de los 17 trabajadoras acuden a la residencia donde también viven la directora y otras once monjas de la Congregación Marta y Maria, todas originarias del departamento guatemalteco de Jalapa. Después, Jesús Bazán, alcalde de Épila, me confirmará que “cuatro de las monjas también están infectadas”.

La directora y hermana Margarita Cardona y al fondo los cinco voluntarios preparados para entrar en el interior de la residencia.
La directora y hermana Margarita Cardona y al fondo los cinco voluntarios preparados para entrar en el interior de la residencia.
GERVASIO SÁNCHEZ

La directora lleva tapada la boca con una mascarilla y el pelo recogido bajo un gorro que le cubre toda la frente, pero unas profundas ojeras revelan su profundo cansancio y estado de ánimo: “Nadie esperaba algo como lo que está ocurriendo. Nos ha cogido a todos por sorpresa y se ha colapsado todo el sistema sanitario en Aragón y en España”, explica esta monja que abandonó hace 30 años su violento país de nacimiento.

No tiene más que palabras de gratitud para el Centro de Salud de la localidad que “se ha volcado en evitar mayores pérdidas”. Unas 30 personas forman el personal sanitario del dispensario comarcal que atiende a unas 13.000 personas y que sólo el lunes recibió unas 240 consultas telefónicas de personas.

“¿Qué les diría a las familias?”, le pregunto a la hermana. “No tengo palabras ante lo ocurrido. Todo nuestro personal ha atendido a los residentes, pero no hemos podido hacer nada para evitar las muertes”, asegura muy afectada.

Cinco voluntarios esperan en la recepción para entrar en el interior de la residencia junto a la directora que los describe “como ángeles llegados para ayudarnos”. “Fue una iniciativa de varias personas de Épila. Decidimos ocupar los puestos de los trabajadores infectados”, explica José Alfredo Polo, de 43 años, pensionista por incapacidad tras años de trabajar en una empresa metalúrgica.

Cubiertos por mascarillas, protectores de cara, gorros y plásticos que cubren todo sus cuerpos van a dedicar la mañana hasta las 14 horas a limpiar, desinfectar, hacer las camas y dar de comer a los residentes. Un segundo turno de voluntarios “gratuitos porque nos cobramos”, remarca José Alfredo, hará el turno de tarde.

Francisco Mateo, un camionero de 57 años prejubilado, se ha apuntado voluntario porque “nuestros abuelos nos necesitan”. “Son personas que sufrieron la guerra, pasaron la dura posguerra, levantaron este país y ahora no los podemos dejar solos”, continua. El fisioterapeuta Miguel Ángel Remino, de 52 años, es colaborador de Cruz Roja y de otras ONGs. Lo tiene muy claro: “En los tiempos que corren la solidaridad es más necesaria que nunca”.

A la iniciativa también se sumaron dos mujeres de La Muela. Maribel Marzo, una operaria de una imprenta de 37 años, afirma que “el día de mañana también seremos abuelos y es imposible quedarse con los brazos cruzados ante lo que está pasando”. Gema Muñoz, una operaria textil de 40 años, es igual de entusiasta: “Me lo pide el corazón y lo haría una y mil veces”.

La alcaldía de Épila ha tenido que intervenir y está pagando del presupuesto local la lavandería, el catering de la residencia y ha contratado a algunos operarios para que trabajen en las zonas no contaminadas de la residencia. “En la localidad tenemos varios habitantes infectados que se encuentran aislados en sus hogares, pero la situación en la residencia es lo que más nos preocupa por su gravedad”, confirma sin preámbulos.

Como los poetas siempre tienen mucho que decir en tiempos de crisis quizá la mejor forma de acabar con esta crónica es regresar al inicio del poema de Szymbosrka, Premio Nobel de Literatura en 1996: “Se busca personas para llorar por los ancianos que en los asilos mueren. Sírvanse presentarse sin referencias ni solicitudes por escrito. Los papeles serán destruidos sin acuse de recibo”.

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