La vida en tiempos de pandemia: 'El encierro es lo peor'

  • Gervasio Sánchez relata cada día el estado de alarma en España a través de diferentes historias.
Oscar Gomes repartiendo con su furgoneta
Oscar Gomes repartiendo con su furgoneta
GERVASIO SÁNCHEZ

Ramona, Rosa, José María, Carmen, Maria José, Encarnación, Maria Jesús, Concepción, Ignacio, Mohamed, Carmela, Vicente y su madre Ángeles, Ramón, Sergio, Ismael, Mariano, José Luis, Lentfrida y su esposo Dionisio, Jesús, Elisa, Paco y su esposa Aurora, Santiago, tres Pilar, tres Josefa, dos Antonio, dos Ángel, uno de ellos también Luis. Son los nombres de 35 personas que viven en 22 hogares y que reciben entre 8 y 12 de la mañana las comidas a domicilio para dos días distribuida por la Fundación La Caridad.

A las 7,10 Oscar Mendes, un joven de 29 años de padre caboverdiano y madre zaragozana, llega a la cocina central de CORES (Colectividades y Restaurantes de Aragón y Rioja, S.L.), una empresa especializada en la preparación de comidas para colectividades, situada en Cadrete, cerca de Zaragoza, y carga su furgoneta con los menús para 51 usuarios que hay en su ruta.

El joven repartidor, con cuatro años de experiencia en la empresa, organiza las cajas y separa los menús especiales sin sal o para diabéticos. Menestra con beicon, rancho aragonés de patatas y costilla de primeros, lomo Sajonia y perca de segundos para el mediodía; platos más ligeros para la noche como sopa de cebolla o huevos duros con espárragos, frutas, yogures y panecillos.

A las 7,30 se dirige hacia la capital aragonesa. En la furgoneta se puede leer: “Por una Zaragoza más justa, solidaria y próspera. Por el cuidado de nuestros mayores. Por la inclusión social de todos. Por la educación de nuestros niños y jóvenes”.

A las 7.50 para la furgoneta ante la casa de la primera usuaria del servicio, saca las bandejas plastificadas y las introduce en bolsas de plástico. “Desde que empezó la pandemia dejamos la bolsa en el pomo de la puerta y se recoge cuando ya me he marchado. Así evitamos riesgos de infecciones para personas de alto riesgo”, explica Oscar. En tiempos normales ordenaban los menús en las neveras cuando entraban en casas de discapacitados muy dependientes, visuales o analfabetos.

Pocos minutos después de las ocho se produce la primera entrega. Sin abrir la puerta Pilar, de 75 años, asegura que “me han desaparecido los dolores y voy a tocar madera para que no me pase nada”. Al segundo, Antonio de 69 años, “hoy lo pillamos seguro en casa”, dice el repartidor, “pero algunas veces me lo he encontrado echando un café en el bar”.

Repartidores preparando las rutas del día siguiente
Repartidores preparando las rutas del día siguiente
GERVASIO SÁNCHEZ

La mayoría son personas que superan los 75 años, muchos más cerca de los noventa que de los ochenta. El 70% vive solo y el 65% son mujeres. Muchos hombres, como Antonio, no saben cocinar y necesitan del servicio a domicilio “porque son incapaces de aprender a su edad”. A veces cuesta que abran las puertas por culpa de sorderas muy profundas.

Aunque un día, explica Oscar, “la persona no me abrió porque había muerto mientras dormía por la noche” y, en otro caso, el usuario “me recibió con un grito de dolor porque se había caído y no se podía levantar”. “Cuando no nos contestan llamamos a nuestra oficina central y se ponen en contacto con algún familiar para que verifique si hay algún problema”, comenta.

La ruta ha empezado en la Avenida Cataluña, continua por el Parque Goya y llega al barrio del Picarral. La segunda Pilar del día, de 82 años y operada de un cáncer, tiene ganas de hablar. Confiesa que “está muy preocupada y tiene miedo”. Una de sus hijas le trae lo que necesita, pero no entra en casa desde que se decretó el estado de alarma. “Mis hijos me llaman y me dicen: “¡Cuídate, mamá! Pero, ¿cómo se cuida una? Me entretengo haciendo mascarillas de tela”, explica mientras abre la puerta treinta centímetros y enseña una de ellas a medio hacer.

