Una cuarentena de soledad para los más mayores: "Me quedo llorando cuando se van mis hijos"

Un anciano recluido en su vivienda en Madrid.
Un anciano recluido en su vivienda en Madrid.
Jorge París | Jorge Paris
Están más preparados que el resto para aguantar y han descubierto un nuevo aliado: la tecnología.

Lo más duro es cuando dejan la compra al otro lado de la puerta y no puede darles ni un beso. “Me cuesta mucho eso. Ver que llegan mis hijos y se tienen que salir otra vez. Me resulta doloroso, no nos damos un beso, como siempre, vamos, que lloro cuando se van”, declara Vicenta, que cumplirá 91 años este mes de abril, quién sabe si aún en cuarentena en su casa junto a su marido, Adrián, también nonagenario.

Los ancianos son el mayor grupo de riesgo en la pandemia del coronavirus y las medidas de restricciones de movimiento impuestas por el Gobierno desde el pasado sábado son especialmente relevantes para ellos. Si la norma general es no salir a la calle salvo con algunas excepciones, para los ancianos la recomendación es no salir bajo ningún concepto, lo que les ha dejado en una situación de total aislamiento y soledad.

Vicenta nació en Campo de Criptana (Ciudad Real) en 1929, donde conoció a su marido y tuvo a sus hijos antes de trasladarse al barrio de La Fortuna de Leganés (Madrid) a finales de los 60. De su vida en el pueblo, cuando era aún una niña, conserva el único recuerdo comparable a la situación actual con una epidemia de viruela, una enfermedad ya extinta.

“Precintaron hasta las puertas, a la gente le salían pintas y luego quedaban boches. Teníamos que estar todos encerrados en casa, era muy chica, pero me acuerdo”, rememora Vicenta. “Comparado con aquello o la guerra no es tanto, pero esto es triste también, porque va a traer muchas penas”.

Vicenta (91 años) y Adrián (91 años)

Originarios de Campo de Criptana (Ciudad Real), llegarón en los 60 a Leganés (Madrid).
Originarios de Campo de Criptana (Ciudad Real), llegarón en los 60 a Leganés (Madrid).
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“Me cuesta mucho eso. Ver que llegan mis hijos y se tienen que salir otra vez. Me resulta doloroso, no nos damos un beso, como siempre, lloro cuando se van”.

“Hay que confiar en la capacidad de las personas mayores para dar a las cosas la importancia que tienen. Cuando uno tiene una experiencia de vida acumulada está más capacitado para colocar las cosas en su sitio”, explica Rafael San Román, psicólogo de la plataforma digital Ifeel.

Para la mayoría de ancianos, sin embargo, ni siquiera una larga trayectoria vital sirve para restar importancia a una situación, la reclusión domiciliaria bajo la amenaza de un virus mortal, inédita incluso para ellos.

“Nunca había vivido algo así. Es tremendo, te pones a ver las noticias y se te pone carne de gallina porque va cada vez peor”, declara María Jesús, una segoviana de 76 años afincada desde hace seis décadas en Barcelona, donde vive sola tras enviudar hace dos años.

Hasta hace una semana, solía salir a pasear por las empinadas calles del barrio del Coll, pero lleva encerrada desde el viernes en su casa, sin estar en contacto con nadie salvo con su gata. “Estoy bien de ánimo, pero tengo un poco de miedo de cogerlo. Las personas mayores somos los más susceptibles y yo tengo bronquitis aguda”.

José María (90 años) y Severina (90 años)

Han vivido siempre en Arauzo de Miel (Burgos), una aldea de unos 300 habitantes.
Han vivido siempre en Arauzo de Miel (Burgos), una aldea de unos 300 habitantes.
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“Hicimos la compra el sábado y al pan y a la farmacia va un sobrino nuestro que vive en el pueblo y hay unos vecinos jóvenes que, si hiciera falta, me supongo que serían solidarios”.

Para San Román, “esto nos confronta a todos con nuestra propia vulnerabilidad física y esto en un anciano es mucho más significativo, porque es un recordatorio más de que somos frágiles y de que ellos son más frágiles potencialmente que otras muchas personas”.

Según el psicólogo, la “red social de apoyo, principalmente la familia y los vecinos”, es un elemento clave para que los ancianos puedan sobrellevar en buen estado anímico la reclusión y, en esto, suele existir una gran diferencia entre el entorno rural y la ciudad.

“Esto es como estar en la cárcel un poco, aunque tampoco podemos decir cómo se está allí”, bromea José María, un músico jubilado de 93 años, que vive la reclusión junto a su mujer, Severina, de 90 años, en su casa de Arauzo de Miel, una aldea de unos 300 habitantes en Burgos. “Hicimos la compra el sábado y al pan y a la farmacia va un sobrino nuestro que vive en el pueblo y hay unos vecinos jóvenes que, si hiciera falta, me supongo que serían solidarios”.

Chelo (90 años)

Originaria de Galicia, actualmente es vecina del barrio madrileño de Carabanchel.
Originaria de Galicia, actualmente es vecina del barrio madrileño de Carabanchel.
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“Esto es lo peor que he vivido. Me parecía que la soledad la llevaba mal, pero ahora la llevo mucho peor. Que se acabe pronto, porque si no, me parece que el virus no me mata, pero me va a matar la soledad”.

La reclusión, en cualquier caso, terminará, y el gran desafío para los ancianos será volver a recuperar su vida con el menor número de lastres emocionales posibles de una experiencia que puede resultar traumática. 

“Dependerá de cómo les haya ido, si uno ha pasado la crisis in enfermar, estará bien, si mira a su alrededor y ve que su pareja ha muerto, que él ha estado ingresado o ha tenido una experiencia traumática de preocupación y miedo la salida de la crisis va a ser difícil”, explica San Román.

“Esto es lo peor que he vivido. Me parecía que la soledad la llevaba mal, pero ahora la llevo mucho peor”, declara Chelo, una anciana de 90 años, viuda desde hace 20, originaria de Galicia y vecina del barrio madrileño de Carabanchel. “Que se acabe pronto, porque si no, me parece que el virus no me mata, pero me va a matar la soledad”.

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