Trabajar en la zona cero del coronavirus: "Cuesta entender que estés al pie del cañón sin material"

Fotografía de una de las plantas del hospital Ramón y Cajal.
Fotografía de una de las plantas del hospital Ramón y Cajal.
Jorge París

Hay varios puntos en España que la gente evita a toda costa. Son los hospitales, el kilómetro cero del coronavirus. Dentro, los sanitarios libran una batalla agotadora. Su enemigo es invisible, común y letal. 

Médicos, celadores, técnicos y enfermeros, convertidos en los auténticos héroes de esta crisis, terminan las jornadas extenuados y con una carga emocional sin precedentes. El pulso contra el virus lo mantienen desde UCIS, urgencias y plantas. No hay un momento de calma. El único respiro llega a las 8 de la tarde. Los aplausos son para ellos.

UCI

La UCI del Ramón y Cajal se ha transformado estos días. Uno no puede moverse libremente como antes. Ahora hay un circuito que respetar, ideado por el hospital para reducir al mínimo los contagios. Entrada, taquilla, cuarto sucio, zona de desinfección. Toca lavarse las manos (4-5 minutos) y ponerse mascarilla, calzas y bata. Después de eso, ya sí, la UCI. Allí al final están los pacientes críticos, la gente a la que el coronavirus ataca sin piedad.

"Lo peor de todo es la sensación de soledad de los enfermos", cuenta una de las enfermeras del box. "Algunos están conscientes, lo entienden todo, pero no pueden verles las familias y además la persona que les cuida está a dos metros. Normalmente te acercas, les hablas, aquí no puedes. No ven tu sonrisa. Eso es lo peor. Qué sensación de soledad".

Las condiciones de trabajo tampoco son fáciles para los que, como ella, tienen el virus tan cerca. "Llevo varios años en el hospital y el otro día tuve que coger aire varias veces porque me entraba ansiedad. Los Epis [equipos individuales de protección] son insufribles. Aprietan tanto que acabas con herida en la cara". 

Hay, además, una sensación de extrema preocupación entre los empleados por la escasez de recursos. "Hay pero muy limitados. Nos ponemos unas batas por encima para no desperdiciarlos. Me genera mucha ansiedad llegar un día y que me digan que no voy a tener mascarilla. Hay que cuidar a los que cuidan". Ella lo sabe muy bien porque hay compañeros infectados. El virus no diferencia entre paciente o sanitario.

Planta

Entre el embudo de la urgencia y la gravedad de la UCI hay un punto intermedio: la planta, donde ingresan los que no pueden pasar la cuarentena en casa. "Nos preparamos mentalmente porque va para largo", detalla una joven de otro hospital madrileño, que ha tenido que habilitar "a matacaballo" diferentes plantas para tratar a todos los pacientes con coronavirus. Cada vez son más

 "Una tarde salí tan cansada que no podía hablar. Estuve 12 horas sin comer y se me saltaban las lágrimas porque cuesta entender que estás al pie del cañón y no tienes Epis".

Su noche de ayer, por ejemplo, fue un verdadero "infierno". "Es una guerra emocional muy grande. Nos duele haber perdido la parte humana de nuestra profesión. Solemos estar a pie de cama y esto te lo impide. Y, además, los pacientes no saben lo que pasa porque la televisión es de pago. Hay gente muy sola. Vemos situaciones todo el rato que nos hacen sufrir".

"Estamos muy a tope. Esto son 24 horas, no se para. Están viniendo un montón de muestras del hospital y de otros centros sanitarios también. Tratamos con el paciente de manera indirecta. Son tubos, pero detrás de cada uno hay una persona y hay muchos positivos. Hay escasez de material, mucho personal sanitario se ha contagiado".

"SOMOS LOS GRANDES OLVIDADOS"

  • En los laboratorios también se libra la batalla contra el virus. Allí, el riesgo de contagio es alto. Los técnicos no verán a los pacientes, pero sí están en contacto con sus muestras. "Estamos en primera línea igual, aunque somos los grandes olvidados", detalla en su descanso Estefanía.
"Trabajamos con tubos, pero detrás de ellos (y puede haber 200) hay una persona. Tratamos al paciente de manera indirecta", cuenta. Su laboratorio ha visto cómo el ritmo de trabajo se ha vuelto frenético con los PCR. "Están viniendo un montón de muestras y muchas dan positivo. No se para".

Pese a las jornadas extenuantes, el riesgo y la escasez de material, hay un gesto que todos los días le da fuerzas para seguir adelante. Llega siempre a la misma hora, a las 8 en punto de la tarde. "Es muy emocionante escuchar los aplausos. Ayuda a ir a trabajar".

Urgencias

Lejos de ese hospital, otra ‘zona cero’ trabaja sin descanso. Es la urgencia de La Paz, frenética, caótica, agitada. Siempre lo ha sido, pero en plena crisis lo es mucho más. Solo ayer, 62 pacientes fueron atendidos en el gimnasio. En otra sala, 30. En otra, 40. En otra, dos enfermeras y una auxiliar se hacían cargo de 20 pacientes. "El virus es más rápido que los recursos que están empleando", explica Ainara, una de las enfermeras que se incorporaron cuando estalló la crisis. "No me da miedo el virus. A mí al final me ha dado trabajo, pero es verdad que se respira miedo y tensión".

La psicosis es normal incluso entre quienes están entrenados para no tenerla. "Pisas un sitio y no sabes si es zona limpia o sucia. Me apoyo en una pared y piensas quién más lo habrá hecho. No paras de oír cosas devastadoras, también hemos visto a gente joven que se desploma. Es superimportante cómo tengas la cabeza".

A la misma hora pero en el hospital de Marbella sale de trabajar Silvia. Habla por teléfono desde el coche, esperando a que suban los vecinos para no cruzarse con ellos. "Somos los principales vectores, podemos contagiar al resto. También a mi hija y a mi marido". 

Los problemas a los que se enfrenta durante sus 10 horas de turno son los mismos que en el resto de hospitales: "No disponemos de mascarillas de ultrafiltración y estamos dejando de administrar aerosoles. Trabajamos con mínimos. Nos encontramos con situaciones graves que no podemos realizarlas en condiciones de seguridad". Por eso, vaticina que no serán los pacientes sino ellos, los sanitarios, el gran problema. "Es fundamental que se nos proteja", concluye. 

Ahora toca salir del coche, subir a casa y cumplir el protocolo a rajatabla: lavado de manos, ducha y a la cama. Y al día siguiente vuelta a empezar.

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