Jose María, de 89 años, vive solo desde que murió su mujer. “Ando cada día entre 2.500 y 3.000 pasos en casa”, afirma después de confesar que siente “cierta inquietud sobre la pandemia”. Oscar confiesa su sorpresa: “Son muchos pasos. Yo hago cada día unos 9.000 pasos mientas visito los domicilios”.

El Actur es un barrio muy poblado y construido en los años setenta. Josefa, de 69 años, afirma que “se levanta tarde para que el día no sea tan largo”. La mujer se rompió el pie hace un año y ha pasado largas temporadas confinada. “Y ahora que estaba mejor me vuelve a confinar forzosamente”, se queja y se despide con un “Cuidaros, os necesitamos”.

Hay cinco personas tuteladas dependientes del gobierno aragonés. La mayoría son discapacitados psíquicos. Son los más jóvenes y sus edades varían entre los 42 y los 59 años. “Agobiados de estar encerrados”, saluda Ramón, de 50 años al recibirnos con la puerta abierta. Afirma que sólo sale a “tirar la basura o comprar tabaco”. El resto del día lo ocupa en ver la tele o jugar al guiñote con sus dos compañeros. Vicente, de 56 años, vive con su madre Ángeles, de 80 años. Ambos están achacosos. Ella con movilidad reducida y él con problemas de corazón. “El encierro es lo peor”, afirma

A Ángel no le preocupa la cuarentena porque “me gusta mucho la música clásica y leer”. Tiene 300 libros y está leyendo Sobre héroes y tumbas, la gran novela del argentino Ernesto Sabato, en un ebook, el dispositivo especialmente diseñado para la lectura de libros electrónicos. Felicito a Ángel por atreverse con un libro tan complejo y confiesa que “mi libro favorito es la Biblia”.

Dejo a Oscar que siga el reparto y me acerco al edificio de Fundación La Caridad, creada hace 25 años, aunque una asociación benéfica del mismo nombre ya fue fundada por el alcalde Francisco Cantín y Gamboa el 14 de julio de 1898, para paliar “el hambre de la ciudad” y “erradicar definitivamente la mendicidad de Zaragoza”.

José Cochán, trabajador social de 33 años, afirma que el número de comidas repartidas ha pasado de 700 a 1.100 desde la alarma, incluidas 300 financiadas por el Ayuntamiento de la ciudad para evitar que personas tuteladas o ancianos salgan de casa.

“Hemos pasado de seis a ocho rutas y es muy posible que lleguemos a diez. Además, el ayuntamiento ha establecido una modalidad nueva desde el viernes 13 de marzo: cualquier persona mayor de 65 años puede solicitar un menú del mediodía por cuatro euros y recibirlo en su casa”, explica José.

La inmensa mayoría de los usuarios se benefician de un modelo de copago establecido en función de su pensión. Muchos pagan una parte mínima de los menús aunque hay un grupo minoritario de personas que lo solicitan de forma privada y pagan 7,20 euros por el menú que incluye comida y cena.

“Algunos usuarios nos llaman desesperados, llorando, confundidos porque se encuentran solos y tienen miedo de lo desconocido. No cuentan con los instrumentos tecnológicos de las nuevas generaciones para comunicarse con sus familiares”, explica el trabajador social.

Elena Marina, responsable del equipo, reconoce que “la única visita al día para muchos beneficiarios es la nuestra. Somos el único nexo con el mundo”. Tanto ella como Susana Arilla están en la fundación desde sus inicios, ya hace 25 años. “Las primeras comidas las cocinábamos aquí y las llevaba Susana en su 127. Hoy ya nos hemos profesionalizado”, afirma Elena.

“Yo nací en ese año”, dice María Hernández, la más joven del equipo, después de toda una mañana sin parar de responder a llamadas telefónicas. “Es una crack tratando a los abuelos”, afirma su jefa. Ella contesta con una sonrisa: “Me encanta La Caridad”.

Teléfono del Ayuntamiento para solicitar este servicio: 976721803

Teléfono del servicio de comida a domicilio: 976 884445

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